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Opinión

València

¿Es este el principio del fin de Donald Trump?

Donald Trump

Donald Trump / Europa Press

Ha pesar de la importancia que reviste la respuesta “Urbi et Orbe”, hay que darla desde la situación política en los Estados Unidos. Además, es la pregunta que ha acompañado a Donald Trump en su carrera como una letanía fallida, repetida tantas veces que acabó perdiendo valor predictivo. Siempre encontraba la forma de sobrevivir, de girar el relato, de convertir el desgaste en combustible. Pero hay momentos en los que incluso los liderazgos más resistentes dejan de avanzar y empiezan, casi sin darse cuenta, a retroceder. Este puede ser uno de ellos.

No porque Trump haya cambiado —su repertorio sigue intacto—, sino porque ahora la realidad se ha vuelto menos maleable. La inflación no se combate con eslóganes, las guerras no se ganan por decreto y los mercados no responden a golpes de retórica. Cuando los hechos se acumulan en la dirección equivocada, el relato deja de ser suficiente. Irán es hoy el nudo de esa contradicción. Trump quiso una operación rápida, eficaz y políticamente rentable. Prometió fuerza y obtuvo desgaste; prometió control y ha generado incertidumbre. Ahora se mueve en un triángulo sin salida: escalar implica riesgos mayores, mantenerse alarga la erosión y retirarse supondría reconocer el error. Es el tipo de dilema que no admite soluciones brillantes, solo daños controlados. Y Trump nunca ha sido un político de daños controlados.

Sin embargo, el verdadero desgaste no llega desde el frente, sino desde el bolsillo. Trump construyó su regreso al poder sobre una promesa económica muy concreta: frenar la inflación y devolver estabilidad. Era su principal argumento, el punto de encuentro entre su base más ideológica y el votante pragmático. Hoy ese argumento se deshace. Los efectos combinados de su política comercial y del conflicto en Oriente Medio han elevado el coste de la vida, y con él, la impaciencia del electorado. Las encuestas reflejan ese cambio con claridad incómoda. Un 39 % de aprobación a estas alturas del mandato no es solo un dato bajo; es un síntoma. Otros presidentes atravesaron cifras similares y pagaron el precio en las elecciones de medio mandato; para Trump en seis meses, el próximo mes de noviembre.

El horizonte para los republicanos es, en consecuencia, complicado. La Cámara de Representantes parece fuera de alcance y el Senado puede que deje de ser una garantía. Si ese escenario se confirma en noviembre, Trump se enfrentará a una segunda mitad de mandato dominada por el bloqueo, la fiscalización constante y la imposibilidad de avanzar su agenda. No sería una anomalía en la política estadounidense, pero sí un terreno especialmente incómodo para un presidente poco dado a la negociación y mucho a la confrontación.

Más significativo aún es el deterioro en los ámbitos donde Trump se sentía más fuerte. La economía, que fue su gran carta de presentación, se ha convertido en su principal vulnerabilidad. La inflación, lejos de corregirse, pesa sobre su credibilidad. Incluso la inmigración, su tradicional refugio retórico, empieza a ofrecer rendimientos decrecientes. Y hay un dato que resume el momento: cada vez más estadounidenses creen que los demócratas gestionarían mejor la economía. Un ejemplo es Nueva York. En términos políticos, eso es más que un desgaste; es un cambio de clima.

En el plano internacional, el contexto tampoco acompaña. Algunos de sus aliados naturales atraviesan dificultades o toman distancia, y determinadas salidas de tono —como sus ataques al Papa León XIV— han generado fricciones innecesarias con sectores que antes le eran favorables. El trumpismo exterior, que aspiraba a consolidarse como corriente, empieza a parecer más una suma de afinidades inestables que un bloque coherente. Ejemplo, el declive de expectativas del Eurogrupo “Patriots”. Pero quizá el indicio más relevante esté en su propio entorno. El movimiento MAGA ya no proyecta la misma disciplina. Surgen críticas, matices, incluso desmarques abiertos. No se trata de una ruptura, pero sí de un desgaste perceptible. Y en política, cuando el círculo más próximo empieza a introducir dudas, el problema rara vez es pasajero.

A ello se suma la inestabilidad en su equipo de gobierno. Ceses, dimisiones y polémicas se suceden con una frecuencia que erosiona la sensación de control. Su administración transmite más improvisación que dirección, más reacción que estrategia. Y en ese clima, la búsqueda de responsables individuales tiende a ocultar problemas que son, en realidad, de enfoque. Las figuras llamadas a sostener su proyecto tampoco terminan de consolidarse. JD Vance pierde perfil en su intento de no desentonar; otros nombres acumulan desgaste. Solo Marco Rubio parece ganar cierta proyección, como si parte del sistema empezara a mirar más allá del presente inmediato.

Con las elecciones de noviembre en el horizonte, las opciones de revertir la tendencia son limitadas. Incluso un avance en política exterior difícilmente compensaría el impacto económico acumulado. El verdadero interrogante no es tanto si puede perder apoyo, sino cómo gestiona ese desgaste. Su trayectoria sugiere que no optará por la moderación. Más bien al contrario: tenderá a intensificar su estrategia de confrontación, a buscar nuevos frentes, a elevar el tono. En ese contexto, la cuestión electoral adquiere una dimensión mayor. Trump lleva tiempo cuestionando el sistema y sembrando dudas sobre su integridad. Si el resultado no le es favorable, es previsible que esas dudas se transformen de nuevo en impugnación. Y ahí el problema deja de ser partidista para convertirse en institucional.

Existe, sin embargo, otro escenario posible. Uno menos abrupto, pero quizá más verosímil: una derrota republicana clara, unas instituciones que contienen la presión y una presidencia que entra en una fase de desgaste progresivo, marcada por el bloqueo y la pérdida de impulso. No sería un final espectacular, sino una lenta erosión. En ese caso, Trump seguiría siendo una figura influyente, capaz de condicionar el debate -interior e internacional- y generar tensión en política internacional. Pero habría perdido algo más difícil de recuperar que una elección: la sensación de inevitabilidad. Y en política, cuando un líder deja de parecer inevitable, empieza —aunque no lo admita— a ser reemplazable.

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