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Opinión

València

El yonqui de los halagos

Hay líderes que gobiernan con leyes y otros que lo hacen con gestos, sonrisas y la constante necesidad de saberse admirados. Estos últimos no soportan el silencio

Mitin político en Valencia.

Mitin político en Valencia. / Miguel Angel Montesinos

La historia del poder está llena de abusos, pero pocas veces se habla de uno particularmente corrosivo: la adicción al halago como motor de la toma de decisiones. Al personaje más visible de nuestro tiempo se le ha descrito como imprevisible, excéntrico, genial o peligroso, según el ángulo desde el que se lo observe. Su presencia constante en pantallas y titulares no es accidental, sino que responde a una necesidad casi orgánica de exposición. No gobierna desde la reserva, sino desde el escaparate.

La interpretación más extendida atribuye esta conducta a un narcisismo sin complejos. Otros afinan el diagnóstico y lo presentan como un hábil jugador de intereses económicos, o como la marioneta de quienes obtienen beneficios mientras él ocupa el foco. Cada minuto de permanencia se traduce en ganancias para terceros invisibles, auténticos depredadores que no necesitan aparecer para mandar.

Hay quienes optan por calificativos más severos, señalando la ausencia de límites, el desprecio por la crítica y una inquietante indiferencia hacia las consecuencias. Sin embargo, más allá de las etiquetas, conviene observar el mecanismo que mueve la conducta: la dependencia del halago.

El reconocimiento no se agradece, se exige. En este esquema, gobernar, o dirigir, o decidir, deja de ser un ejercicio racional y se convierte en una sucesión de estímulos emocionales.

Nada resulta tan revelador como los gestos innecesarios. Firmas exhibidas a cámara, actos convertidos en espectáculo, respuestas airadas ante preguntas incómodas, especialmente cuando cuestionan la imagen construida. La crítica no se procesa, se combate. El reconocimiento no se agradece, se exige. En este esquema, gobernar, o dirigir, o decidir, deja de ser un ejercicio racional y se convierte en una sucesión de estímulos emocionales.

Hay líderes que gobiernan con leyes y otros que lo hacen con gestos, sonrisas y la constante necesidad de saberse admirados. Estos últimos no soportan el silencio.

Cada día aparece. Cada día habla. Cada día exige atención. No se trata de informar ni de gobernar, sino de estar, de ser visto, de seguir recibiendo aplausos.

El problema no es solo personal. Cuando la adicción al elogio coincide con una posición de poder desmesurado, el riesgo se multiplica. La lisonja se vuelve moneda de cambio, y el entorno aprende rápido: asentir es obligatorio, disentir imperdonable. No basta con aplaudir; hay que hacerlo antes y más fuerte que los demás. El primero que deja de hacerlo desaparece.

Las reglas se ignoran, los controles se erosionan y la improvisación se celebra como audacia

Así se construye una corte cautiva, no por lealtad a las ideas, sino por miedo al silencio. Las instituciones, llamadas a ejercer contrapoder, se debilitan cuando la decisión unipersonal se impone como norma y el procedimiento se percibe como estorbo. Las reglas se ignoran, los controles se erosionan y la improvisación se celebra como audacia.

El halago puede ser una droga blanda cuando se consume a pequeña escala, pero en manos de quien decide por millones se convierte en una sustancia peligrosa.

Este modelo debería inquietarnos. No por el personaje en sí, sino por lo que revela de nuestra tolerancia colectiva. Una democracia no se mide solo por el voto, sino por la fortaleza de sus límites. Cuando el halago sustituye al criterio y el aplauso ocupa el lugar del debate, el deterioro ya ha comenzado, aunque todavía se celebre con sonrisas.

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