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Opinión

València

Elogio de los 'seniors'

La revolución tecnológica ha dinamitado el tablero donde los 'senior' atesorábamos nuestras ventajas. Un adolescente con asistencia de IA puede reunir la información atesorada por muchas generaciones

Imagen de archivo.

Imagen de archivo. / Foto de mali desha en Unsplash

El joven en la flor de su vida vaga mucho por el azar mientras que el anciano ha llegado a puerto y ha puesto a salvo su felicidad. Epicuro

Cuando la salud acompaña y el optimismo nos guía, la vejez no avisa, simplemente desembarca. En nuestro imaginación la Roma clásica fijó una manera doble de ver esa edad: en el Senado los viejos administraban la autoridad, los emperadores, —también viejos y con Nerón en el top—, le pegaban fuego a la realidad cuando no satisfacía sus caprichos.

Los estadounidenses sustituyeron hace tiempo el adjetivo 'viejo' por el sustantivo 'senior'. No es un guiño a las culturas que veneran sus raíces —como la africana o la asiática—, sino un ejercicio de prestidigitación moderna: la ingenua superstición de que, cambiando el nombre, se enmascara el deterioro. Occidente sigue pensando la vejez a su manera, diría Frank Sinatra. Durante siglos, la veteranía fue una forma de sedimentación. Con el paso del tiempo podían llegar la riqueza, las redes de lealtad, el prestigio y esa acumulación de experiencia que el tiempo destila, a veces, hasta convertirla en criterio.

Llegado a ese recodo del camino, el ser humano podía desarrollar una predisposición magnánima: invertir energía en el bien público, hacer por los otros lo que ya no necesita hacer para cumplir con su ambición.

En todas las sociedades red, pero con menos fuerza en las orientales, a los mayores nos cambia la manera de existir. Sufrimos esa piedad de bolsillo que describió Manuel Vicent cuando afirmó que renunciamos a encontrar una dosis de erotismo, por pequeña que sea, en la mirada que se cruza. Nos volvemos transparentes. La sociedad solo nos concede el micrófono en casos excepcionales, como el del propio Manuel Vicent o como el del increíble Edgar Morin: a los 104 años rememora con tristeza: “¡Cuanto conocimiento se pierde con la información!”.

Esa invisibilidad no es la herida más profunda. El verdadero desafío es otro: la revolución tecnológica ha dinamitado el tablero donde los senior atesorábamos nuestras ventajas. La Inteligencia Artificial ha comprimido el tiempo de aprendizaje hasta pulverizarlo. Un adolescente con asistencia computacional puede reunir la información atesorada por muchas generaciones. El conocimiento —que antes era grandes cantidades de experiencia procesadas a fuego lento— se genera ahora a una velocidad que hace imposible la síntesis. La IA ha democratizado el acceso a una biblioteca infinita, pero no la conecta con ninguna biografía. El radar de las incertidumbres está inactivo en el misterio del silicio. La gente suele decir que no tiene corazón.

La IA no sabe distinguir lo trascendente de lo urgente y no puede habitar la ambigüedad sin embarrarse en los espejismos. No sabe qué preguntar cuando se agotan las respuestas ya sabidas. Para llegar a esa lucidez hay que haber sobrevivido a muchos naufragios: incluidos los saltos de época, esas crisis terminales en las que el mapa del mundo se rasga en pedazos y aparece uno nuevo hecho con grafos que hay que estudiar porque no son los de antes.

Los seniors españoles de 2026 llevamos en el cuerpo todas o casi todas las etapas del franquismo, la Transición, la epifanía de la Unión Europea, la fabulosa construcción del Estado de las Autonomías, el espejismo y crisis del ladrillo, el trauma de la pandemia, el auge de la economía de los inmigrantes y las energías solares y eólicas y la expansión de la IA.

Cada sacudida ha dejado una capa geológica de saber sobreentendido que no está en la nube porque nunca se hizo texto ni pasó por Internet. Es un conocimiento que reside en el latido, en el juicio imprevisto, en el atrevimiento, que nos permite diferenciar lo que es señal de lo que solo es ruido.

España es la segunda potencia mundial en longevidad: vivimos aquí más pensionistas que inmigrantes cotizando. El gobierno cuida el pack de los regalos: los viajes del Imserso, las camas en los hospitales y las mesas en los quirófanos. Y ensaya fórmulas de "jubilación activa”. Miradas desde cierta distancia, son operaciones muy de agradecer —y que no falten— pero también parches administrativos para un problema que es, en realidad, epistemológico. La urgencia no es cómo llevarnos de viaje, curarnos el cáncer o devolvernos al mercado de trabajo. Se trata más bien de llegar a un acuerdo sobre qué tipo de inteligencia colectiva necesita una sociedad como la española para no cambiar de paradigma a ciegas y que papel sabrán interpretar mejor las viejas y los viejos.

El valor de quien ha vivido no está en el dato, sino en la mirada: más paciente, menos ansiosa

En el desierto de la desorientación, el valor de quien ha vivido no está en el dato, sino en la mirada: más paciente, menos ansiosa, sabedora de que los grandes dramas humanos suelen estar en guiones que ya se han escrito unas cuantas veces.

Cierto es que tipos como Putin, Trump o Netanyahu —seguidores de Nerón, viejos, locos, “putrefactos”, decían los poetas del 27 hace un siglo— demuestran que, llegados a cierta edad y con una ambición insaciable de atesorar el poder y enterrar la ética, su conducta es una metástasis para la sociedad.

Pero ese fracaso, tan brutal, tan demoníaco, no anula la premisa. Más bien confirma que la sabiduría no es un proceso automático, sino el premio a una curiosidad sostenida en el tiempo y guiada por un corazón templado. Cuando esa llama sigue viva, el senior no es el freno del cambio: es alguien que ayuda a descifrarlo.

Dice un proverbio africano que "cuando muere un anciano, arde una biblioteca". En un mundo que cree que todo está indexado, conviene recordar que el saber más valioso para atravesar las tormentas no aparece en la interfaz de ningún servidor. Lo tienen quienes ya estuvieron allí. Si permitimos que ellas y ellos se vuelvan invisibles, no solo perderemos su memoria; perderemos su forma de procesar el mundo. Hablo de desaprovechar una energía vital, hoy más que nunca, para evitar el naufragio.

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