Opinión | El Trasluz
Frente a frente

Frente a frente. / Shutterstock
En la mesa de al lado un hombre le dice a una mujer:
-Tengamos una conversación civilizada.
Lo dice con una serenidad ensayada, como si hubiera llegado a ese instante después de varias tentativas fallidas en otros bares, en otras mesas, con otras mujeres. La frase cae entre los dos como una servilleta doblada con esmero y odio.
La mujer no responde enseguida. Remueve el café con un gesto antiguo, casi litúrgico, aunque hace rato que el azúcar se ha disuelto. Quizá espera que también se disuelva la frase, que pierda su forma, que se vuelva irreconocible. Pero no: ahí sigue, intacta, como una de esas bombas que no estallan al caer y que desactivan los artificieros. ¿Qué es una conversación civilizada?, parece preguntarse. ¿Una en la que no se grita? ¿Una en la que no se dice la verdad? ¿Una en la que cada uno finge que el otro no es quien es?
El hombre insiste, ahora con el gesto. Se inclina ligeramente hacia delante, como si ese desplazamiento de unos centímetros fuera a acercarlos a un territorio común. Hay en esa inclinación algo de conquista y algo de rendición. Tal vez no sean conceptos incompatibles. He asistido muchas veces a esa escena. Cambian los rostros, cambian los manteles, cambia incluso la temperatura, pero la frase es siempre la misma. Como si existiera un manual invisible de urgencias sentimentales en cuyo primer capítulo se recomendara, ante el inminente desastre, apelar a la civilización, igual que quien invoca a un dios menor.
La mujer levanta por fin la vista. No parece enfadada, lo cual resulta más inquietante. Dice algo que no alcanzo a escuchar a lo que el hombre asiente con una rapidez excesiva, como si aceptara de antemano cualquier condición. Me pregunto si un diálogo civilizado no será, en el fondo, aquel en la que uno de los dos renuncia a tener razón para que el otro no se marche. Pago sin prisa. Al levantarme, los observo de reojo. Siguen ahí, frente a frente, sostenidos por una frase que quizá no signifique nada, o quizá lo signifique todo: el deseo desesperado de que el lenguaje consiga, por una vez, arreglar lo que el propio lenguaje ha estropeado.
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