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Opinión

València

Ciberacoso: hacia una regulación transnacional

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Archivo - CIBERACOSO / TWITTER - Archivo

“Tal vez la infancia es más larga que la vida”, decía Ana María Matute, que también contaba que de pequeña la castigaban encerrándola en un cuarto oscuro. Pero ella, lejos de acobardarse utilizó esos momentos de soledad para desarrollar una imaginación infinita, crear personajes fantásticos y aprender a hacer magia a través de la escritura. Algo de verdad y profundidad alberga esa idea de la infancia como una etapa inagotable, porque es en esos años incipientes de la vida donde se inicia el desarrollo de la personalidad. De ahí, la importancia del contexto y las condiciones afectivas y emocionales para que este desarrollo sea equilibrado. Sin embargo, este proceso ya no ocurre únicamente en el entorno familiar y escolar, sino también en un espacio nuevo y omnipresente: el digital.

Sabemos que las redes sociales han transformado de forma significativa la comunicación, el comportamiento e incluso la capacidad de la sociedad para transformarse. También sabemos que todo ello puede aportar tantas cosas positivas como negativas. En este contexto, uno de los grandes desafíos es el que se manifiesta sobre las generaciones más jóvenes y, por lo tanto, más vulnerables. El Parlamento Europeo acaba de aprobar una resolución instando a la Comisión a que analice la posibilidad de llevar a cabo una definición armonizada del ciberacoso y reconocerlo como un delito transfronterizo.

Se señala en esta resolución que el acoso en internet es “un problema cada vez más grave, y que las investigaciones a escala de la Unión indican que el 24 por ciento de los adolescentes entre doce y diecisiete años han sufrido ciberacoso, siendo las niñas, las jóvenes y los grupos vulnerables, como los niños de hogares con bajos ingresos, con discapacidad, las minorías étnicas y religiosas y los jóvenes LGBTIQ+, los que se enfrentan a tasas más elevadas de ciberacoso grave”. La cifra revela la magnitud de un problema que es muy serio y va en aumento. El reto es superar la dificultad de exigir responsabilidades a las grandes plataformas digitales. A lo que hay que sumar el anonimato que caracteriza muchas de estas interacciones, lo que agrava la impunidad. La esperanza reside, una vez más, en el compromiso de la Unión Europea, imprescindible para articular una respuesta común frente a un fenómeno que no entiende de fronteras.

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