Opinión
Sobre la preferencia (prioridad) nacional
Vox puede sostener una concepción étnica de la nación, pero eso tiene un precio: no puede ser un partido del 'arco constitucional'

Pérez Llorca y José María Llanos, en una reunión celebrada en el Palau. / Germán Caballero
La preferencia nacional (se llame como se llame) es una idea de origen francés forjada por el nacionalismo integral, que abanderó la Acción Francesa y que inspiró algunas de las políticas discriminatorias que introdujo en su dÍa el régimen de Vichy. Su almendra es muy simple: la pertenencia nacional no depende de las leyes de la República. Lejos de ser la nación “el conjunto de ciudadanos que viven bajo una misma ley y están representados en una misma Legislatura” (Sieyes), que entre nosotros asumió la Constitución de Cádiz primero y el conjunto del liberalismo después, la nación es una comunidad “natural” definida por rasgos étnicos y culturales anterior y superior a las leyes, a que están sujetas. Su consecuencia lógica es establecer como criterio primario de la pertenencia nacional el principio de la estirpe. Del mismo modo que la pertenencia vasca, según Arana, dimana de la pertenencia racial, o la linguístico/cultural catalana según Prat de la Riba, lo mismo sucede con la pertenencia nacional española. Esa tesis es incompatible con la tradición legislativa de la Monarquía Hispánica, que recogió la Constitución de 1812 (constituyen la nación española el conjunto de los españoles de ambos hemisferios) y consagró la tesis constante de las leyes y la jurisprudencia del Tribunal Supremo desde la década de 1830. Esa no es una tradición nacional, ya que esta procede del modelo inclusivo que viene del Derecho Romano.
En todo caso, es una tesis incompatible con la concepción del cuerpo político que asume el art.2. de la Constitución, que separa explícitamente la pertenencia a la nación (patria común) de la que dimana de las peculiaridades étnicas (las nacionalidades y regiones). La preferencia nacional es, por su naturaleza, incompatible con la idea del cuerpo político que cimenta la Constitución de 1978. Y ni siquiera puede ampararse en la tradición de la extrema derecha nacional, fundada en la religión, ni en la práctica franquista (ese señor que tenía una guardia personal formada por musulmanes bereberes). Vox puede sostener una concepción étnica de la nación porque, a diferencia de lo que sucede en Alemania (donde sus amigos de la AfD han sido puestos bajo vigilancia porque sostienen una concepción étnica de la nación –incompatible con el principio constitucional de dignidad de la persona-, según el criterio de la Oficina de Protección de la Constitución), nuestra tradición es otra, y puede hacerlo porque la nuestra no es una “Constitución militante” como la germana (lo que no está claro sea una buena idea). Vox puede hacerlo, pero eso tiene un precio: no puede ser un partido del 'arco constitucional', por emplear la gráfica expresión italiana. Y todos los demás partidos y gobiernos debieran actuar en consecuencia (comenzando por el que nos gobierna y acabando por los conservadores).
Dicho lo anterior, se sigue que los partidos de la coalición que sostiene el gobierno nacional, cuando agitan el fantasma de la extrema derecha al efecto de recortar la capacidad de maniobra del partido conservador al tiempo que niegan al partido que ganó las pasadas elecciones (y que verosímilmente ganará las próximas) y que evitan darle el apoyo necesario para que puedan gobernar de consuno partidos del 'arco constitucional', están cavando amorosamente su propia fosa y la del régimen de libertades con ella. Del mismo modo que los conservadores, al asociarse con la derecha radical que tenemos, contribuyen a lo mismo por asociarse con quienes tienen por fin primario al efecto de acceder al poder, el destruirlos y, de paso, resucitar la diferenciación entre 'los buenos españoles' (ellos) y 'los malos españoles' (yo y unos cuantos más) de tiempos más grises y tristes que estos. Desde que lo leí, siempre he estado de acuerdo con Maritain cuando escribe (citando un falso proverbio chino): “No hay que tomar la necedad demasiado en serio”, pero esa regla me parece tiene excepción: cuando la necedad juega con cosas que no tienen repuesto (por emplear las palabras de Serrat).
Quod erat demostrandum.
Manuel Martínez Sospedra es catedrático emérito de Derecho Constitucional UCH-CEU y exsenador
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