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Opinión | Tribuna

València

Tenemos que hablar de antiintelectualismo

En ese tiempo, turbador y verosímil, se ha cumplido la advertencia de Isaac Asimov cuando denunció la existencia de un culto a la ignorancia alimentado por la falsa idea de que «mi ignorancia vale tanto como tu conocimiento»

Inauguración de la edición 61 de la Fira del Llibre de València

Inauguración de la edición 61 de la Fira del Llibre de València / Germán Caballero

En el reconocible mundo de Manía, la nueva novela de Lionel Shriver, autora de la exitosa Tenemos que hablar de Kevin, se ha instalado la llamada «paridad mental», una forma explícita de horizontalidad bajo la cual ya no hay listos ni tontos, ni suspensos y aprobados; no hay ideas más inteligentes que otras, sino «procesamientos de información alternativos» y maneras distintas de pensar.

La corriente antiintelectualista es tan poderosa que la protagonista ve peligrar su puesto de trabajo en la universidad simplemente por recomendar la lectura de El idiota, una de las obras maestras de Dostoievski, el genio universal. El problema es que en el paradigma de Manía, la misma frase que acaban de leer ya contiene tres herejías de enorme gravedad: la primera es que no hay «obras maestras», ni siquiera obras mejores y peores, y Emily Dickinson o William Shakespeare, Cervantes o Calderón de la Barca son tan «Six Seven» como Mario Vaquerizo o E. L. James, la autora de Cincuenta sombras de Grey. El segundo sacrilegio reside en el título del gran escritor ruso: palabras como tonto, lista o estúpida deben borrarse de la conversación para no caer en el «inteligentismo», una forma nueva de discriminación. El tercero es llamar genio a alguien, pues, dado que no existen escalas de calidad, el término denota una malsana y viejuna necesidad de jerarquizar.

En la distopía presentista de Shriver —literariamente recurrente y más bien discreta— no hay notas ni procesos de selección basados en la experiencia, la buena gestión, el conocimiento o la aptitud. Así, en el transcurso de una generación, el mundo entero se va al garete. Por supuesto, lo más inquietante de Manía es que su sátira afiladísima nace de la propia realidad. Políticos sin vocación pública, capacidad, ni trayectoria, periodistoides sin oficio ni formación que mercadean likes por bulos que confunden cantidad por calidad y a los que les suena un poco cursi, boomer o demodé aquello de 'contrastar la información'; estudiantes y jóvenes profesores para quienes 'jerarquizar fuentes' apunta una suerte de elitismo a superar; líderes mundiales que escogen asesores cuyas credenciales para gestionar sistemas de salud o seguridad nacional consisten, precisamente, en la total ausencia de credencial.

En ese tiempo, turbador y verosímil, se ha cumplido la advertencia que Isaac Asimov formuló a comienzos de los años ochenta, cuando denunció la existencia de un culto a la ignorancia alimentado por la falsa idea de que «mi ignorancia vale tanto como tu conocimiento». La frase sigue incomodándonos porque va más allá de la vieja hostilidad burlesca hacia el intelectual o el cultureta incluso más allá del resentimiento hacia los sabios o los expertos. Apunta a algo más profundo: la conversión de la ignorancia ostentosa en una suerte de derecho subjetivo, en identidad herida, en orgullo defensivo frente a cualquier forma de saber institucionalizado que guarde y proteja el conocimiento acumulado y, al mismo tiempo, nos empuje a querer saber más.

Lo contrario del mérito no es la justicia, sino el nepotismo, las influencias, las corruptelas o la mediocridad

Y si uno escarba un poco más en la historia del pensamiento político, descubre que esta pulsión igualadora fue observada muy pronto por Alexis de Tocqueville quien en La democracia en América y en su valiente reflexión sobre la Revolución francesa entendió que la democracia moderna traía consigo una promesa emancipadora formidable, pero también el riesgo de que el amor legítimo por la igualdad degenerase en una sospecha sistemática hacia toda excelencia.

Es cierto que, desde determinados sectores socioeconómicos de corte neoliberal, el mérito se usa como un argumento arrogante que olvida la influencia de la familia, el capital inicial, la educación recibida o los contactos proporcionados por una privilegiada red social, pero esa crítica necesaria no debería conducir a una impugnación del esfuerzo y el talento, ni de la meritocracia en su conjunto, porque lo contrario del mérito —entendido como garantía de la calidad de servicio— no es la justicia, sino el nepotismo, las influencias, las corruptelas o la mediocridad.

Quizás el problema empieza cuando, en lugar de universalizar la educación pública y mejorar seriamente la calidad laboral de nuestras vapuleadas profesoras y profesores ahora llamados a la huelga, se rebaja el valor de su profesión, o cuando, para no excluir a nadie, se decide que ya no hay nada que aprender y aún peor, que no queda nada que admirar.

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