Opinión | Traspapelado
Cierre también este edificio, presidente
Rafael Argullol ha lanzado esta petición sobre la Jefatura de Policía de Barcelona, donde fue torturado. Lo mismo puede decirse de la de València. Sus sótanos esconden la misma amarga historia, aunque le hayan lavado la cara a la fachada ahora

Aspecto actual del edificio de la Jefatura Superior de Policía de València. / Miguel Angel Montesinos
El coche se detiene. Delante, un edificio aún en obras con aspecto pretendidamente moderno. Uno de esos cebras tan habituales en las últimas décadas. El blanco y el negro aún relucen en la nueva fachada. Podría ser un hotel, un bloque de pisos turísticos, un hospital o un edificio de despachos. Tiene la misma apariencia higiénica e insulsa. Solo el rótulo de la entrada revela que es lo que fue. Jefatura Superior de Policía. Cierre este edificio, presidente.
El filósofo Rafael Argullol abría una campaña hace unos días con un artículo con ese título (El País, 11 de mayo). “Cierre este edificio, presidente, haciendo uso de la autoridad que le hemos conferido. Podemos hacer de él una biblioteca o un memorial. O, quizá mejor, demolerlo para que corra un aire fresco y purificador”. Hablaba de la jefatura de Barcelona, de sus calabozos, donde fue víctima de torturas cuando era un estudiante antifranquista, y de que no podía dejar de pensar en ello cada vez que pasaba por allí y el edificio se mantenía como si no pasara nada, como si las piedras hubieran olvidado la sangre.
¿Puede un edificio olvidar? ¿Es una locura pensar que las paredes tienen memoria? Representan algo más que ladrillos y cemento mientras viven los que sufrieron allí.
Lo mismo puede decirse de la Jefatura Superior de València, en la Gran Vía Fernando el Católico. Sus sótanos esconden la misma amarga historia. El lugar del terror era en el segundo subterráneo. Lejos del sol y de testigos. “En la primera habitación te fichaban y tocabas el piano. Luego, al fondo de un largo pasillo quedaba una celda grande, con un banco de cemento, una luz permanente en el techo, día y noche, ninguna ventana y una manta roñosa. A cualquier hora de la noche podían decir tu nombre y te subían con los de la Político-Social. Recuerdo la boca seca, casi no podía hablar. Por el miedo”. Es el sociólogo Pere J. Beneyto. Imaginen a un chico de 18 años la primera ocasión que pasó por esa celda. Era el 1 de mayo de 1972. Repetiría dos veces más. Se llevó “alguna hostia”, dice, aunque la suya no fue la peor experiencia. Recuerda dos nombres: Benjamín Solsona (el Billy el Niño valenciano por su violencia con los jóvenes antifranquistas) y Manuel Ballesteros. Luego serían cargos importantes en la lucha antiterrorista en Euskadi. Cosas de la Transición y de una primera democracia aún con muchos miedos. Pero había otros más, que transitarían también hacia el orden democrático entre medallas y honores.

Recorte de 1968 con la imagen de Antonio Palomares tras su detención. / Levante-EMV
Ahí sigue el edificio con sus sótanos manchados de sangre joven. Ahí está con su cara lavada hoy. Como si el olvido y la maldad hubieran vencido
Peor fue lo del grupo de estudiantes detenidos en abril de 1971, con torturas durante 18 días de detención. O lo del dirigente del PCE Antonio Palomares en 1968, con costillas rotas y todo tipo de vejaciones. Vicent Ventura se lo encontró en aquel pasillo y no lo reconoció. Los libros de Benito Sanz, la novela La noche en que los Beatles llegaron a Barcelona de Alfons Cervera, la investigación de Lucas Marco (Simplemente es profesionalidad) se han aproximado a esa dictadura que moría con violencia. Algunas de aquellas víctimas intentaron una acción judicial contra los represores vivos hace pocos años. Se archivó, por supuesto.
Quienes lo habitan hoy no tienen nada que ver con el pasado, pero ahí está el edificio con sus sótanos manchados de sangre joven. Ahí está con su cara lavada. Como si el olvido y la maldad hubieran vencido. ¿Se puede cerrar un capítulo de la historia con tapiar un edificio? Posiblemente es más complicado.
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