Opinión
El suicidio: ¿qué falla en el sistema?

Médicos en una unidad de salud mental, en una imagen de archivo. / A. Amoros
Siempre había pensado que el suicidio es, ante todo, un fallo en el sistema y cuando conoces de cerca un caso, te queda un sabor amargo de impotencia que se instala en el pecho como una losa. Es ese pensamiento circular y punzante de que 'algo más se podría haber hecho'; el peso de creer que no estuvimos lo suficientemente cerca o que fuimos ciegos ante señales que ahora, en la ausencia, nos parecen evidentes. Es ese sentimiento que queda intentando descifrar un enigma que ya no tiene respuesta.
Esa sensación es lo que se llama culpa del superviviente, pero hay que tener en cuenta que las señales de la conducta suicida suelen ser ambivalentes y que el peso de esa decisión tan compleja no puede recaer nunca sobre los hombros de una sola persona.
En España en 2024 se registraron 3.953 defunciones por suicidio, 163 casos menos respecto a 2023 (4.116). Según el Ministerio de Sanidad este dato consolida una tendencia a la baja, aunque estas cifras evidencian que es una cuestión prioritaria de salud pública.
No suele darse una única causa en el pensamiento suicida, sino que es el cúmulo de varios factores, entre los que se encuentran la salud mental, presente en muchos de los casos; las crisis vitales, como duelos o pérdidas graves; y las enfermedades crónicas o terminales, unidas al dolor persistente que resulta agotador…
… A lo que se suman otros factores que, si cabe, agravan mucho más la situación:
La primera y más importante es el déficit de recursos en la sanidad pública para la atención psicológica y psiquiátrica. Las listas de espera son interminables y no alcanzan a atender a las personas que puedan llegar con una crisis suicida, más allá de la visita en urgencias, siendo derivadas a sus domicilios sin haber tratado la situación en profundidad.
Esta necesidad que lleva años evidenciándose, se ha vuelto crítica tras cada sacudida social como las del covid o la dana. La paradoja es tan cruel como evidente y, mientras crece el número de personas con necesidades de atención en salud mental, el número de facultativos sigue siendo raquítico e incapaz de atender la demanda.
A la falta de recursos sanitarios, se une el estigma persistente sobre la salud mental que condena a la soledad y al aislamiento. También se le suma la deficiente educación emocional, con la dificultad que eso supone a la hora de afrontar situaciones vitales complejas, y las condiciones socioeconómicas precarias, con trabajos inestables e inseguridad económica, lo que puede hacer que la persona sienta una falta de control sobre su vida.
Por ello, la intervención desde la Educación Social es estratégica: somos los profesionales de la proximidad, poniendo a las personas en el centro y realizando ese acompañamiento tan importante en las trayectorias vitales, pero que el sistema a menudo olvida. Nuestro trabajo consiste en transformar la vulnerabilidad en procesos de salud comunitaria, actuando como el nexo y refugio en una sociedad que necesita, ahora más que nunca, recuperar la sensibilidad y el sentido de red.
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