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Opinión | Bolos

Director de Levante-EMV

El hantavirus y la política del sobresalto

Seis años después de la pandemia, la Comunitat Valenciana vuelve a medir sus instituciones ante una emergencia sanitaria

El hantavirus y la política del sobresalto.

El hantavirus y la política del sobresalto. / ChatGPT

Es un nombre parecido al coronavirus. Oído este jueves en el metro, en un corrillo de mujeres bien informadas. Quienes viajamos de vez en cuando en transporte público detectamos las preocupaciones sociales antes que un sociólogo de cabecera o un politólogo de argumentario. También el eterno colapso de la movilidad metropolitana, claro. Y sí, existe expectación ante la evolución del hantavirus, en buena medida por la huella que dejó la reciente pandemia del covid. Aunque parezca lejana, solo han pasado seis años desde aquella crisis sanitaria que derivó en una depresión económica y social.

Aquel confinamiento mostró todas nuestras flaquezas colectivas. Empezó con un impulso solidario —los aplausos desde los balcones a sanitarios y fuerzas de seguridad— y terminó convertido en una confrontación política que alimentó el populismo hasta arrinconar la centralidad que había sostenido el bipartidismo. Después apareció la complejidad del Estado autonómico y la abstracción constitucional se enfrentó a la realidad de una emergencia sanitaria con competencias territoriales repartidas. Todo ello, unido a la polarización creciente, abonó el escenario actual. Con el hantavirus se ha pasado casi directamente a la crispación pública, con epicentro madrileño y en plena campaña andaluza, donde el candidato a la reelección, Juanma Moreno Bonilla, está mostrando la mejor versión de la política española.

El covid también permitió comparar maneras de afrontar una emergencia. Los valencianos lo sabemos bien. La actuación del Consell de Ximo Puig durante la pandemia fue de notable alto y merecería estudiarse en las escuelas de administración pública. Aquella combinación de equilibrio institucional, sentido común y diálogo con los expertos sanitarios convirtió a la Comunitat Valenciana en un ejemplo de gobernanza y reforzó nuestro autogobierno, esa diligencia de las cosas próximas. Para los adversarios de las casualidades, cuatro años después llegó la dana y comprobamos lo contrario. No hace falta buscar enemigos exteriores.

El volumen impostado de la política tiene poco que ver con la realidad cotidiana. Nuestros entornos son plurales y diversos, con discrepancias, faltaría más, pero también con muchos más acuerdos diarios de los que admite el debate público. Cuando se produce un sobresalto imprevisto, el grado de implicación y solidaridad suele ser máximo. Por eso, más allá de las razones objetivas para discrepar, que existen, aumenta la distancia entre la prudencia ciudadana y la algarada parlamentaria.

Que un barco varado en Cabo Verde con contagiados de hantavirus provoque una crisis institucional entre el Gobierno canario y el central por el puerto de destino, para después embarcar en un avión rumbo a miles de kilómetros, y que además desate palabras gruesas entre dirigentes de ambos bloques, dice mucho de cómo estamos. En cambio, pese a las tentaciones iniciales de algún desubicado, el posible caso de contagio en Alicante ha activado una colaboración ejemplar entre el Consell y el Gobierno. El perfil ayuda, de nuevo, porque el conseller Marciano Gómez y la delegada Pilar Bernabé mantienen una indiscutible vocación pública. Me temo, eso sí, que durará hasta que se pongan en marcha las industrias del odio de cada bando.

Los más de 65.000 docentes del sistema público valenciano pueden dejar sin clase a unos 800.000 alumnos. Sus familias esperan que el Consell de Juanfran Pérez Llorca no sea como el de Mazón

Ximo Puig reaparece con Diana Morant

Nadie entendía en el socialismo valenciano por qué la lideresa Diana Morant no aprovechaba el buen cartel de Ximo Puig en sus apariciones públicas y en los habituales contactos privados. Son esas cosas extrañas de los partidos que nunca se terminan de comprender, sobre todo porque, después de lo ocurrido con el Consell de Mazón, el PSPV solo tenía que sacar a pasear a Puig. No sé si Morant ha hecho de la necesidad virtud o si empieza a notarse ya el papel mediador del incombustible Ciprià Ciscar. En cualquier caso, que la solvencia de la buena administración vuelva a estar cerca de la candidata será celebrado por sectores influyentes de la sociedad valenciana.

Ahora solo falta poner el cronómetro en marcha para saber cuánto tardaremos en ver una fotografía de Joan Baldoví, si finalmente es el candidato, con Mónica Oltra.

La peor huelga para el Consell

La consellera de Educación y Cultura, Carmen Ortí, no era la primera opción de Juanfran Pérez Llorca para esa cartera. A quien rechazó el ofrecimiento nunca le habrían montado una huelga indefinida los docentes. El president no quiere destituirla, o no puede, o ambas cosas. Sin embargo, su relevo desactivaría el conflicto a la primera. Porque, más allá de la negociación de la tabla reivindicativa del sector, hay algo que ha quedado tocado de forma irreversible, la confianza de un servicio público esencial.

Llorca tiene una salida a la andaluza, la misma que le funcionó a Moreno Bonilla en la crisis de los cribados del cáncer de mama, cuando aceptó la dimisión de la consejera de Salud y Consumo, Rocío Hernández Soto, tras detectarse errores en la comunicación de resultados y retrasos en pruebas complementarias que afectaron a más de 2.000 mujeres. Los docentes del sistema público valenciano son más de 65.000 y el paro puede dejar sin clase a unos 800.000 alumnos. Sus familias esperan que el Consell de Llorca no sea como el de Mazón. La primera opción siempre es la buena.

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