Opinión | Metropol
Tranquilidad

La alcaldesa María José Catalá, en una imagen de archivo / Levante-EMV
Cuando Mónica Oltra anunció su regreso a la política, la prensa pidió una valoración a María José Catalá y la alcaldesa dijo que su gobierno seguiría gestionando la ciudad con tranquilidad, como venía haciendo hasta entonces. Utilizó la consigna de su grupo municipal, especialmente de su portavoz, Juan Carlos Caballero: esconder cualquier tribulación en el gesto sereno y responder al empuje de la oposición con la política de la sobriedad, el informe técnico y el discurso comedido, salvo cuando toca arremeter contra Óscar Puente.
Esta manera de gobernar ha recibido críticas de la oposición. Consideran los partidos progresistas que Catalá está apagando la efervescencia del Cap i Casal y le recriminan la ausencia de ideas propias, dado que de momento se ha dedicado a encarrilar proyectos heredados —Plaza del Ayuntamiento, San Agustín, Desembocadura— mientras levanta vivienda pública y ordena la turística. En una segunda legislatura tendría suficiente rodaje para dejar su impronta, si es que se le exige un legado concreto más allá de no romper la caja de cambios del tercer consistorio de España.
Tal vez sea suficiente con algo de cirugía fina, una vez se ha superado el tiempo de la megalomanía. Aumentar la frecuencia de los autobuses, invertir recursos en la periferia, reforzar la limpieza y la poda, recuperar el gusto por el diseño gráfico. Quitando algún pegote urbanístico, València es el resultado de decisiones afortunadas y quizás no necesite más proyección de la que ya tiene. De hecho, tal como señalaba el antiguo gerente de Aumsa en una charla organizada por Levante-EMV, la ciudad caminable, verde y atractiva para turistas, inversores, nómadas digitales y Erasmus necesita actuaciones contundentes para atajar los efectos negativos de su popularidad.
Hay un daño colateral tangible y otro simbólico. El primero es compartido por muchas ciudades, la falta de acceso a la vivienda, que es como la camiseta feminista del Zara: la causa de la que hoy es obligado hacer bandera, no sé sabe bien si para ayudar a impulsar medidas correctivas o para rentabilizar un derecho fundamental. Mientras PP y Vox en València sitúan la vivienda en el centro de su relato y reivindican el derecho a la estabilidad de un hogar —es decir, a la "tranquilidad"—, sus líderes nacionales tumban en el Congreso la prórroga de los alquileres alegando “falta de seguridad jurídica”, que es lo que suele decirse cuando no se quiere asumir un coste electoral.
El segundo efecto negativo tiene que ver con la teórica pérdida de identidad que implicaría la ciudad franquicia de bajos turísticos y acento extranjero. También funciona esto como reclamo político: Caballero —ariete ideológico de Catalá— acostumbra a decir pomposamente que València ha recuperado su identidad cuando más bien ha desempolvado la tradición; Gosalbez habla de imponer la xenófoba prioridad nacional de Vox, Bernabé utiliza su púlpito en el Gobierno para evocar un pasado mítico socialista y Oltra enarbola el orgullo de barrio desde los programas de Julia Otero o el Gran Wyoming. Identidad: ganar València desde Madrid.
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Metropol / L-EMV
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