Opinión

Periodista y ex-diplomático cultural
Paseos Baudelaire
Al regresar a València, después de quince años viviendo en otras ciudades, descubro que las rutas del paseante valenciano han crecido de forma prodigiosa

Una pareja pasea por el centro de València. / Eduardo Ripoll
Sorolla no pintó el Mediterráneo desde su estudio. Lo pintaba con los pies hundidos en la arena de la Malvarrosa. Recorría la orilla al amanecer, como quien sale a la caza de un animal delicadísimo: la luz. De pronto encontraba ese instante en que el mar deja de ser paisaje y comienza a parecer una revelación.
En 1909 pintó Paseo a orillas del mar, con su mujer y su hija caminando junto al agua, envueltas en una claridad casi líquida. La luz en València “no se puede inventar, hay que cazarla, paseando”. Hoy esa luz vale millones en las subastas internacionales. Pero Sorolla no perseguía únicamente el brillo. Pintaba también la sombra de las cosas, el reverso de las personas, el temblor invisible de una atmósfera. Comprendió antes que el marketing urbano que una ciudad podía convertirse en una emoción reconocible en cualquier lugar del mundo.
Inventó una marca Valencia sin eslóganes ni oficinas de turismo: a base de caminar y mirar. En la teoría del paseo, la belleza pocas veces se fabrica. Por lo general, se encuentra.
Con su fragilidad de poeta, Juan Gil-Albert recorría el centro de la ciudad, del gótico al modernismo, transformando la distancia en memoria. Buscaba en las calles y en las fachadas las capas del tiempo, la melancolía burguesa, el eco de una sensualidad huida.
Decía que València brillaba cuando detenía el reloj del tiempo. El castellano de su escritura comenzaba en Berceo y desembocaba en la Generación del 27. Leerlo es atravesar siglos sin abandonar la misma calle.
Valencia posee una geografía peripatética. Llana, luminosa, hospitalaria. Una ciudad hecha para el desplazamiento humano antes que para la velocidad. En el borde del mar y en el entramado urbano, caminar aquí no es un deporte ni una obligación: es una forma de respiración civil.
Debemos al poeta Charles Baudelaire una de las definiciones más precisas de la condición del flâneur: el paseante que convierte la ciudad en método de conocimiento. Baudelaire refinó esa figura mientras París se desplegaba como capital indiscutible de la modernidad. Más tarde, Walter Benjamin entendió que aquellos paseos eran también una filosofía secreta de la mirada. Ambos nos legaron un manual de uso para caminar sin ansiedad por el destino, dejándose arrastrar por los escaparates, las conversaciones, las luces de los cafés y la respiración de las iglesias.
El paseo como placer. El paseo como método. El paseo como arte de perder el tiempo sin perderse a uno mismo. Caminar también es una forma de pensar.
El paseo por València, —la Valencia paseada—, me acompaña desde finales de los años sesenta, cuando subía al tranvía 7 en la parada del bar Récord de Mislata y bajaba a la puerta del instituto Luis Vives. Recuerdo una fascinación persistente por la ciudad entendida no como decorado, sino como una forma de vida más intensa, más elevada, casi aventurera.
El tranvía 7, como el de la Malvarrosa, era un medio de transporte y una lección de geografía sentimental. Tardé años en comprender lo que realmente enseñaba: que las ciudades no son el escenario de la vida social, sino la vida social en su estado más visible, concentrado, verdadero. El lugar donde la sociedad se exhibe con todo su maquillaje.
Cuando fundamos la revista La Ciutat junto a Anna Senent, Rosa Albero, Juan Manuel Llopis y Manuel Labrandero, nos guió una obsesión casi maniática: publicar en cada portada una fotografía de València vista desde el mar. Otras ciudades, San Sebastián, A Coruña, Cádiz o Málaga, no necesitaban duplicar sus recorridos: en ellas el paseo urbano era ya marítimo por naturaleza. Aquella publicación quería perforar el viejo imaginario de una Valencia que había pasado demasiado tiempo imaginándose de espaldas al Mediterráneo.
Al regresar, después de quince años viviendo en otras ciudades, descubro que las rutas del paseante valenciano han crecido de forma prodigiosa. El Jardín del Turia se ha consolidado como un trayecto casi babilónico donde conviven idiomas, ritmos y generaciones. La peatonalización del centro ha insuflado a los monumentos góticos y modernistas un aire centroeuropeo, casi hanseático.
No es sorprendente que el mundo haya llegado a esta nueva Valencia antes que yo. Revistas internacionales y rankings globales la sitúan desde hace años entre las mejores urbes del planeta para jubilados y expatriados: por el coste de la vidatodavía razonable, por la suavidad de su geografía, por la luz y por esa continuidad ya conseguida entre el centro histórico y el paseo marítimo.
Las multitudes de turistas que hoy llenan el centro son, a su manera, paseantes. Pero sus recorridos guiados, asistidos, casi coreografiados por mapas y aplicaciones, me hacen pensar que su recuerdo de Valencia será el de una ciudad de mucha caminata y poca reverberación. Su andar es ajeno al cóctel de rutina, abandono y sorpresa que Baudelaire exigía al paseante de verdad.
De Las arenas a la Lonja. De la Estación del Norte a Veles i vents. Caminar sin objetivo, dejando que la ciudad piense por ti. Sorolla y Gil-Albert inscribieron esa señal como quien deja una marca de agua.
P.D. Levante-EMV me ha dado permiso para terminar con una pregunta: lector, lectora: ¿cuáles han sido tus mejores paseos por València? Estaré encantado de leer tu experiencia en joanmalvarezresp@gmail.com
Joan Álvarez es periodista y diplomático cultural
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