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Opinión

València

Los barrios rojos, también en España

Turistas pasean por el 'barrio rojo' de Ámsterdam.

Turistas pasean por el 'barrio rojo' de Ámsterdam. / ROBIN UTRECHT / EFE

Hubo un tiempo, de jovencita, en que compré el relato de las supuestas ventajas que conllevaba la regularización de la prostitución. Por ingenuidad e ignorancia, pensaba que era mejor que estas mujeres pudieran tener derechos laborales para no quedar en manos del proxenetismo y la trata. Con los años empecé a ser consciente de la falacia del argumento de la libertad y de las supuestas bondades de la mercantilización del sexo. Aprendí que la explotación sexual de mujeres y niñas es consecuencia de un sistema de desigualdad estructural y que en la trastienda de Pretty Woman hay mujeres vulnerables y una industria del sexo que se lucra sin escrúpulos con algo que no es un oficio, sino un modelo de esclavitud que ha sobrevivido a sistemas democráticos y declaraciones de derechos humanos.

Hace unos días visité el barrio rojo de Ámsterdam y he regresado impactada por la imagen de mujeres expuestas en escaparates de reducidas dimensiones y por cómo la sociedad holandesa tiene normalizado el sistema prostitucional: mujeres muy jóvenes, en su mayoría migrantes, “en venta” en pleno centro, pared con pared con restaurantes e incluso guarderías de barrio. En un free tour me contaron que la alcaldesa quiere trasladar a las mujeres a una zona alejada, la de negocios, con el fin de reducir el turismo sexual y lavar la imagen de la ciudad. Un parche que acabará convirtiendo el nuevo espacio de uso y abuso de las mujeres en otro destino de turismo sexual.

Hizo bien la vicepresidenta de la Diputación de València, Natàlia Enguix, en centrar el último Feminari en la prostitución, porque, aunque sin luces de neón y bastante hipocresía en España también hemos normalizado la prostitución: mujeres en polígonos y pisos de alquiler siguen formando parte de un paisaje vergonzoso y vergonzante. Estamos —espero— lejos de abrazar el modelo regulacionista de países como Holanda o Alemania, que ha fracasado estrepitosamente porque no ha solucionado la explotación sexual, y más cerca de un modelo abolicionista, pero la ley no acaba de llegar.

Pedro Sánchez se ha destacado en su mandato por su capacidad de ir a contracorriente en Europa en asuntos como la situación en Gaza o la política de Trump. Es hora de que lo sea también con otro asunto de emergencia nacional: la ley abolicionista y el fin de la impunidad de quienes usan el cuerpo de las mujeres como mercancía. Porque los barrios rojos no sólo están en Ámsterdam: se extienden por España cada día que seguimos mirando hacia otro lado.

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