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Opinión | Bolos

Director de Levante-EMV

Nuestra (im)potencia cultural

La exposición del artista alemán Anselm Kiefer en el Centro de Arte Hortensia Herrero consolida la capacidad de València para albergar grandes muestras

Hortensia Herrero posa junto a 'Elektra' de Anselm Kieffer en el Centro de Arte Hortensia Herrero.

Hortensia Herrero posa junto a 'Elektra' de Anselm Kieffer en el Centro de Arte Hortensia Herrero. / Nastassia Tarusava

La llegada de Anselm Kiefer al Centro de Arte Hortensia Herrero (CAHH) es un hecho relevante. Incorporar a la agenda cultural valenciana a uno de los artistas vivos más importantes confirma que València puede competir en el restringido circuito de las grandes exposiciones. Que Kiefer vuelva a España dos décadas después de su muestra en el Guggenheim Bilbao y lo haga en un museo privado valenciano demuestra la capacidad de la ciudad para atraer proyectos de primer nivel.

Kiefer afronta el pasado del nazismo alemán sin tabúes mediante un lenguaje matérico que forma parte de las grandes líneas del arte europeo de las últimas décadas. La importancia de esta exposición, por la dimensión del artista neoexpresionista, debe contextualizarse en el momento cultural que vive València. Además de la programación del CAHH, la ciudad cuenta con la exposición Compromiso con el arte. De Miró a Barceló, en la Fundación Bancaja, que ofrece un recorrido por la evolución del arte de los siglos XX y XXI. A ello se suma el próximo atractivo de la colección de Sorolla de la Hispanic Society en el renovado Museo de la Ciudad. Mientras Sorolla conecta tradición pictórica y proyección internacional, Kiefer introduce el necesario debate sobre el arte contemporáneo.

El papel de la iniciativa privada resulta decisivo. El CAHH, tras consolidar su colección permanente, se abre ahora a las muestras temporales y contribuye a elevar un ecosistema cultural demasiado dependiente de lo público. Sería oportuno que algunas instituciones públicas, hoy adormidas, acompañaran ese impulso para aumentar la exigencia de una oferta que gana cuando hay más actores capaces de asumir proyectos ambiciosos. Lo digo por un IVAM encapsulado en una espiral de intrascendencia y por un Museo de Bellas Artes demasiado atrapado en un cuestionable narcisismo.

La exposición de Kiefer confirma que València atraviesa un buen momento de visibilidad cultural, con una cartelera a la que se suma la versión más moderna de la Salome de Strauss en Les Arts, gracias al trabajo de uno de los mejores directores artísticos del mundo, cuya continuidad la consellera Carmen Ortí todavía no ha sido capaz de confirmar. No extraña, así, que los dos artistas valencianos vivos más universales residan uno en Nueva York y otro en Zúrich.

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