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Opinión | Barraca y tangana

Una experiencia única

Arturo Valls.

Arturo Valls. / EP

Recibí un e-mail de LaLiga: «Isabel Forner y Arturo Valls te invitan a una experiencia única». Obviamente, entré a leer el correo y a lo que te invitan es a pagar por la experiencia única. También obviamente. 

Me llamó la atención la experiencia que ofrece Arturo Valls: fútbol y paella. «Aprende a hacer una auténtica paella valenciana». Primero vas a comer, luego disfrutas de la sobremesa y después te llevan a «descubrir Mestalla desde dentro» y a ver un partido. Asientos VIP y foto de despedida. Me dio por pensar cómo sería mi experiencia única.

Algo así sería:

Una vez rechazado por LaLiga mi plan ideal (estar en casa en pijama sin hacer nada), activaría el plan B. Quedaríamos pronto, porque hay que aprovechar el día. Al menos, eso pensaría la noche anterior. Citaría bien temprano (a las 11 o por ahí) a los afortunados que pagaran por estar conmigo. Lo haría con la mejor intención, pero luego sonaría la alarma y le daría a posponer. 

Deberíais comprender que por la noche me quedo viendo shorts y goles de los años 90 en Youtube y se me hace tardísimo. Total, por dormir 10 minutos más, no pasa nada. Pero entraría en el bucle de posponer y aplazaría por wasap a última hora. Ya nos veríamos para el vermú, directamente, con suerte.

De hecho, iríamos a tomar el vermú a la peor hora, cuando no han terminado los que van pronto y cuando ya han llegado los que van tarde. Sin reserva, caminaríamos absurdamente buscando una mesa. Sería incómodo hasta para mí. Pediría por favor que nadie me hablara, porque aún estaría medio dormido y no tendría la cabeza para voces extrañas.

Después de media hora de caminata, donde mis únicas palabras serían «lo mejor de Castellón es que es de la Plana, y no hay cuestas», volveríamos al lugar de inicio y habría una mesa libre.

Como sería ya la hora de comer, comeríamos. Por supuesto, no tomaría la iniciativa para decidir qué se pide. Demasiado lío. La comida sería para mí desayuno-apetitivo-comida: pediría un café, un vermú y una Coca-Cola al mismo tiempo. A los 20 minutos ya podría articular algunas frases sencillas. Contaría mis movidas estrella: con el reglamento en la mano no es penalti porque la pelota da en el reglamento y no en la mano; origen, proceso creativo y explicación del meme de Buyako Saka (un Buyo muy grande sacando); Alaba levantó una silla porque pensaba que gritaban Silla, silla, silla, Juanito Maravilla, etc. Los asistentes no tardarían en recordar con nostalgia al Ballester que no hablaba.

No comería mucho, porque no como mucho antes de ir a un partido. Ya me pondría nervioso y discutiría a la mínima. Cualquier opinión contraria a la mía, sobre algún jugador o el equipo, sería zanjada con un clásico «no tienes ni puta idea de fútbol». Una chica le diría a su novio: «Te dije que venir a esto no era buena idea». Estaría de acuerdo con ella.

A la vez, si viniera alguien con una actitud positiva, me encargaría de rebajar sus expectativas. De repente, en un momento dado, me entrarían todas las prisas. Los dejaría con el postre a medias. Entraríamos al estadio los primeros y dejaría claras las normas: hay que animar (yo no animo), no hay que gritar nada al árbitro porque somos unos caballeros (luego lo insultaré a la mínima), y los asientos son los que son (una mierda) porque el club no sabe que hemos venido. Un chaval preguntaría a qué hora llega Arturo Valls.

Además, si nuestro equipo marcara el 1-0, frenaría la euforia contando aquel día en Segunda B, que vino el Alzira que era colista, que si ganábamos nos poníamos líderes, y marcamos pronto el 1-0 y todo era fiesta, y luego cayó una tormenta, descubrí que necesitaba gafas, perdimos 1-2 y tardamos siglos en volver a ser líderes. Y si nos diera por ganar, a pesar de mis avisos fatales de remontada (incluso con 5-0 en el minuto 96) alguno se giraría para abrazarme, tras el pitido final, y descubriría que ya me he ido. 

En fin, una experiencia única. 

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