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Opinión | Bolos

Director de Levante-EMV

Ábalos y la contabilidad de la sospecha

El exministro socialista recuerda la estrategia de defensa de Eduardo Zaplana al centrarse en la procedencia del dinero y no en la corrupción

Ábalos responde en el Tribunal Supremo.

Ábalos responde en el Tribunal Supremo. / EFE

El abalismo tenía dos cabezas: la política y la político-festiva. La primera era pública. En la segunda estaban algunos machirulos del PSPV. Cuando José Luis Ábalos se hizo fuerte en Madrid, formó otro núcleo propio. Solo un grupo selecto de aquella rama cachonda le siguió. Después apareció Koldo García y el círculo inicial fue quedando desplazado por la etapa ministerial.

Ante su esperada declaración en el Supremo, Ábalos cuestiona la principal prueba de la UCO, el origen desconocido de un dinero. Su defensa recuerda a la de Eduardo Zaplana en el caso Erial, porque ambos se refugian en la misma idea de que aparezca el dinero de las presuntas mordidas. Zaplana negó tener dinero fuera de España y denunció que la investigación se había construido sobre pruebas prefabricadas o prospectivas. Ábalos, ahora, plantea algo parecido.

La similitud está en convertir una causa de corrupción en una discusión sobre la trazabilidad del dinero. También coinciden en la delegación en el hombre de confianza. En el caso Zaplana fueron relevantes los supuestos testaferros y colaboradores. En el caso Ábalos, ese papel lo ocupa Koldo García, acompañante permanente y gestor de pagos, adelantos y reembolsos. La Audiencia de València condenó a Zaplana por prevaricación, cohecho, falsedad y blanqueo. Ábalos usa ahora lo mismo.

El gran problema es que esa defensa judicial no limpia la vergüenza política. El relato que queda es el de un todopoderoso dirigente del PSOE rodeado de intermediarios, con un asesor que operaba casi como mayordomo, una expareja colocada en empresas públicas y gastos personales abonados por terceros. Tampoco ayuda que el exministro sugiera que Jésica Rodríguez pudo ser coaccionada por Aldama. En su versión, el empresario se movía en la impostura; Koldo fue leal hasta que dejó de serlo y la expareja no explica bien sus contradicciones. Un relato difícil de asumir en términos públicos.

El abalismo, como red de poder y favores terminó atrapado por su propia lógica. Ábalos puede tener una defensa atendible, pero políticamente el daño ya está hecho. Basta con ver cómo aquella corriente del socialismo autóctono ha acabado convertida en una contabilidad de sospechas.

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