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Opinión | Entre bastidores

València

¿Merece el Valencia CF bajar a Segunda?

O se cambia la gestión o, visto lo ocurrido en las últimas temporadas, el club está condenado a deambular por la liga hasta que, más pronto que tarde, llegue el fatal desenlace

Decepción tras el partido disputado en Mestalla entre el Valencia CF y el Atlético de Madrid

Decepción tras el partido disputado en Mestalla entre el Valencia CF y el Atlético de Madrid / Eduardo Ripoll

El fútbol tiene una verdad incómoda que rara vez admite discusión: la clasificación nunca miente. La Liga premia la regularidad y castiga los errores sostenidos en el tiempo. Por eso, a falta de cuatro jornadas para el final, la pregunta resulta tan dolorosa como inevitable: ¿merece el Valencia CF bajar a Segunda División?

La respuesta emocional es inmediata: no. El Valencia CF no merece descender por historia, por masa social, por tradición y por lo que representa. Pocos clubes pueden presumir de una afición tan fiel incluso en medio de la frustración, el desencanto y el abandono institucional. El propietario legal podrá ser Peter Lim, pero el moral es la afición.

Sin embargo, el fútbol no entiende de sentimentalismos. Y desde esa perspectiva fría y competitiva, el Valencia CF lleva años caminando peligrosamente hacia el abismo. La deriva deportiva comenzó el día en que Amadeo Salvo y Aurelio Martínez vendieron el club a Peter Lim bajo la promesa de un ambicioso proyecto. Lo que llegó después fue lo contrario: desmantelamiento deportivo, pérdida de identidad, decisiones erráticas y una total desconexión entre propiedad y realidad.

Pero a día de hoy, el problema es deportivo. El equipo transmite una sensación alarmante de resignación. Los futbolistas parecen no saber qué camiseta visten. Ha desaparecido la intensidad, el orgullo y la actitud que un profesional debe mostrar al pisar el césped. Y cuando un equipo deja de competir con alma, el descenso pasa de ser una amenaza a convertirse en una posibilidad.

Resulta difícil entender la continuidad de Carlos Corberán. Desde hace semanas, su destitución era necesaria para intentar cambiar la dinámica y reactivar a una plantilla bloqueada. Pero el empecinamiento del CEO Ron Gourlay ha terminado por agravar la situación. A veces, los dirigentes confunden paciencia con inmovilismo, y este equipo está pagando las consecuencias de no actuar a tiempo.

Entre entrenador y plantilla parece no existir química. Y entre los propios futbolistas se percibe una desconexión preocupante. No hace falta llegar a extremos como lo que se ha vivido en el Real Madrid CF entre Valverde y Tchouaméni para detectar que algo no funciona dentro del vestuario valencianista.

El Valencia CF no merece bajar por lo que representa. Pero si el equipo desciende, será imposible decir que no se advirtió durante años. El descenso nunca ocurre de repente. Se construye lentamente, decisión tras decisión, error tras error, temporada tras temporada. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo .

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