Opinión
El valor de la singularidad

Partida de Galotxa en el centro de Bilbao, año 1982. / Levante-EMV.
Trece horas de avión sólo pueden combatirse con la ausencia de turbulencias y una lectura apasionante. En mi caso con García Márquez y El coronel no tiene quien le escriba. Desde la época universitaria, cuando La Hojarasca y Cien años de soledad no había vuelto a la creatividad del escritor colombiano. Es una novela corta con un argumento sencillo y directo: un coronel retirado que espera cada viernes le llegue su pensión, año tras año, mientras vive en la más absoluta miseria con una única esperanza: su gallo, con buenas pintas para ser el rey de las peleas. Una esperanza sustentada en una ilusión volátil: la victoria en una gallera. La novela acaba cuando su esposa le plantea qué comerán si el gallo pierde la esperada pelea. Y el coronel sentencia: comeremos mierda. Digamos que el coronel es el pueblo condenado y el gallo la esperanza.
Leyendo la novela uno recuerda al maestro Rovellet cuando se preguntaba si la pilota, como el coronel, tenía alguien que le escribiese. Él mismo pudo comprobarlo cuando una mañana salió del almuerzo y la tertulia del Casino de la Pilota, que ese título podría exhibir la vieja cafetería, se plantó a cien metros de la entrada de Pelayo, en la concurrida calle de Xàtiva y a mediados de los sesenta realizó una encuesta directa a las gentes que por allí pasaban preguntando si sabían dónde estaba el trinquete de Pelayo. Nadie de los que por allí transitaban dieron razón. De hecho sólo una columna semanal, la de La Partida del Dissabte del recordado Lorenzo Millo era un oasis en la inmensidad del desierto informativo.
La pilota, que había sido la manifestación lúdico-deportiva más popular del siglo XIX, como atestiguan las numerosas crónicas periodísticas de la época, cayó en un estado miserable, con el hambre acechando cada día, a punto de morir triste y abandonada. Como el coronel esperaba su pensión, la pilota esperaba los tiempos nuevos y la figura que los acompañase. Llegaron casi al unísono los aires de libertad, la conciencia de pueblo, el respeto a la identidad y la figura que lideraría las pasiones. Los pueblos recuperaron su historia para mostrarla con orgullo en competiciones de calles y trinquetes y la televisión metió el deporte en las casas.
En la novela el viejo coronel quedose esperando la pensión que les sacara de la miseria absoluta. La pilota esperó paciente, a ella le llegó la carta con una digna asignación en razón a su aporte histórico y cultural, como Bien de Interés Cultural que es. Así es que habrá que cuidar esa condición que la distingue de otras muchas y respetables manifestaciones deportivas. Cuidar su esencia, su singularidad y su fidelidad a una historia secular. Cuidar el tronco podando las ramas viejas. Porque el triunfo del gallo en la pelea por la supervivencia conlleva un valor que no puede regalarse.
Desciende el avión en Madrid y uno piensa en la paciencia, la esperanza y el premio de la recuperación del Beti Jai, la «capilla sixtina de la pelota vasca» se ha publicado, sin injertos. Un espacio rescatado del olvido y preparado para vertebrar el juego que fue el preferido de los reyes, como escrito está y el rey de todos los juegos. Una vertebración que sólo será posible desde la libre voluntad de cada vértebra para construir la columna que sostenga un cuerpo vigoroso en un tiempo nuevo en el que no tengamos que volver a comer mierda. Que todo puede pasar.
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