Opinión
Una ilusión a la tristeza
Como yo, todos los que en algún momento de nuestra vida decidimos migrar, lo hemos hecho con un propósito: ayudar económicamente a nuestras familias y comprarnos una ”casita”. Al menos esa es la intención de todos los que he conocido. Emigramos donde las condiciones económicas sean mejores que en nuestro país, donde podamos tener un trabajo, no importa cuál ni las condiciones. Sabemos que tenemos que realizar el trabajo que otros no hacen, sabemos que no vale para nada tu perfil profesional que traes de origen, acá no puedes exigir nada: sin papeles no existes. Cuando llegas al país que elegiste, el cambio es drástico en todos los aspectos, todo te hace vulnerable pero no importa porque venimos a cumplir nuestro sueño y nuestra meta. Sea la que sea, esa es nuestra triste realidad.
En nuestra patria han quedado nuestras familias: esposa, hijos, hijas, hermanos… pero, sobre todo, nuestros padres y madres que, en muchos casos, son nuestra mayor preocupación. Queremos que no les falte nada, nuestro temor es no poder volver a verlos puesto que no sabemos cómo ni cuándo podamos regresar a casa.
Siempre empezamos a buscar trabajo, como decimos, “en lo que salga” no importa. Lo que necesitamos es trabajar. Esa es la consigna de la mayoría de los migrantes, y digo la mayoría, porque tampoco falta el que llega y pretende tener un trabajo cómodo en su profesión u oficio, en una oficina, con corbata y secretaria. Esos son los que no aguantan un mes y se regresan porque pensaban que, al llegar, los euros caían del cielo como caen las flores de los árboles en la primavera. No, acá venimos a trabajar sin descansar, porque sabemos que si trabajamos duro podemos enviar dinero a nuestras familias, porque para un migrante -para mí, por ejemplo- no hay satisfacción más grande en la vida que poder enviar dinero a los que se quedaron allá y nos extrañan a diario.
Como yo mismo, muchos tenemos la ilusión de comprarnos aquí una casa y abrir un mundo de oportunidades a nuestros hijos. A eso hemos venido y no importa el sufrimiento y las humillaciones que nos toca pasar, ya que ese sueño nos anima y sostiene en un país extraño. No tener los “papeles” nos lo dificulta absolutamente todo: no podemos alquilar un piso, tenemos que convivir varias personas y familias en una misma vivienda, con todas las incomodidades que genera esta situación.
Aunque no tenemos papeles, todos trabajamos porque no es difícil encontrar trabajo “en lo que salga”, aunque lo que sale solo da para subsistir mientras ponemos nuestra esperanza en que, en algún momento, tras este camino lleno de obstáculos, tendremos los “papeles” que nos permitan vivir con alivio, sin temor a que la enfermedad nos impida ganar el sueldo diario. Este es nuestro particular “viaje a la dignidad”. Mientras llega ese momento, no podemos acceder al carnet para conducir, no podemos acceder al servicio de salud en pleno, no podemos cotizar a la Seguridad Social. No tener derechos condiciona nuestras vidas y nos hace sentir inferiores a los demás y tener miedo. Vivir con ese miedo te hace vulnerable y no faltan ocasiones para que alguien te haga sentir la humillación y discriminación por ser migrante y estar indocumentado. Son aquellos ignorantes que no saben que el hombre, desde las sociedades más primitivas, siempre ha migrado para buscar mejores condiciones de vida para sus familias. Está en la naturaleza humana.
Hoy, nuestras ilusiones parece que pueden cumplirse, que nuestro “viaje a la dignidad” tiene la meta más próxima. Todos esperamos que, con la regularización extraordinaria, accedamos a los mismos derechos y obligaciones que todo ciudadano debe tener. Y así también, -quiero decirlo-, para poder ser personas útiles al desarrollo y crecimiento económico de la sociedad y del país donde hemos decidido vivir.
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