Opinión

Decano del Colegio Oficial de Ingenieros Agrónomos de Levante
Los ángeles de San Isidro ya tienen algoritmo
El milagro de San Isidro no era exactamente que el santo pudiera orar. El milagro era que, mientras él rezaba, el trabajo seguía haciéndose. Durante siglos aquello fue una imagen piadosa. Hoy es una metáfora tecnológica, porque los ángeles de San Isidro son ahora sensores, visión artificial, gemelos digitales, robots y sistemas de inteligencia artificial.
Pero los milagros, cuando se convierten en tecnología, dejan de salir gratis.
El Observatorio de Cajamar dibuja bien el cambio: el sector agroalimentario crece y exporta, pero el empleo se desplaza. La comercialización y la industria ganan mano de obra mientras el sector primario tiende a necesitar menos personas por unidad producida.
Conviene asumirlo sin sentimentalismos. Alimentar ciudades de millones de habitantes sólo se puede resolver con logística, estrictas normas sanitarias y una concentración enorme de la distribución. Ya saben, todo sistema tiende a organizarse en el estado de menor energía: Si unos pocos operadores son capaces de suministrar alimentos de forma eficiente y segura a millones de consumidores, el sistema acabará apoyándose en ellos.
El problema es que no puede haber una distribución concentrada y una producción atomizada sin que algo se rompa por el camino. Si un punto de venta atiende a miles de consumidores, no puede depender de cientos de proveedores dispersos y sin capacidad de garantizar volumen, calidad, calendario y precio. No es una cuestión moral; es una cuestión física, económica y logística.
En la Comunitat Valenciana conocemos perfectamente esta tensión. Hemos sido especialmente hábiles adaptando la tecnología a nuestra estructura productiva, y no al revés, lo que, hasta ahora, nos ha permitido atender la demanda sin demasiados problemas. Pero no debemos confundir capacidad de adaptación con ausencia de límites porque la eficiencia, la inversión, la gestión del dato y la negociación en la cadena requieren una estructura adecuada al modelo de negocio que se pretende sostener.
Y ahí está una de las grandes verdades que Europa lleva demasiado tiempo esquivando. Se ha concentrado la distribución. Se ha concentrado buena parte de la industria alimentaria. Se han sofisticado las exigencias del consumidor. Se ha multiplicado la regulación. Pero no se ha querido abordar con la misma claridad la adaptación de la base productiva agraria para que pueda competir, abastecer y seguir viva.
El resultado es un sector al que se le pide que compita en un mercado global con reglas que no siempre son globales. Eso es el perro del hortelano con reglamento comunitario: ni producimos con todas las herramientas ni impedimos que otros produzcan con ellas para vendernos después.
Pero la cuestión es más profunda: ¿qué ocurre cuando avanzamos hacia una agricultura sin agricultores? Les avanzo que, si desaparece esa figura, no solo perdemos una profesión. Perdemos una forma de gobernar el territorio.
Durante años la PAC se ha apalancado en la multifuncionalidad de la agricultura como si consistiera en convertir el medio rural en un parque temático. Pero, ¿y si la verdadera multifuncionalidad no fuese hacer turismo rural o vender mermeladas artesanas sino reconocer que quienes trabajan la tierra son, sobre todo, gestores del territorio?
Se trata de pagar servicios que hoy se disfrutan sin reconocerlos, así que, si queremos servicios ambientales, hay que organizarlos, contratarlos y pagarlos.
El medio rural no puede ser la trastienda de la ciudad. Pero tampoco puede pretender vivir de espaldas a las necesidades de la sociedad. Ahí está el cambio de paradigma: el medio rural debe dejar de ser tratado como sujeto pasivo que recibe problemas y pasar a ser sujeto activo que gestiona soluciones.
El futuro del campo no es ser lo que fue. El futuro será el de gobernar el agua, producir alimentos, generar energías renovables, valorizar residuos, cultivar sustratos para crear biomateriales, alojar nuevas ganaderías, como las de insectos, minimizar o gestionar riesgos ambientales o convertirse en el showroom de una industria agronómica con liderazgo internacional.
Todo eso ya no es ciencia ficción, es entender la agricultura y su medio como una plataforma para producir alimentos, energía, materiales, salud, datos, paisaje y bienestar.
Si el medio rural toma la iniciativa, si entiende que la transformación no es una amenaza sino una oportunidad que debe liderar, estaremos ante un nuevo paradigma de gobernanza y futuro. Si no lo hace, otros decidirán por él. Y entonces solo quedará el derecho al pataleo, que suele durar hasta que deja de molestar.
San Isidro oraba mientras los ángeles trabajaban. Nosotros no podemos permitirnos fiar nuestro destino a la providencia. Porque esta vez los ángeles tienen algoritmo, pero el milagro dependerá de que no confundamos su ayuda con el dejarnos llevar.
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