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Opinión

València

Caracoles sin concha

Es notable que el modelo de las colmenas de viviendas persista incluso cuando las condiciones económicas son diferentes. En España la gente sigue (seguimos) prefiriendo un piso en el centro a una casita en las afueras

Arcadi España se dirige a la prensa antes de empezar la marcha junto a Diana Morant y Pilar Bernabé.

Arcadi España se dirige a la prensa antes de empezar la marcha junto a Diana Morant y Pilar Bernabé. / Fernando Bustamante

El pasado 1 de mayo hubo en toda España movilizaciones convocadas por los sindicatos para festejar el Día Internacional de los Trabajadores. También las hubo, naturalmente, en casi todo el mundo, pues como es sabido se conmemora la matanza de Haymarket Square (4 de mayo de 1886), cuando los trabajadores, que llevaban desde el primero de mayo manifestándose para reclamar una jornada laboral de ocho horas, fueron masacrados sin piedad en dicha plaza de Chicago y sus cabecillas, ejecutados. Tres años más tarde la Segunda Internacional instituyó una festividad que acabó conmemorándose en todo el mundo salvo en algún que otro sitio anclado en mirarse el ombligo. Por ejemplo, en los Estados Unidos, donde lo que se celebra el primer lunes de septiembre es el llamado Labor Day, un desfile organizado por la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo [sic]. Desde mediados del siglo XIX este peculiar sindicato americano se había distinguido por su rechazo al racismo y por facilitar la integración de los inmigrantes, pero últimamente ha virado hacia el trumpismo. En vísperas de la toma de posesión de Trump, el líder sindical Shawn Fain, se declaró partidario de colaborar con el presidente electo manifestando su absoluto acuerdo con su política arancelaria. Se ve que el capitalismo yanqui se las pinta solas para crear anticuerpos contra los virus del socialismo.

A lo que íbamos. Este año, en España, el lema principal de la manifestación no se centró en ninguna reivindicación laboral, sino curiosamente en el acceso a la vivienda. Los sindicatos UGT y CC OO reclamaron la construcción de dos millones de viviendas y pidieron topar el alquiler por dos años y frenar la especulación. Sus peticiones no están exentas de contradicciones –no se puede castigar al colectivo de arrendadores legales mientras se permite la okupación ilegal y se condena solo de boquilla la especulación-, pero lo que me interesa aquí es que en la manifestación del primero de mayo se haya criticado sobre todo la carestía de viviendas. Parece un Nodo, de cuando el dictador o alguno de sus acólitos inauguraba “viviendas de protección oficial”. Estamos igual que entonces solo que los depauperados se llaman ahora “homeless”, que queda más elegante. La vivienda propia es el símbolo más evidente de la privacidad, aunque aquí la gente suele pasar más horas tardeando en la terraza de cualquier bar que sentada en el sofá de su cuarto de estar con la familia. ¿En qué quedamos?

Siempre me ha dado un no sé qué comerme los caracoles repartidos entre el arroz de una paella. Ya saben: hay que sacarlos con un palillo porque no te vas a poner a masticarlos con concha y todo. Es como si, aparte de zampártelos, igual que al pollo y al conejo, los sometieras a una última humillación despojándolos de su vivienda. Claro que los humanos no somos caracoles y tenemos derechos reconocidos por el artículo 47 de la Constitución: “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho…”. Ahí queda eso, aunque un pariente, de cuyo nombre no quiero acordarme, me hace notar que dicho artículo se refiere a los españoles y no a los extranjeros. Gracias por la advertencia, no había caído: la cosa va de “prioridad nacional”, si bien unos entienden por tal la nacionalidad española y otros el arraigo en España.

Ya que hablamos de temas espinosos permítanme recordarles que la vivienda familiar es un rasgo cultural propio de las sociedades modernas, no de cualquier tiempo o lugar. Tanto es así que la 'casa' en las sociedades que practicaban el pastoreo nómada se reducía a una simple tienda de campaña y, en las de los agricultores sedentarios, significaba desde una humilde choza hasta una gran explotación con todas sus dependencias, incluidos los esclavos y los animales. El resultado es una cierta indefinición de los límites habitacionales. En realidad, el equivalente al piso moderno en el que habita una familia surgió en Roma cuando, ante el crecimiento exponencial de la población, la domus burguesa tuvo que reconvertirse en edificios de cuatro o cinco alturas, las llamadas insulae, con varios habitáculos en cada planta donde residía una familia en condiciones generalmente precarias e insalubres. Aun así, todavía durante la edad media los cobradores de impuestos no consideraban la casa como unidad familiar tributaria sino el 'fuego', lo que hoy llamaríamos la cocina.

Culturalmente esta evolución de la vivienda es muy interesante, pues convierte a los humanos, que procedemos de familias de primates más o menos itinerantes, en insectos sociales amontonados en hormigueros. Durante la guerra fría en todos los países del este de Europa proliferaron grandes edificios de colmenas, bastante deprimentes porque se habían levantado apresuradamente con materiales prefabricados: los panelki. Es notable que el modelo persista incluso cuando las condiciones económicas son diferentes. En España la gente sigue (seguimos) prefiriendo un piso en el centro a una casita en las afueras. En China, por fijarme casi en las antípodas, ha sucedido igual: llevo varios años impartiendo cursos en la Universidad de Shanghai y siempre me he alojado en una residencia de profesores ubicada en el centro: ante mi sorpresa las casuchas de panelki que rodeaban la residencia cuando llegué se han convertido de la noche a la mañana en un impresionante skyline con edificios de veinte o treinta alturas que albergan cientos de familias. Volviendo a España: señores políticos, el asunto de la vivienda está que arde porque los ciudadanos somos como los caracoles y no podemos vivir a la intemperie: más les vale hacer algo o el incendio los devorará. De nada.

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