Opinión | LA VELETA DE PAPEL
Cuidar

Una persona mayor dependiente con una cuidadora, en una imagen de archivo. / Europa Press
En su pueblo, barrio o ciudad hay personas que están desinteresadamente cuidando a un ser querido. Lo que para el pensamiento imperante sería sacrificar su tiempo y libertad en pro de otro, sin saber si se salvará o no, incluso sabiendo que no, para ellas es lo que hay que hacer, mayoritariamente por amor, no por obligación. A veces este cuidado es de años, transformándose (quizás) en un sacrificio larguísimo y duro, no siempre reconocido y menos agradecido; en este caso podemos de hablar de héroes o como decía el Papa Francisco de santos de la puerta de al lado.
Cuidar al padre o la madre, no es ni más ni menos que lo que ellos nos hicieron cuando éramos nosotros pequeños y vulnerables. Corresponder con amor al amor que recibimos, es un acto de justicia. Es justamente con los padres donde ocurren las mayores incomprensiones, injusticias y abusos, por qué hay una especie de derecho superior entre las partes, que siendo cierto no deja de causar incomodidad, en ocasiones exigencia despótica, que terminará con cierto regusto amargo porqué nos conocemos demasiado y eso a veces juega en contra. Aun así, siempre son tus padres: los quieres y te quieren.
En tíos, hermanos y otros allegados consanguíneos, la atención es propiciada por aquello que se fue gestando y manteniendo a lo largo del tiempo, un sentimiento de cariño que va más allá del propio interés personal. Compartimos con ellos tiempo y avatares. Dificultades que pudimos superar acompañados por ellos o al menos sabiendo que estaban allí cuando los necesitábamos. El cariño no siempre se mide por el grado de parentesco.
Con esposos o parejas compartes la mitad de la almohada durante un largo periodo de tiempo; habéis discutido, reído, visto crecer hijos y nietas, sufrido y triunfado. De hecho eres parte de lo que ellos son, porqué os habéis amoldado juntos. Ahí entra el amor y también el miedo a la soledad, no quieres que esa persona padezca, pero mucho menos que se vaya para no volver jamás, pues esa ausencia, no podrá ser sustituida aunque quieras, que muchas veces no quieres.
También hay quien asiste a amigos o compañeros con la misma delicadeza que cuando te unen otros lazos, por fraternidad altruista. Después están las personas que ayudan a los demás sin exceptuar por amor a Dios o por vocación humanista, dedicando parte de su vida a acompañar al que más lo necesita sin esperar reconocimiento alguno. Incluso profesionales sanitarios o cuidadores asalariados que van más allá de su deber para ser caritativos. Personas que, como mínimo, alivian el espíritu de quién está enfermo, asustado y solo. Una sonrisa, una palabra, una caricia tienen valor terapéutico empírico y jamás podrá sustituirse por un robot.
Pero para mí el culmen del cuidado se da sin lugar a dudas con los hijos. Un hecho que no siendo exclusivo (soy consciente que no lo es), parece ser más habitual entre las madres, tal vez porque ellas llevaron a ese ser alojado en sus entrañas y ese vínculo no desaparece nunca. El inmenso dolor de una madre por perder a un hijo es infinito y no se olvida con el paso del tiempo. Natural o adoptivo, siendo padre o madre nada hay más duro que perder a un hijo, aunque hayas estado cuidándolo durante años consciente que su vida no tenía futuro. Recuerdo una madre que después de muchos años cuidando delicadamente a su hijo me dijo: yo todavía lo siento unido a mí por el cordón umbilical como si no lo hubieran cortado.
Si después de atenderlos sanan, habrá sido un tiempo que pasó. Mas si a pesar de los desvelos el ser querido muere, porque la muerte llega naturalmente, quedará el consuelo de las cosas bien hechas por amor. Estos cuidadores anónimos son infinitamente más importantes que cualquier dictador deificado o político con ínfulas. Estas personas demuestran que hay humanidad, que ni el egocentrismo ni la sed de mal triunfan, y que aunque parezca lo contrario se ama, y la familia de sangre o elegida persiste: hay esperanza. Este es mi homenaje a todas ellas y ellos. ¡Gracias! ¡Qué Dios os lo pague!
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