Opinión | El día del señor
Tortugas y centellas

Imagen de los vagones accidentados en Adamuz. / J.J. Guillén/Efe
Las grandes desgracias al modo de los choques ferroviarios tienen un efecto inmediato, pero también se llenan de herrumbre y descuido, también se disuelven en nada. Si se abandona el ferrocarril de nuestro país acabará pareciéndose al de Namibia o Guinea Bissau, pero se aprecia que, hasta el más refinado devoto de la alta velocidad, defiende el mantenimiento de esta y otras redes de una determinada infraestructura. No somos un país relativamente rico por casualidad, conviene abrir los ojos y contemplar el panorama.
Aunque las prisas por marcarse el farol del AVE han practicado, de hecho, un desvío regular de recursos destinados a este y no más que a este mundillo minimalista del AVE, hay desvío de recursos por muy legal que sea.
Si quieren saber cuál es el dato de esa exclusividad que ignora los trenes de cercanías y de medio recorrido, háganlo, pero eso es ajeno al cúmulo de desastres que puso en marcha una dana con horribles credenciales: Mucha dana y poca aplicación.
Hace bastantes años un potente huracán tropical se introdujo en los estados sureños de USA y rompió todas las contenciones. En las charcas flotaban los cuerpos de las víctimas. De las víctimas no cubanas, no había bastantes refugios. Los ciudadanos yanquis también tenían la opción de agarrarse al mástil de la bandera y murieron no con ella sino subidos a ella. No es un entusiasmo por la percalina antillana, es solo un cuentecillo perverso: nos recuerda que no somos la nación elegida, la raza única, los chulos del patio y esas cosas, la que nos explica que al primer descuido un tren alcanza a otro, un vagón aplasta a otro, una inundación llena los cauces de los barrancos hasta desaguar en un pestilente fangal y así sucesivamente. Y dice la tradición que el agua siempre vuelve a reclamar sus títulos de propiedad. Y es bueno que lo haga. Y según quien que se resistan a un concepto manipulado, fantasioso, de naturaleza: los bosques de cota baja, las dunas desmochadas y tantas otras cosas nos recuerdan que las peras no brotan de las autopistas.
No se ensancha al gusto la estrecha franja litoral y los méritos quizás no sean de los constructores y reyes del baile. Otro día el Apagón.
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