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Opinión | Algo personal

València

Galería de verdugos

Este país lleno de tanto olvido. Sólo los nombres de los vencedores. Los otros nombres no existieron. La dictadura los borró de la historia, de las fachadas de las iglesias, los escondió en el silencio y el miedo de las casas de la derrota. Después se murió el dictador y la Transición siguió con la goma de borrar a toda mecha

El verdugo Óscar Boán y, a la derecha, Peset Aleixandre.

El verdugo Óscar Boán y, a la derecha, Peset Aleixandre. / Levante-EMV

Miro el retrato del verdugo. Leo el texto que sobre ese retrato ha escrito Isabel Olmos en este diario. A la cabeza, el nombre: Óscar Boán Callejas. Y su oficio: condenar a muerte, después de la guerra, a quienes habían defendido la República. La larga lista de víctimas que mandó al paredón. Este país lleno de tanto olvido. Sólo los nombres de los vencedores. Los otros nombres no existieron. La dictadura los borró de la historia, de las fachadas de las iglesias, los escondió en el silencio y el miedo de las casas de la derrota. Después se murió el dictador y la Transición siguió con la goma de borrar a toda mecha. Franco prohibió la memoria republicana. Cuando Felipe González y Alfonso Guerra gobiernan de 1982 a 1996 con el PSOE deciden -según sus propias palabras- que era mejor no recordar. ¿Mejor para quién?, me pregunto. Y me contesto yo mismo: mejor para los fascistas que ganaron la guerra y que la democracia absolvió con una Ley de Amnistía que metió en el mismo saco a los torturadores y a sus víctimas.

El retrato del verdugo que sale en Levante-EMV es uno más de los que llenaron este país de muertos y desaparecidos. Es cierto que condenó a muerte al rector de la Universitat de València, el doctor Peset Aleixandre, pero hubo muchos más falsos jueces que firmaron sentencias de muerte sin que los acusados pudieran defenderse. Eran juicios ilegales. Como todos los que tuvieron lugar hasta el 27 de septiembre de 1975, con los cinco jóvenes asesinados en el último crimen franquista condenado en todo el mundo y celebrado, como desagravio patriótico, en las plazas de un régimen dictatorial que había apostado por llenar de sangre su victoria. Porque lo que llegó en 1939 no fue la paz: fue la victoria, como dice un personaje de 'Las bicicletas son para el verano', la película dirigida por Jaime Chávarri en 1984. Esa victoria es la que nunca han olvidado las derechas. Herederas de los vencedores, siguen esas derechas en pie de guerra, proclaman a los cuatro vientos que la dictadura franquista fue lo mejor que le ha pasado a este país y que la democracia es una mierda. Por eso celebran con alegría los asesinatos de quienes defendieron la legitimidad republicana hasta la muerte. Y digo asesinatos porque aquellos juicios que llevaron a los paredones a tanta gente fueron una farsa. Sin posibilidad de defensa, sin garantías de un final ajustado a las normas más estrictas de la Justicia, no hay fusilamiento sino asesinato. El lenguaje es importante. Y tanto que lo es. El rector Peset y tantas otras víctimas de la dictadura no fueron fusilados: fueron asesinados.

Homenaje a los represaliados por el franquismo en Massamagrell

Homenaje a los represaliados por el franquismo en Massamagrell / Levante-EMV

He leído cientos de cartas de hombres y mujeres que se despedían de sus familias un rato antes de ser abatidos en las tapias de los cementerios, en cualquier sitio que los falangistas decidieran para acabar con quienes no pensaban como ellos. Era la consigna desde el mismo instante del golpe de Estado. Exterminar a quienes no pensaban como ellos. Lo dijo Mola en Navarra. Exterminar fue la palabra. Y la aplicaron con entusiasmo sus gloriosos camaradas. En esas cartas siempre hay una coletilla final: que mueren por haber defendido la libertad y que las familias no caigan en el odio. Han pasado muchos años desde entonces y ahora los descendientes de la victoria recuperan la palabra con el mismo entusiasmo que sus antepasados. El odio a quienes no pensamos como ellos. Las amenazas. Destrozar la más mínima posibilidad de convivencia en un país que nunca acaba de salir de la zona más oscura de la historia.

Pero aquí seguimos. Sin escondernos de esas amenazas. Levantarnos cada día entre «la verde esperanza y el torvo miedo», como escribió Antonio Machado en varias ocasiones. Levantarnos cada día sin escurrir el bulto por mucho que el fascismo de ahora quiera que nos acobarden sus siempre impunes bravuconerías. Ese nuevo fascismo -o no tan nuevo- se siente protegido por la mayoría de los jueces, por muy buena parte de la policía, incluso por esa ley mordaza que no sé por qué el gobierno sigue manteniendo en el mapa innoble de una insoportable vergüenza democrática. Una ley mordaza que siempre amordaza a los mismos. Nunca a los otros.

El retrato del verdugo que condenó a muerte a Peset Aleixandre no es un retrato aislado: es como la espectral galería de verdugos que convirtieron un tiempo larguísimo de este país en un obsceno culto a la devastación. Y aquí los tenemos. Aquí tenemos a esos del PP y Vox alabando una dictadura que fue de las más largas y crueles de la infamia contemporánea. Y además fea. Porque lo fue, porque fue más fea que Picio y ahí sigue, con la negrura de una noche llena de fantasmas, con sus ceremonias coloreadas de azul mientras suenan himnos más viejos que la tos, con los antiguos retratos de sus antecesores paseados llenos de polillas bajo el palio del odio.

Trinidad Garrigues, asesinada por los golpistas en 1939 en Paterna.

Trinidad Garrigues, asesinada por los golpistas en 1939 en Paterna. / Levante-EMV

Escribir del pasado no reabre heridas, como afirman algunas voces interesadas en el silencio. Al revés: ayuda a cerrarlas. La memoria nos hace falta y nos sobran -por el contrario- toneladas de olvido en las espaldas. "Te he querido demasiado tiempo, para dejarlo ahora", cantaba Otis Redding cuando éramos jóvenes. Pues eso digo yo: llevo casi cuarenta años hablando y escribiendo sobre la memoria de la dignidad republicana y no voy a guardar silencio ahora, sólo porque los que idolatran el retrato de los verdugos quieren que sigamos calladitos. Y si es posible, cagaditos de miedo. Pues miren ustedes: va a ser que no, ¿vale? Va a ser que no.

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