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Opinión

València

La lección de Tolstoi y Artemis a la humanidad

Artemis II, cerca de entrar en la órbita lunar tras completar la mitad de la misión

Artemis II, cerca de entrar en la órbita lunar tras completar la mitad de la misión / Lucía Feijoo Viera / PI STUDIO

Estos días se suceden artículos y reflexiones sobre la importancia de los libros y la necesidad de la acción de la lectura para salvaguardar una sociedad crítica con los desmanes de la manipulación procedente del poder. A las personas que solemos escribir y leer se nos pregunta de vez en cuando qué libro, que autor nos ha marcado. Cuáles son, en definitiva, tus imprescindibles. Yo señalaría, sin lugar a dudas, a Dostoyevski y a Tolstoi. Hay muchos otros, evidentemente, pero estos dos me han marcado de forma particular. Y lo hacen porque en ellos siempre encuentro claridad, luces que me ayudan a comprender el mundo que nos ha tocado vivir.

Esta creencia literaria personal, se consolidó el mismo día que se hicieron virales las palabras de Víctor Glober, uno de los astronautas de la misión Artemis. Antes de perder la comunicación con la Tierra, hizo el siguiente apunte: “En todo este vacío, tienes este oasis, este lugar precioso donde podemos existir juntos”. Reflexionó que por mucha tecnología de la que dispongamos, por mucho poder que acumulemos, por mucho que descubramos del espacio interestelar, el misterio más grande sigue estando en nuestro planeta: el amor. Queramos o no, nos necesitamos, respiramos el mismo aire y habitamos el mismo espacio y lugar en el que hemos nacido y moriremos.

Cuando me llegaron estas emocionantes palabras, de forma casual o no, estaba leyendo Camino de la vida de Tolstoi. Y me encontré con las siguientes palabras que vienen a describir lo que Glober trasladaba a toda la humanidad: “Medimos la tierra, el sol, las estrellas, las profundidades marinas; nos adentramos en las entrañas de la tierra en busca de oro, descubrimos ríos y montañas en la luna. Encontramos nuevos astros y conocemos sus dimensiones; nivelamos precipicios, construimos máquinas complejas; no pasa un día sin que haya nuevas invenciones. ¡Cuántas cosas podemos hacer! ¡De cuánto somos capaces! Pero hay algo, lo más importante, que aún nos falta. Somos como un niño: no se siente bien, pero ignora la razón de su malestar. No estamos bien porque conocemos demasiadas cosas superfluas, y no conocemos lo verdaderamente indispensable: a nosotros mismos”.

Estamos admirados y sorprendidos por todo nuestro poder tecnológico que tiene la característica única de poder destruirnos. Somos especialistas en enviar misiones a la luna, pero incapaces de enviar misiones de paz que salven vidas y paralicen la barbarie. Somos capaces de hacer dietas y ayunos mientras hay millones de personas que no tienen nada que llevarse a la boca. Parece que sólo podemos convivir desde la extorsión, el odio y las amenazas. Sólo nos relacionamos con los de mi tribu política, ideológica o religiosa. Nos ponemos una venda ante lo que pasa mirando de soslayo el desgarro de personas que huyen de la miseria y de la pobreza y nosotros como si nada. Defender la paz, la auténtica, y no la de los eslóganes y las pancartas de los políticos de turno, te convierten en un idealista y poco menos que un iluso. El mismo Tolstoi nos recordaba en sus Diarios que “es propio del hombre aspirar a adquirir más. Pueden ser más rublos, más caballos, más tierras, más músculo; pero sólo una es necesaria una cosa: más bondad”. Sólo el amor y la bondad pueden salvarnos. ¿Es algo tan difícil de aplicar y de vivir? ¿Por qué? El día que lo llevemos a cabo, la historia de la humanidad habrá conseguido su mayor conquista y descubrimiento.

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