Opinión
OTAN: gloria para hoy y conflicto para mañana
Si Trump supo catalizar a una gran parte del americano medio convencido de que EE UU debía superar la supuesta pendiente de decadencia, Putin estimuló en el pueblo ruso y sus repúblicas aliadas el temor a la 'invasión' europea

Reunión de los principales líderes europeos y de los representantes de la OTAN en París. PARÍS (FRANCIA), 17/02/2025.- / Efe| POOL MONCLOA / POOL MONCLOA EFE
Entre 1989, caída del Muro de Berlín, y 1995 las 15 repúblicas federadas de la URSS, legalmente constituidas en 1922, entraron en una dinámica de deconstrucción del diseño creado por el PCUS tras la Revolución de 1917. A pesar de la política de uniformidad con la obligación de estudiar el ruso y aceptar las normas del Presídium soviético, las repúblicas federadas nunca perdieron sus identidades nacionales. Desde 1980 los elementos nacionalistas crecieron en el contexto de crisis económica y una deriva política en manos de la KGB después de la muerte de Brezhnev en 1982 (sucesor de Kruchov en 1964) y la sucesión de Andropov, con 67 años y fallecido a los 69, Chernenko, con 72, y muerto a los 73, como secretarios generales en poco más de dos años.
El nuevo secretario, Gorbachov, en 1985 se dispuso a introducir reformas en el sistema (las llamadas Perestroika y Glasnost) para su subsistencia en medio de una crisis económica que obligaba a importar trigo de EE UU y Canadá para su alimentación. Además se enfrentaba a una crisis política con conflictos étnicos entre las repúblicas de la URSS y declaraciones de soberanía e independencia como las Bálticas (Lituania, Estonia y Letonia) y Armenia. Gorbachov intentó reconstruir la relación con un Nuevo Tratado de la Unión, ratificado en 1991 en un referéndum por 9 de las 15, ya que las que habían optado por la independencia, junto una mayoría de Georgia y Moldavia, no participaron en la votación. Un día antes de firmar el Tratado (20 de agosto) antiguos partidarios de la URSS intentaron un golpe de estado que no triunfó pero dejó sin efecto el Tratado. Los presidentes de Ucrania, Bielorrusia y Rusia, liderados por de Boris Eltsin y sin contar con Gorbachov, dirigente del sistema federal, constituyeron en Belavehza (Bielorrusia) una nueva unión voluntaria: la CEI (Confederación de Estados Independientes) a la que se unieron 11 de las 15 repúblicas soviéticas (ni Georgia ni las Repúblicas Bálticas) pero poco después se desvincularon Arzebayan, Moldavia y Ucrania que optaron por estados independientes. El 25 de diciembre de 1991 un Gorbachov impotente dimitió y la Unión Soviética dejó de existir.
En este panorama las dos grandes plataformas militares durante la Guerra Fria: la OTAN (creada en 1949) y el Pacto de Varsovia (en 1955) con la URSS y las repúblicas del Este de Europa controladas por la Unión Soviética y que servían como una barrera natural en sus fronteras, actuaron de manera diferente. La OTAN vio una oportunidad para expansionarse, mientras el Pacto se disolvió en 1991. Surgió entonces la posibilidad de crear una plataforma conjunta que superara la rivalidad, previa disolución de ambas. Con esa confianza la URSS aceptó en 1990 la unificación de las dos Alemanias, y en noviembre del mismo año se reunieron en Paris los miembros de la OTAN y antiguos dirigentes del Pacto de Varsovia en la Conferencia de Seguridad y la Cooperación en Europa que posibilitó una Carta para una Nueva Europa que suponía el fin de la Guerra Fria. Pero ya en la reunión en Roma, en 1991, la OTAN siguió su propio camino incorporando a repúblicas del Este europeo. (En 1991, 16 países pertenecían a la OTAN, en 2020, 30). Ello estimuló la mentalidad tradicional del pueblo ruso de que Europa seguía pretendiendo cercar a Rusia y anular su potencia, recordando las invasiones napoleónicas y alemanas, y el apoyo a la Rusia Blanca en la guerra civil contra los bolcheviques.
Si Trump supo catalizar a una gran parte del americano medio convencido de que EE UU debía superar la supuesta pendiente de decadencia, Putin estimuló en el pueblo ruso y sus repúblicas aliadas el temor a la invasión europea. En esa coyuntura el nacionalismo ucraniano, dividido históricamente entre una rama radical colaboradora con los nazis y otra proeuropea que pretendía ingresar en la EU y la OTAN. Para Rusia, Ucrania representaba una base histórica de su identidad pero su nacionalismo era minoritario, antirruso y anticomunista, y sus lazos mayoritarios estaban con Rusia. Su territorio fue delimitado en la época de Kruchov incluyendo Crimea y zonas predominantes de cultura rusa. Putin ya no se limitó a pedir que la OTAN no se acercara a sus fronteras y la invadió reivindicando territorios que consideraba culturalmente rusos, como lo hizo con Crimea en 2014. La guerra continúa mientras Trump trata de incorporar a Rusia al mundo Occidental para alejarla de China y de ahí su ambigüedad con Zelenski. Ucrania está respaldada por la Unión Europea en su lucha contra la invasión rusa, pero queda en el aire el contrafactual de si hubiera sido posible una plataforma única, de defensa de toda Europa, sin una OTAN empeñada solo en la expansión.
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