Opinión

Presidente de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos
La Europa de las ciudades

Archivo - El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump / Europa Press / Aaron Schwartz - Pool via CN
Después de seguir con interés durante largas semanas las propuestas del presidente de los Estados Unidos, la inflación de sus propias contradicciones no nos hace volver el rostro hacia las pantallas de las noticias, sino hacia el precio del surtidor de gasolina. Desgraciadamente, el número de los fallecidos y la tragedia ajena, también nos han desbordado, y la unanimidad –más o menos explícita- aflora frente a las barbaridades excesivas de los muertos. No obstante, para poder sobrevivir críticamente entre tanta brutalidad irreversible y absurda, la lamentable apariencia de la transformación de la tragedia en espectáculo, se ha convertido en un salvoconducto individual para superar un sufrimiento que, de otro modo, resultaría insoportable, y echamos mano a las evocaciones del propio cine bélico dando paso al subterfugio de que la realidad se nos parezca a él y ahora nos asemeje más a una escena de Francis Ford Coppola que al dolor infinito de Kim Phùc, aquella niña desnuda bajo el napalm de Vietnam de los años setenta, cuya imagen era capaz de conmovernos las entrañas porque parecía la de un ángel violado por primera vez en su inocencia, que se proyectaba en nuestro ánimo ayuno de tanta tragedia inmediata, hasta aquel momento.
Hemos de reconocer, en medio de ese sarpullido de informaciones fragmentadas, que nuestra vieja Europa está tomando una actitud prudente, derivada no solo de su incapacidad económica y militar para intervenir, sino también de una experiencia acumulada en sucesivas tragedias en las que el cine no estaba presente ante el dolor infinito de sufrir en sus carnes la propia realidad. Cuando observamos al Secretario General de la OTAN hacer el ridículo aparente, afirmando su apoyo a posiciones casi imposibles de asumir desde la razón y la realidad, debemos de darle la indulgencia de que está ejerciendo el engaño de la vieja sabiduría caballeresca: aquella que complace mientras alarga la espera. Habitamos un viejo continente, sabio, que se ha sabido unir después de conocerse tanto, tras siglos de enfrentamientos violentos, fragmentados. Ahora resulta, que hemos compartido una cultura que creíamos -no hace mucho-, que no solo estaba segmentada, sino que era nuestra histórica enemiga interna, eso sí, tras habernos dado cuenta de que era a causa del fanatismo de las religiones y del poder del absolutismo –incluido el ilustrado-, triste herencia que subyacía en el imaginario colectivo y que condujo a las funestas dictaduras de nuestro reciente pasado.
La facilidad de las comunicaciones, la conciencia de una fragilidad velada y la necesidad de acumular todo tipo de recursos que tiendan a asegurar su propia supervivencia, están logrando que esa vieja Europa, aparentemente denostada por los amantes del espectáculo a la intemperie, se fortalezca y se rearme, pero no solo con los imprescindibles recursos militares, sino sobre una fuerte conciencia acerca de sí misma. Por eso Orbán ha sido desplazado y les queda escaso brillo a los nacionalismos nacionales, que no tienen previsto desaparecer, pero que dentro de muy poco virarán sobre sí mismos para no ir perdiendo lo que hasta hace cuatro días era alcanzar -a través de esos conceptos antiguos- la expectativa del poder.
Tal vez, después de la durísima reconstrucción posbélica, Europa procuró una sociedad del bienestar asumiendo al mismo tiempo una dramática frase probablemente unamuniana: “que inventen ellos”, adormeciendo durante varias décadas la posibilidad de liderar iniciativas universales de progreso. No obstante, al observar también la inestabilidad ajena, aflora la necesidad -y con ella la ilusión y la esperanza- de recuperar su tiempo. En ese ámbito, comienza a detectarse el retorno de cerebros, la recuperación urgente de tecnologías productivas, la necesidad de reservas energéticas y, muy especialmente, la necesidad de decisiones colectivas.
Queramos o no, superada la aislada capacidad de las naciones, nos hallamos de nuevo ante la Europa de las ciudades, como ocurrió del siglo XV, cuando construyeron su grandeza creciendo sobre sí mismas, mientras se estremecían hasta el tuétano al enterarse de la caída de Constantinopla los últimos días de mayo de 1453, un suceso que hacía entrever la posible llegada a cualquier parte de aquel peligro otomano, como hoy en día intuimos el terror que nos proporcionarían cohetes cargados con artefactos de una potencia increíble.
Nuestras urbes conforman ahora núcleos con gran poder de decisión sobre espaciosos territorios y buscan con denuedo fuertes acaparamientos económicos, entretanto están dotadas de entornos industriales que desarrollan importantes valores añadidos, comenzando a darse cuenta de que necesitan el acopio de formidables reservas de energía, mientras se crecen junto a universidades productivas con enorme capacidad innovadora y acumulan los centros de la cultura. En unos momentos en los que la transferencia del conocimiento puede gozar de una inusitada rapidez, una ágil capacidad de adaptación –uniendo las costuras entre ellas- puede permitir que la vieja Europa, hasta bien poco parcialmente rezagada -recupere, eso sí, discretamente-, su propia iniciativa, entretanto hemos podido entrever que las grandes potencias económicas tienen en su seno más contradicciones y una fragilidad mayor que las que el mercado y sus reiteradas apariencias nos hacían suponer, ante lo que diariamente subsiste una pregunta: ¿qué nos queda hoy por hacer?
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