Opinión | El falso nueve

Periodista
La lesión invisible

Una captura de pantalla del momento en el que Andrada lanza el puñetazo contra Jorge Pulido.
Buscar el embrión del motivo/s de las complicaciones vitales de ansiedad extrema, irritabilidad, agotamiento… que desembocan en graves problemas de salud mental no es nada fácil, por lo menos para mí. Seguro que los profesionales tendrán un diagnóstico fiel y por eso mi reflexión viene solo de indicios y sensaciones de observar su proliferación en los deportistas de élite, muchos de los cuales ya lo han destapado sin temores.
No sé si todos “juegan ese partido”, pero seguro que tienen muchas similitudes. Tan diversos y, también, con muchas coincidencias han cruzado el blondín con caída libre haciendo malabares estrellas como Simone Billes, Andrés Iniesta, Sara Sorribes o Ronald Araújo.
Intentar adelantarse a comprender, antes de toparse con la evidencia del final al que han ido llegando cada uno de ellos por miedos y angustias de estar en lo más alto del deporte profesional, supone dar una pensada a lo ocurrido, por ejemplo, este fin de semana con el portero Esteban Andrada en Huesca.
En el Huesca-Zaragoza el guardameta argentino le soltó una “galleta” (por supuesto sin balón) al capitán local. Los hechos. Jorge Pulido le insistió al árbitro, cuando iba a revisar a la pantalla una clavada de tacos de Tasende a un compañero suyo, que “el VAR es roja”. Y cuando Andrada fue a reprocharle a Pulido su presión al colegiado, lejos de que éste le insultara, aunque pudo parecerlo, se quedó en una frase truncada: “Si lo vieras…”. Y ahí el guardameta no le dejó ni acabar, le dio un empujón que supuso su segunda amarilla y expulsión con el 2-1 en el minuto 98.
Al ver la roja el portero esprintó hacia Pulido, con la sospecha generalizada luego confirmada, de agredirle con un impactante puñetazo en el ojo izquierdo. La irremediable tangana posterior supuso la roja al portero del Huesca, Dani Jiménez, también por agresión y una imagen patética de recorrido ya infinito.
Andrada pidió perdón postpartido, igual que su club, con frases como “estoy muy arrepentido. Me salí de contexto y reaccioné de esa forma. No lo volveré a hacer. Me desconecté”. El presidente de LaLiga, Javier Tebas, pidió, para lo que califica una barbaridad, el mayor castigo de los castigos, una sanción ejemplar (le han caído 13 partidos). Mientras, el entrenador del Huesca, Jose Luis Oltra, no justificó la barbaridad, pero entendió lo de que el sufrimiento y la tensión acumulada provoca sacarlos de la peor manera, “es lo que nos pasa a veces a las personas”, o sea decidió con elegancia no sentenciarlo.
Fuera del epílogo de este episodio, está la evidencia, representada por el puñetazo de Andrada, del entorno devastador con el que conviven en este caso los profesionales del fútbol cuando no cumplen sus objetivos. Crítica, enfados y reproches, con las consecuencias lógicas, no pueden convertirse en insultos, presión y daño mental. Es tantísima la presión, casi desde la primera jornada de Liga, pasando por títulos y descensos ya consumados para los entornos en Navidad, y con las venideras y apocalípticas condenas al final de la temporada para todos, que poco a poco nos topamos con reconocimientos, quizá ya tarde, de la “lesión invisible” o actitudes tan espontáneas como reprochables de Andrada. Sin duda consecuencia de adelantar caprichosamente dramas que quizá nunca sean reales, ni siquiera invisibles.
PDT. Pipo pasearía por su calle “piponeando”, como dijo ayer en la inauguración su hija Mónica, con sus infinitos amigos. Ahora le tenemos un poquito más cerca.
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