Opinión
Virtudes y el tiempo

Dos personas mayores caminando. / FREEPIK
Virtudes rumia algo mientras el ensordecedor canturreo del tráfico le impide pensar con claridad. Pausada, camina lenta mientras su mente intenta solucionar todos esos problemas que la acechan. Cruza el paso de cebra, sube la acera y se enfila hacia la casa de su amiga. Llama al timbre, como antes. No la conozco e incluso no sé si se llama Virtudes, pero es una persona mayor y presupongo un nombre en ella que asocio a las mayores.
Hay casi 8.000 Virtudes en España, aunque el número crece poco en los últimos años. Los más repetidos son Antonio, María y Manuel. Quedan pocas Ciriacas, Orencias, Floreal, Abundio, Eutiquio o Crescente. Todos los que poseen esos nombres son mayores, en algunos caso muy mayores. En unos años habrán muerto y con ellos desaparecerán sus nombres, sustituidos en las calles por Olivia, Leo, Emma o Valeria.
Con los nombres llega la herencia, asumimos una forma de proceder, una forma de habitar al mundo. El horror grasiento que se adhiere a las paredes de la casa familiar; los traumas acallados; la huella espectral y persistente de una voz autoritaria; la dulzura maternal. Cuando se pierden esos nombres tanto se desvanece. Quizá también algo nuevo emerge cuando alguien recibe un nombre nuevo, sin tradición y arraigo, sin el potencial frustrado de personas con el mismo nombre que las precedieron. Son una visión única del mundo. Las palabras (y más los nombres de personas) trasladan el sentido del tiempo. La RAE ha retirado más de 2.700 vocablos que reflejaron una época pasada: demoñejo, palacra o fardialedra. Algunos ejemplo del imaginario que desaparece. Entran otros como milenial, loguearse, streaming o crudivorismo. Sendas nuevas que se peregrinan al hablar.
Los nombres reducen la realidad, la simplifican y por eso parece funcionar una identidad asociada ¿Se parecen las María? ¿Las Bárbara? ¿Los Pau? ¿Los Marc? Un ejemplo: Sara. Personalidad llena de optimismo, entusiasmo y no exenta de cambios bruscos. Menuda chorrada. Es cierto que a veces un proceso simple produce capacidades complejas. Somos asociación, sinergia y herencia. Somos, después, el rol que representamos y que a veces nos viene dado. La identidad es una mirada ajena que defendemos a muerte. Ese chulito que se juega la vida a diario a velocidades temerarias con el coche. La etimología de nuestra sociedad. El origen que creemos fundacional.
Nada más sano que cambiarnos el nombre.
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