Opinión
Maldad o estupidez

Gente esperando en semáforos en València. / Miguel Ángel Montesinos
Desde siempre, tuve, no una obsesión, pero si cierta desazón latente por diseccionar la relación entre maldad y estupidez, así como las consecuencias derivadas de actuar como un malvado o como un estúpido.
Según la RAE, la maldad supone una acción mala o injusta, que conlleva crueldad, inmoralidad, iniquidad o vileza. La estupidez es definida como torpeza en comprender los razonamientos, que conlleva idiotez, sandez o simpleza.
Aclarados los términos, he de puntualizar que intentar juzgar la maldad o la estupidez en otros, implica ser un observador externo, cuya maldad o estupidez también debería estar sometida a escrutinio. O sea, hay que moverse con pies de plomo, no vaya a ser que, pasarse de listo, provoque meterse en un terreno del que, reconozco, no soy nada experto.
En estos tiempos, dicha desazón aumenta al ver el lamentable y exagerado avance mundial de partidos claramente fascistas aupados democráticamente, pareciendo que se repiten dramáticos hechos históricos, como fue el ascenso y expansión del nazismo en Alemania, facilitado, precisamente, no por la maldad, sino por la estupidez de las masas.
Al tratar maldad y estupidez, es imposible no referirse a un principio y a una persona. El principio, es la Navaja de Hanlon, y la persona es el teólogo alemán Bonhoeffer.
La Navaja de Hanlon, ya apuntada por los filósofos Diderot y Goethe en el siglo XVIII, viene a decir que no se debe atribuir a la maldad, aquello que puede ser explicado por la estupidez o la ignorancia.
Nuestro propio entorno cotidiano, nos proporciona abundantes ejemplos. Situaciones a las que estamos poco acostumbrados (enfermedad grave, muerte inesperada, despido del trabajo, …), pueden provocar que reaccionemos de forma inadecuada, sin pizca de maldad, pero pudiendo inducir en el otro interlocutor la idea que tenemos poco tacto o que queremos provocarle un daño.
Situaciones como la descrita, se dan en todos los campos (política, trabajo, comunicación social, …). Podemos pensar que ciertas actuaciones son producto de la maldad o podemos pensar que responden a otro criterio (falta de información, orgullo, intereses, obediencia debida, …). Según por lo que nos decantemos, los problemas se agravaran con el consiguiente malestar o simplemente lograremos resolverlos sin malentendidos.
Dietrich Bonhoeffer, nacido en 1906, fue un pastor luterano, teólogo y activista contra los nazis (arrestado en 1943, encerrado en los campos de concentración de Buchenwald y Flossenbür, y ejecutado en 1945). Desarrolló una perspectiva diferente sobre la estupidez humana en sus cartas y escritos desde la prisión.
Su filosofía puede resumirse diciendo que “para el bien, la estupidez es un enemigo más peligroso que la maldad”.
Intentó desgranar cómo podía haber sucedido que el pueblo alemán, gente común y corriente, personas de bien, de un momento para otro, se convirtiesen en criminales dispuestos a cometer todo tipo de atrocidades o en el mejor de los casos, miraran hacia otro lado.
Llegó a la conclusión, que las personas no eran malas, sino estúpidas, entendiendo la estupidez como falta de criterio, de pensamiento crítico, nula visión de la realidad o seguimiento de órdenes a ciegas. En consecuencia, las personas estúpidas se vuelven herramientas, títeres ejecutores de las ideas de alguien más. Ante la fuerza de Hitler, las personas lo siguieron por estupidez, y no por maldad, lo cual favoreció su aceptación social sin cuestionarlo.
¿Por qué para Bonhoeffer la estupidez es peor que la maldad?
Contra el mal se puede protestar, se le puede desenmascarar, incluso el uso de la fuerza lo puede detener. En cambio, ante la estupidez, no tenemos ninguna defensa. Ni las protestas ni el uso de la fuerza logran nada; las razones tampoco sirven, pues con las personas estúpidas no se puede razonar ni predecir sus movimientos, basados en información insuficiente y ausencia de evaluación de consecuencias.
Y yo añadiría que la estupidez es un medio ideal para que prospere la maldad, pues los malvados se apoyan en los estúpidos, dada la facilidad de éstos para dejarse llevar. Lo vimos con el nazismo, pero ejemplos actuales, cercanos y cotidianos, de arrebatos de estupidez colectiva no faltan, como nos demuestra el ascenso de partidos fascistas, el aumento del racismo, las reacciones en el futbol o las opiniones vertidas en redes sociales.
Otro factor a tener en cuenta, es que la estupidez no inhabilita la posibilidad de obtener poder (cargos públicos, dirigir empresas, presidir fundaciones, …), precisamente porque la naturaleza del poder, su mantenimiento y su ejecución, exige que las personas renuncien al pensamiento inteligente, o sea, a la reflexión, al pensamiento crítico y la independencia.
Por último, frente a la maldad, que suele tener unas consecuencias limitadas, actores concretos y es fácil de rastrear, la estupidez se difumina en la sociedad pues no entiende de títulos nobiliarios, de cuentas bancarias ni doctorados, provocando cambios globales, y siendo, por tanto, más difícil de erradicar.
Si con paciencia, curiosidad y algo de extrañeza, el lector ha llegado hasta este punto, quizás se pregunte a cuento de que viene toda esta disertación sobre maldad y estupidez.
Viene a cuento porque casi tres siglos después de la Navaja de Hanlon y casi un siglo después de los escritos de Bonhoeffer, la conclusión a la que se puede llegar, es que ambas reflexiones siguen completamente vigentes, para desgracia y tristeza de una humanidad capaz de situar a personas en la Luna o descubrir los secretos del átomo, pero que social, intelectual y humanamente, camina hacia atrás a pasos agigantados.
En este sentido, dado que los científicos se fijan en los elementos más abundantes de la naturaleza para determinar el rumbo del universo, saber que la estupidez abunda más que el hidrógeno, deja entrever un futuro no muy halagüeño.
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