Opinión | En el barro
Se puede cambiar el mundo con un plátano y un polar
La humanidad ha sobrevivido. Sin optimismos empalagosos. La capacidad de sufrir el dolor del otro no se ha apagado. Sin mirar su origen, su color. Sin prioridades. Sin decir no a un barco repleto de gente llena de miedo

El crucero Hondius, fondeado en Cabo Verde. / Elton Monteiro / Europa Press
“Tengo un plátano y un polar. ¿Los quieres?” La chica se da cuenta de que ha aparcado su coche viejo y sucio a un metro de un abrigo en la pared donde duerme un sintecho. Prefiere no girar la vista. El hombre viejo de piel oscura ha pasado el invierno durmiendo en ese lugar sobre un cartón y bajo dos mantas. Acepta el ofrecimiento sin levantarse. Ella abre el maletero y le acerca lo que tiene. Y sigue su camino. Posiblemente desea que al volver por la mañana el indigente ya no esté. ¿Se puede cambiar el mundo con un plátano y un polar?
En la radio dan la última hora del hantavirus. Se confirma la enfermedad en casi todos los casos sospechosos del crucero. Hay indicios también de nuevos contagios. Pero pocos. Uno, incluso, casi al lado de casa, en Alicante. Un microbiólogo intenta tranquilizar. Es un patógeno conocido. No se transmite con facilidad. La prueba es el barco: hay pocos casos entre 150 pasajeros pese a la cercanía de contacto en un espacio cerrado. La letalidad es alta, no obstante: casi la mitad muere. No es, insiste, el coronavirus de 2020, que era desconocido y se transmitía con mucha facilidad, de modo que la extensión fue veloz. Una pandemia en pocas semanas. No es esto. Pero el científico prefiere pasarse de sincero. Sus palabras sirven ahora, deja caer, quizá en una semana tenga que decir otra cosa. La sombra.
Pesa la experiencia de la covid. Pesa lo que pensamos al ver de lejos el cierre de aquella ciudad china, Wuhan: las vallas, las vestimentas blancas de astronautas y las colas para una PCR (esas siglas que se han evaporado). Pesa que al poco lo teníamos aquí. Pesa aquella noticia cuando un 3 de marzo se confirmó que un muerto en València el 13 de febrero de aquel 2020 había sido por covid. Lo veíamos lejos, en las noticias, con la seguridad de lo que pasa a otros y en sitios extraños. Una semana después, todo se desbocaba. La pandemia se llevó 10.500 vidas en la Comunitat Valenciana. Y casi 122.000 en España. El horror sin ataúdes, solo con cifras.

Un sanitario realiza pruebas PCR en coches en València. / JM LOPEZ
Es verdad. No hemos asimilado la importancia de aquel episodio. Nos inoculó la desconfianza. La seguridad del mundo desarrollado era una fachada de cartón. Nos hizo vulnerables. Mejor dicho: nos mostró que somos vulnerables. Nos enseñó que el mundo puede llenarse de mentiras y que la verdad cuesta. Desde entonces sabemos que la distopía puede ser real, no materia de ficción. La huella necesitará del peso de la Historia para apreciarse en toda su magnitud. Estoy convencido de que somos más frágiles.
La pandemia es en mi recuerdo una sonrisa de lejos mientras nos dejaba unos víveres en la puerta de casa. Una mirada en la distancia, un saludo y la sonrisa que acabaría yéndose. Un agujero en el estómago.
No hemos asimilado la importancia de la pandemia. Nos inoculó la desconfianza. Nos mostró que somos vulnerables
Después nos llegó la riada más salvaje jamás vista. De nuevo, las imágenes de la distopía. Los amasijos de coches amontonados. Las carreteras destruidas. Barro y más barro. Fango. La desconfianza, otra vez. El sistema (dicho así, de forma tan etérea e indolora) falló. Ni aviso ni protección. Lo básico que se pide a un sistema. Y la reacción fue morosa al arrancar. La población tiró del carro. Miles de voluntarios con palas, escobas y manos de barro. Las administraciones fueron a rebufo. La primera interpretación política de todo aquello es que, si el sistema en conjunto mostró sus carencias, el poder autonómico, en el que recaen el grueso de las competencias de atención a la ciudadanía, fue incompetente e ineficiente. El autogobierno no funcionó en el peor momento. Eso marca. O no. Las consecuencias políticas de algo que aún no es pasado están por ver. El primer examen de verdad será en 2027, casi tres años después de la tragedia. No ha habido elecciones desde la gran dana. Un presidente de la Generalitat ha caído por su incompetencia en el día más importante, pero el pueblo no se ha expresado en su totalidad, solo una parte en las calles. También se evaluará el poder del tiempo. Del olvido.
Luego vino el apagón, el fundido en negro durante casi todo un día de luz. Lo insospechado en un país desarrollado. La confianza, hecha un colador.
¿Se puede cambiar el mundo con un plátano y un polar? Se puede defender que la humanidad ha sobrevivido. Sin optimismos empalagosos. La capacidad de sufrir el dolor del otro no se ha apagado. Compasión. Padecer al lado de otro. Sin mirar su origen, su color. Sin prioridades. Sin decir no a un barco repleto de gente llena de miedo que necesita protección. Respirar es una característica animal. Ser consciente del sufrimiento del otro y actuar es el factor humano. Es el mínimo que se exige a un gobierno.
Ahora que la libertad es alquilar un Airbnb, desplazarse con un Uber y comer gracias a Glovo. Ahora que toda la libertad de consumir cabe en el dispositivo que no apartamos de nuestras manos. Ahora que la OMS y la ONU son menos de lo que eran. Ahora que estamos con otra vuelta extraña de la vida. Ahora, la humanidad continúa ahí. Con más miedo, seguro. Llena de desasosiego. Pero dispuesta a cambiar el mundo. Al menos, mientras quede un plátano y un polar.
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