Opinión | 1 de mayo
Los derechos no se regalan: se conquistan y se defienden
Esta fecha no es un ritual: es una necesidad. Derechos, no trincheras. Salarios, vivienda y democracia

Manifestación del 1 de Mayo de 2025 en València. / M.A.Montesinos
Este primero de Mayo volveremos a las calles. Como cada año. Y como cada año, habrá quien diga que hacerlo ya no sirve para nada, que es un ritual vaciado de sentido, un paseo con pancartas que no cambia nada. Se equivocan. Cada derecho que disfrutamos hoy tiene detrás una movilización que lo conquistó, un sindicato que lo negoció, una generación que no se conformó. Nada de eso cayó del cielo. No existía, y hubo que soñarlo, desearlo y pelearlo hasta hacerlo realidad. Llevamos más de 137 haciéndolo desde UGT. Y hoy, en el Primero de Mayo de 2026, seguimos aquí.
Este año el lema que nos convoca es claro: Derechos, no trincheras. Salarios, vivienda y democracia. Tres palabras que no son retórica, sino una declaración de lo que está en juego. Porque este primero de Mayo llega en un momento en que los derechos no solo no avanzan: en algunos frentes retroceden. Y frente a eso, la respuesta del sindicalismo no puede ser otra que hacer oír nuestra voz en las calles.
Hablemos primero de salarios. El Salario Mínimo Interprofesional ha llegado este año a los 1.221 euros mensuales, un 3,1 % más que en 2025. Es una buena noticia fruto de años de presión sindical y diálogo social. Pero ese avance está en riesgo: la inflación derivada de la crisis energética amenaza con comerse ese incremento antes de que muchas familias lo noten en el bolsillo. Dicho de otro modo: mientras los precios suben, el poder adquisitivo real de quien trabaja vuelve a perder terreno.
Y en ese contexto, la negociación colectiva está bloqueada. El Acuerdo para el Empleo y la Negociación Colectiva venció en diciembre y llevamos meses sin renovarlo. La patronal dilata y esquiva la negociación. Las solicitudes de huelga se han cuadriplicado desde enero. Los convenios se enquistan. Desde UGT el mensaje es nítido: la negociación colectiva no es un favor que la empresa concede. Es un derecho. Y si la patronal lo bloquea, la movilización es la respuesta lógica.
Hablemos también de la reducción de jornada. En septiembre de 2025, el Congreso tumbó la reforma que habría reducido la jornada máxima legal a 37,5 horas semanales. Cuatro décadas llevamos con las mismas 40 horas en el Estatuto de los Trabajadores, desde 1983. Cuatro décadas en las que la productividad ha crecido, los beneficios empresariales se han multiplicado, y sin embargo el tiempo de trabajo se ha mantenido intocable. Trabajar menos para vivir mejor no es un capricho: es una demanda justa, posible y necesaria. Y UGT no va a abandonarla.
El acceso a la vivienda es el otro gran problema que este primero de Mayo ponemos sobre la mesa. En València, el precio medio de la vivienda ha alcanzado los 4.168 euros por metro cuadrado, un 19 % más que hace un año. El alquiler sube en toda la Comunitat más de un 10% interanual, y hay barrios donde antes cabía un proyecto de vida que hoy es inalcanzable para una persona con un salario medio. Una generación entera —la más preparada de nuestra historia— no puede independizarse, no puede formar una familia, no puede tener un horizonte. No estamos ante un problema de mercado sino ante una emergencia social. Y la construcción de vivienda pública, el control de precios y los fondos comprometidos en el Plan Estatal de Vivienda no son medidas suficientes si la Generalitat Valenciana no los implementa con recursos reales y voluntad política.
No podemos hablar del momento actual sin mirar al mundo. El conflicto en Oriente Medio, con los ataques sobre Irán y la presión sobre el estrecho de Ormuz, no es solo una tragedia humanitaria: es una crisis energética que golpea directamente los bolsillos de las personas trabajadoras. La energía cara genera inflación, y la inflación es un recorte silencioso de salario. Pero el riesgo no acaba ahí: el encarecimiento sostenido de la energía amenaza la viabilidad de miles de empresas y, con ella, la destrucción de puestos de trabajo que costó años construir.
Las guerras no las pagan quienes las declaran. Las sufren en primer término la población civil, y, a miles de kilómetros, quienes trabajan, quienes dependen de un salario, quienes llenan el depósito o pagan la factura de la luz. Los poderosos especulan con el conflicto, protegen su capital y trasladan los costes hacia abajo. Siempre hacia abajo. Por eso ninguna guerra es neutral. Detrás de cada crisis energética, de cada subida de precios, de cada destrucción de empleo, hay decisiones políticas y económicas que alguien toma y otros pagan. Y esos otros, siempre se encuentran en el peldaño más bajo de la escalera.
Y dentro de nuestras fronteras, tampoco podemos mirar hacia otro lado ante lo que está ocurriendo en los servicios públicos de la Comunitat Valenciana. Desde UGT llevamos meses documentando y denunciando una privatización sistemática y silenciosa. La externalización de servicios de radiología en una decena de departamentos de salud. La licitación de plazas de salud mental infantil y juvenil a empresas privadas, en la comunidad con la tasa más alta de trastornos mentales de España. El vaciado de centros de menores para entregarlos a la gestión privada. Una negociación rota con el personal docente que ya ha acumulado más de 5.000 firmas de protesta y amenaza con nuevas movilizaciones a las puertas del fin de curso. Todo esto tiene un patrón. No son decisiones aisladas: son la expresión de una ideología que convierte lo público en coste y lo privado en negocio. Y eso, desde UGT, lo vamos a seguir denunciando y combatiendo.
Frente al machismo, feminismo. Frente al racismo y la xenofobia alimentados por los discursos de odio de la ultraderecha, convivencia y derechos humanos. Frente a la prioridad excluyente la fuerza integradora de los derechos, porque no cabe ninguna ambigüedad en este punto: sin igualdad no hay democracia. Sin democracia no hay derechos laborales. Sin derechos laborales no hay un futuro digno para las trabajadoras y los trabajadores.
Este primero de Mayo saldremos a las calles porque los derechos son frágiles. Porque cuando dejan de defenderse, desaparecen, a veces para siempre. Lo hemos visto en el pasado. Lo estamos viendo ahora mismo. Por eso esta fecha no es un ritual: es una necesidad. Derechos, no trincheras. Salarios, vivienda y democracia.
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