Opinión
La cultura noqueada

La consellera de Cultura, Carmen Ortí, y el conseller de Hacienda, José Antonio Rovira. / Manuel Bruque
Se atribuye al cómico y cantautor Pepín Tre la creación de una corriente de pensamiento que él mismo bautizó como «taladrismo» y que, a falta de una explicación más extensa, puede resumirse en la expresión popular «por un oído me entra y por el otro me sale».
A juzgar por las medidas que viene adoptando el gobierno valenciano en materia de industrias culturales desde sus primeros días, y por mucho que los titulares y las redes sociales intenten transmitir lo contrario, muy pocas de las decisiones y los nombramientos producidos en la Conselleria de Educació, Cultura i Universitats se alejan de este principio acuñado por el cómico.
Los diferentes sectores culturales de la Comunitat no salimos del aturdimiento que medida tras medida, indecisión tras indecisión, nos han venido infligiendo quienes no han tenido otro objetivo que el de noquear —aturdir y desestabilizar— a las personas, los colectivos y las producciones culturales de la Comunitat Valenciana. No lo digo solo yo, ni la entidad que represento: son muchas las voces que lo vienen denunciando desde los tiempos del recién nombrado conseller Vicent Barrera, posteriormente sustituido por José Antonio Rovira sin que la situación mejorara, y finalmente reemplazado por la actual consellera María del Carmen Ortí Ferré y sus correspondientes equipos.
Todo se ha venido disfrazando de predisposición al diálogo, propósitos de enmienda, supuesta escucha activa y declaraciones bienintencionadas. Sin embargo, casi nada de lo que se anuncia o se acuerda se cumple. Cada nueva convocatoria de reunión se convierte en un «volver a empezar». Los responsables dependientes de la Secretaria Autonòmica de Cultura —y por ende del Institut Valencià de Cultura— permanecen instalados en un tancredismo preocupante, dando a entender, una y otra vez, que el problema no va con ellos.
No he asistido a ninguna reunión con estos directivos en la que no se señalara a otro como responsable de la situación: cuando no era el Botànic, era el «torero», o la abogacía, o la auditoría, la intervención, los sindicatos o la falta de medios. El escapismo institucional resultaría cómico si no dependieran de sus decisiones tantos puestos de trabajo, tantas infraestructuras y tantas programaciones culturales.
Pronto se cumplirán dos años —y casi tres temporadas— desde el cambio de modelo del Circuit Cultural Valencià. Digo «cambio de modelo», aunque todos sabemos que lo que se produjo en realidad fue la aniquilación del proyecto mediante una decisión unilateral del IVC adoptada contra el criterio de todas las asociaciones vinculadas a la producción, la interpretación, la escritura, la distribución, la exhibición y la gestión de las artes escénicas valencianas y de buena parte de la industria musical; todas ellas con mayor experiencia y conocimiento de la realidad cultural valenciana que el conjunto de quienes hoy gestionan el IVC y la Conselleria. El resultado ha sido la destrucción del mercado natural de las artes escénicas valencianas.
El golpe más visible fue la destitución de José Luis Pérez Pont, seguida del acoso sistemático a Nuria Enguita hasta forzar su salida del IVAM: dos señales inequívocas de que el objetivo no era gestionar la cultura, sino desmantelar sus referentes. A partir de ahí, el rosario no ha hecho sino crecer: recortes y destrucción de equipos en todos los departamentos del IVC, el menosprecio a la Mostra de Teatre d'Alcoi, el abandono de las convocatorias públicas de artes visuales, la eliminación del apoyo a l'Acadèmia Valenciana de l'Audiovisual —tachada de «pancatalanista»—, no convocar —ni conceder— determinadas ayudas al cine, reducir drásticamente el apoyo a las asociaciones de muixeranguers y de la cultura popular valenciana, y los ataques continuados a l'Acadèmia Valenciana de la Llengua.”
Cada golpe del gobierno valenciano a las industrias culturales ha venido embadurnado con una pátina de diálogo y buenos modales, pero los resultados están a la vista: la cultura, cada vez más noqueada, se tambalea. La precariedad económica, la buena voluntad del sector y su predisposición al diálogo le impiden reaccionar con contundencia, y el aturdimiento acumulado no hace sino crecer.
Personalmente, había mantenido la esperanza de que una consellera proveniente del mundo de las universidades populares fuera sensible al desarrollo cultural de la Comunitat —quien trabaja desde la base conoce bien sus necesidades—. Pero “el taladrismo” al que hacía referencia al principio parace que se ha instalado de manera definitiva en la Generalitat: la cultura continúa siendo noqueada, las demandas culturales de la ciudadanía vienen y van sin respuesta y la buena voluntad de los agentes culturales sigue siendo utilizada en su contra.
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