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Opinión | El día del señor

València

Oriola

Huerta de Orihuela y Cerro de San Miguel.

Huerta de Orihuela y Cerro de San Miguel. / Foto Estepa.

Llegamos a Oriola a la hora prevista, algo que se valora mucho cuando se acerca el verano y el alud de la hostelería parece aplastar a los saciados del Evangelio y a veces es difícil descifrar por qué seremos tantos, tan tontos y tan ruidosos, cómo es posible que se disculpe el aquelarre de la aceras y que una dana de sillas plegables se precipite desde el bordillo de las aceras a las enaguas de nuestra Cheperudeta.

Entre iglesias, edificios civiles y diocesanos, torres y cúpulas de los más variados estilos y toda una calle construida mediante resortes del gótico, más el orgullo del Casino, que ya era una muestra de la sociedad de clases, no podía comprender como aceptamos la sobrecarga del mesón, la furia y los aullidos humanos (por falta de lobos y ausencia de luna llena), de manera que si llamas a un airbnb no será el lechero sino alguien que quiere verter las papas en la cerámica idónea del señor Roca. Cuenta Emmanuel Carrère que la total transformación impulsada por el bolchevismo vació los palacios de la burguesía y por las noches algún lobo se paseaba tranquilo y con deseos de ser acariciado o de celebrar su banquete.

Entonces y por sentido práctico recordé que en el Casino ya comimos una vez. De hecho, teníamos el Segura a nuestras espaldas y fajados por el agua, encontramos los aparcamientos Entre Puentes que hablan por sí mismos .

Lo pasamos muy bien en una tienda de sombreros, gorras, pamelas y otros artificios con los que se pueden conseguir diez centímetros más de estatura: El Gavilán. Sucesores de José Rufete. Casa fundada en 1880. Es la calle Mayor si no me equivoco que también alberga un museo diocesano.

El viejo restaurante que conocimos, no sólo se mantiene, sino que ensancha sus pretensiones de auténtica cocina de creación. Donde más lo noté fue en unas breves tostas dulces y una flor de alcachofa. El atún del sashimi estaba construido con tajadas magníficas, el sataki no se había cocido: sólo un poco de fuego de soplete. Cuando ya no era posible hallar más delicias reclamé una botella de garnacha del Campo de Borja que se llama Morca, un nombre que hace referencia a las tareas en la almazara. Un gran día.

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