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Opinión | 1 de mayo

València

Los derechos los sostiene quien los defiende

Este 1º de Mayo llega lleno de urgencias. La conmemoración de hoy no es un ritual, es una advertencia

Un operario de limpieza de Paterna borra una pintada.

Un operario de limpieza de Paterna borra una pintada. / Europa Press

Este 1º de Mayo llega lleno de urgencias. No es retórica sindical ni nostalgia de otro siglo: los salarios no llegan a fin de mes, la vivienda se ha convertido en un lujo y la guerra, ahora también en los mercados energéticos, amenaza con llevarse por delante lo que queda del poder adquisitivo de las familias trabajadoras. La conmemoración de hoy no es un ritual, es una advertencia.

El contexto internacional pesa como una losa. La ofensiva de Netanyahu sobre Gaza sigue sin encontrar freno en el derecho internacional. Trump ha sumado leña al fuego abriendo un nuevo frente con Irán. Que no compartamos el régimen iraní no justifica saltarse las normas que, en última instancia, siempre pagan los de abajo: en forma de precios del combustible disparados, inflación de segunda ronda, encarecimiento de la cesta de la compra. Las guerras sirven para que se enriquezcan unos pocos y las paguen los de siempre.

Mientras los fondos de inversión y las grandes fortunas hacen caja, las trabajadoras y los trabajadores valencianos ven cómo su nómina no alcanza, a pesar de que la negociación colectiva empuja los salarios hacia arriba con esfuerzo, el SMI sube y las pensiones se revalorizan. La razón tiene nombre: los beneficios extraordinarios de las grandes empresas no se reparten, se acumulan. Eso se llama explotación, aunque a alguien le suene incómodo de escuchar.

De momento, en nuestro territorio el Partido Popular sigue mirando para otro lado. O peor, cambiando las normas para beneficiarse de un mercado que especula con el derecho constitucional a tener un techo

La vivienda merece un capítulo aparte. Ojalá los gobiernos estén a la altura, porque sin vivienda no hay proyecto de vida, sin proyecto de vida no hay cohesión social. Es así de simple y así de grave. De momento, en nuestro territorio el Partido Popular sigue mirando para otro lado. O peor, cambiando las normas para beneficiarse de un mercado que especula con el derecho constitucional a tener un techo. Que la justicia actúe con rapidez sería lo mínimo. Que se asumieran responsabilidades políticas sería lo deseable. Pero de eso, ni rastro.

Y en ese escenario de precariedad y crispación deliberada, la extrema derecha hace su trabajo: señalar la migración, agitar el machismo, alimentar la LGTBIfobia, insultar en los parlamentos y normalizar la violencia como herramienta política. El PP, incapaz de condenar estos excesos, se convierte en cómplice por omisión. La democracia no se destruye solo con golpes de Estado. Se erosiona, también, con la pasividad ante quienes la desprecian cada día desde un escaño.

Frente a todo eso, el balance de los últimos años merece ser reivindicado sin complejos: el diálogo social ha funcionado. La pandemia, la crisis energética, la inflación, todas estas tormentas se han atravesado con menos daño que en 2008, cuando la respuesta fue hundir los salarios, privatizar servicios públicos y recortar pensiones. Elegir un camino diferente es posible.

La vivienda tiene que abordarse con valentía, su carestía tiene solución, compleja, pero posible si hay voluntad política de intervenir el mercado.

Pero 'posible' no significa 'suficiente'. Tenemos todavía que comprometer una reducción de la jornada laboral. Los datos de exceso de horas extra y de beneficios empresariales en máximos históricos refuerzan el argumento de que el incremento de la plusvalía puede, y debe, disputarse. La vivienda tiene que abordarse con valentía, su carestía tiene solución, compleja, pero posible si hay voluntad política de intervenir el mercado.

Este 1º de Mayo, el sindicalismo de clase sale a la calle a recordar que cada derecho conquistado puede perderse con un decreto. Sale a defender lo ganado y a exigir lo que falta. Porque los derechos los sostiene quien los defiende.

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