Opinión | En el barro
Sed de mal
¿Hay algo hoy intolerable para todos, de unas ideologías y otras? ¿Y si ya no hay nada injustificable de manera general? Posiblemente es el rasgo menos visible y más definitorio de este tiempo que se abre cargado de ira

Pedro Sánchez y Begoña Gómez. / Matias Chiofalo
Hay columnas que nacen de un título. En este caso el del clásico negro de Orson Welles. Sed de mal. Es como un resumen de estos días airados. El intento alocado y ridículo de muerte en directo del presidente del imperio, el tercero en dos años, por lo que implica de normalización de la sangre y la violencia como acción política. La respuesta agresiva contra los medios de comunicación por su manera de contar el suceso, por lo que tiene de política de control y sometimiento. La deshumanización del otro, el extranjero, concebido como ciudadano de categoría inferior, con derecho solo a las sobras del bienestar. La laminación de un territorio en Oriente Próximo, como si la vida de los que ocupan esa franja fuera de menor valor. La chulería chusquera del diputado ultra encaramado a lo alto de la tribuna del Congreso. Los insultos al presidente del Gobierno convertidos casi en pan nuestro de cada mitin. Los mensajes deseando la muerte de un torero. El asedio al que simboliza al otro, con la escena del agitador acosando a la mujer de Pedro Sánchez como forma de intentar doblegarlo a él. “Apretad”. Sed de odio. Y lo que antes se decía en la barra de un bar entre salivazos al serrín del suelo, hoy es un vídeo cuyas reproducciones se multiplican cuanto más rencor contenga.
Sucedió no hace mucho en un viaje de las representantes de las víctimas de la gran riada a Madrid. Iban con las camisetas que las identifican. En el tren se les acerca un tipo y les suelta: “Los culpables de todo son ‘Begoño’ y ‘Perro Sánchez’” (mentados así, con toda la fuerza despectiva de los bulos). Cuando le intentan replicar que ellas son solo víctimas, no políticas, el tipo sigue su camino sin escuchar nada. Su objetivo estaba cumplido: descargar odio, no contraponer ideas. Sed de mal.
¿Hasta qué punto nos alcanza a todos? ¿Hasta qué punto es una onda expansiva que va conquistando espacio en nuestras mentes y un día ya no importan argumentos, solo combatir al otro? ¿Qué día el mundo de los silenciosos y cobardes revienta como una olla exprés y se transforma en el de la persecución y la convivencia imposible?
¿Se han parado a preguntar por qué creen lo que cuenta Bárcenas sobre Mariano Rajoy y el PP y no creen a Víctor de Aldama sobre Pedro Sánchez? O al revés. ¿Por qué sí creo a un comisionista a pesar de no aportar pruebas sobre Sánchez y no creo al tesorero del PP a pesar de los papeles publicados, los ‘M.Rajoy’ y los discos duros destrozados a martillazos? Hay diferencias en los procesos y los testimonios, pero lo fundamental es que aflora la sed de facciones. Un modo de estar que nos acerca a los hooligans ultras de los equipos de fútbol. Sed de odio.
¿Se puede vulnerar la intimidad de Carlos Mazón e incluso hay que aplaudir la acción y es delito perseguir y atosigar con una cámara y un micrófono a Begoña Gómez?
¿Hay diferencias entre el acoso a la mujer del actual presidente y los escraches a Rita Barberá cuando no era alcaldesa de València y pesaba una acusación de corrupción sobre ella? ¿Es lo de hoy la consecuencia final de lo allí empezado? ¿Le ha dado la vuelta la ultraderecha a los usos que inició la izquierda cuando la crisis económica arreciaba? ¿Se puede vulnerar la intimidad de Carlos Mazón e incluso hay que aplaudir la acción y es delito perseguir y atosigar con una cámara y un micrófono a Begoña Gómez?

Mazón, esta semana en las Corts. / Rober Solsona - Europa Press
¿Hay algo hoy intolerable para todos, de unas ideologías y otras? Hemos visto estos días como el asedio a la mujer del presidente se justifica por algunos, que responden que el violentado incluso es el otro. ¿Y si ya no hay nada injustificable de manera general? Posiblemente es el rasgo menos visible y más definitorio de este tiempo que se abre cargado de ira. ¿Qué mundo es aquel en que podemos asumir como aceptable un ataque a Trump, ese emperador que se congratula de la muerte de los que se oponen a él? ¿Por qué ver el planeta tan aturdido y no ver los progresos que cada día realiza la ciencia? ¿Qué mundo aquel en que la ciencia se cuestiona y las viejas supercherías parecen tener el mismo valor?
Las preguntas son de momento el único antídoto más o menos válido contra el fanatismo y la sed de mal
Creo que las preguntas son de momento el único antídoto más o menos válido contra el fanatismo y la sed de mal. De lo poco cierto hoy es que el declive de las clases medias es la decadencia de nuestro mundo.
En la película de Orson Welles, al final, el mal y el bien no están tan claros. Todo es más ambiguo. Como en la vida, donde todo se entrevera, lo bueno y lo malo, lo triste y lo cómico. La película plantea que incluso, en ocasiones, el bueno ha de rebasar la frontera del mal (lo que está fuera de la ley) para alcanzar un bien moral (y colectivo).
¿Qué ha pasado para que casi sin darnos cuenta la bondad parezca una joya vieja y desfasada, y todo (casi todo) lo que aflora alrededor sea la sed de odio?
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