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Opinión | Algo personal

València

Cuarenta años

En Llíria lo que levanta pasiones siempre fue y sigue siendo el baloncesto. La música también, claro. Con el Clarín y la Unió levantando trofeos allá donde presentan sus credenciales artísticas

Pista Piscina Municipal 1970. A la derecha el Básquet Llíria

Pista Piscina Municipal 1970. A la derecha el Básquet Llíria / L-EMV

Le faltaba uno de los dedos en una mano. Pero daba igual. Con cuatro se bastaba Wiley Brown para abarcar el balón y hacer virguerías antes de meterlo en la canasta. Yo no sabía nada de básquet. Mi cuadrilla era de fútbol y no de baloncesto. A mí me parecía que había una distinción de clase entre uno y otro deporte. Nosotros jugábamos en el Pedregoso, un campo que como su nombre indica estaba lleno de piedras, alguna de ellas como las que, sin despeinarse, levantaba Steve Reeves para lanzarlas contra el enemigo en las películas de romanos. El básquet tenía su aposento en la Piscina Municipal, que tenía bastantes desconchados en la pista, pero al menos no se te clavaban los pedruscos en las rodillas cada vez que besabas el suelo, como en una canción de Luz Casal que habla de esos amores de los que es difícil escapar y convierten la vida en una mierda.

La verdad es que en Llíria, mi pueblo de adopción entonces y ahora, lo que levanta pasiones siempre fue y sigue siendo el baloncesto. La música también, claro. Con el Clarín y la Unió levantando trofeos allá donde presentan sus credenciales artísticas. Yo permanecía fiel a mis principios deportivos, que no cambié nunca a pesar de lo que me gustaba Groucho Marx cuando convertía un chiste en una lección de filosofía política. O sea: fiel a tope con el fútbol. Me cabe el honor, compartido con amigos de toda la vida, de haber participado en la fundación del que sigue siendo equipo local en el deporte del balompié. Fue a mediados de los años sesenta. El pasado siglo. Uf, vaya putada eso del tiempo, ¿no?

El caso es que un día me llama ese maestro del periodismo deportivo que fue José Vicente Aleixandre y me dice que si quiero escribir para Levante-EMV las crónicas de los partidos de básquet que el Choleck Llíria jugaba en el nuevo y flamante Pavelló Pla de l’Arc. Le dije lo que tocaba decir: no tengo ni idea de básquet, lo mío es el fútbol. Pues por eso, me contestó el maestro. No entendí muy bien su razonamiento, pero asentí encantado. No se trataba de contar el partido, sino de reflejar en mi columna el ambiente que se vivía en el graderío. Fue una gozada. No sé si eran buenas o malas esas crónicas pero, como dice ese otro gurú de periodistas deportivos que fue Ring Lardner, me produjo un enorme placer escribirlas. Fueron, según me recuerdan esas enciclopedias andantes que son Sime Jordán y Artur Balaguer, dos jugosas temporadas: de 1985 a 1987. Cuarenta años ya de aquella aventura periodística, cuando Wiley Brown y después Vernon Smith y Dan Palombizio formaban la nómina de extranjería en un equipo donde jóvenes locales se convertirían en auténticas figuras del básquet. Un nombre imprescindible de ese tiempo: Isma Cantó, que ya desde muy crío poco se le podía enseñar de ese deporte que él no supiera.

Wiley Brown en el Básquet Llíria 1986.

Wiley Brown en el Básquet Llíria 1986. / L-EMV

Hacía mucho que no volvía al Pla de l’Arc. El regreso fue hace dos sábados. El equipo local disputaba el primer playoff para el ascenso de categoría. Contra el Valladolid. Para mí era como haber viajado en la máquina del tiempo. No sé si como los astronautas del Artemis II pero algo parecido. Los recuerdos que son como algo escondido en la cara oscura de la luna. De nuestra luna particular aquellos años en que me conmovían los gritos de ánimo que hinchaban la filigrana de un tiro inverosímil o también, y muchas veces, el cabreo de la concurrencia cuando el arbitraje era más una enconada inculpación de los locales que un acto de estricta justicia deportiva. ¡Ay, siempre la justicia injusta de la Justicia! Por cierto, el partido lo ganó el Bàsquet Llíria por más de veinte puntos. Faltaba el de vuelta. Ayer sábado. A ver cuál de los dos habrá pasado a la siguiente ronda. Ojalá sea este domingo día de celebración en el pueblo. A ver si alguna de las grandes empresas afincadas en Llíria se aprestan a patrocinar esa emoción popular, ¿vale? A ver.

Mientras me acercaba al Pavelló empecé a sentir que el paisaje era el de entonces. La misma euforia. Esa emoción que me llevaba a tantos años atrás, a aquellas tardes en que como un pardillo me sentaba casi a pie de pista para que no se me escapara el más mínimo detalle del partido. El subidón cada vez que el balón se colaba por el aro y en las gradas ardía Troya. No soy adicto a las grandes aglomeraciones. Me aturden los espectáculos de masas. Y sin embargo las miles de voces que resonaban en el Pla de l’Arc hace dos sábados me conmovían como si fueran lo mismo el grito de animación y la seguridad de que ese grito era una elocuente y hermosa señal de pertenencia.

Han pasado cuarenta años desde aquellas crónicas escritas con la pasión de un ignorante que, en muchas cosas y sobre todo en el mundo del básquet, sigue siéndolo después de tanto tiempo. Desde la magia malabar de Wiley Brown ha llovido mucho y demasiadas veces, como cantaba Raimon, rematadamente mal. «Fui un viejo juglar, y conté historias», escribe Jenaro Talens, que, además de un enorme poeta y por no salirme del aire deportivo de esta columna, fue en los años sesenta campeón de España y miembro de la selección nacional en varias pruebas de atletismo. Así me siento cuando escribo esta columna que ustedes, si han tenido la amabilidad de acercarse a lo que cuento, están leyendo esta misma mañana de domingo. Nada menor: un juglar que cuenta historias. Ya me gustaría. Y tanto que me gustaría. Y tanto.

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