Opinión | Bombeja Agustinet!
El partido que marcará a una generación de granotes

Carlos Álvarez, en la celebración del ascenso del Levante UD / F. Calabuig
Domingo, 17 de mayo de 2026. 20:55 horas. El árbitro pita el final en Elx: 1-1. El Llevant va ganando 4-2 y contemporiza a la espera del silbido en Orriols, que al fin llega. La grada aplaude nerviosa, atenta a la radio. Van 0-0 en el Metropolitano. Pasan dos minutos más. Final. Iborra y Rodas se abrazan junto al túnel. Los futbolistas saltan, enloquecidos. El Ciutat estalla, como una enorme piel de gallina. Invasión. El Llevant es de Primera, en la remontada más sonada que se recuerda de un equipo que todos daban por desahuciado. Alguien sube a hombros a Luís Castro. Lo mantean. Dela enarbola un banderín de córner. El último césped de Raimon despide al “jardinero fiel” con miles de abrazos, de sonrisas, de lágrimas. “València rebenta, la sang ens espenta”. Inenarrable.
Cada generación tiene un partido que marca sus vidas. Los jóvenes que pueblan las gradas de Orriols recordarán esta gesta toda la vida. Nunca hubo tantos. Algunos estuvieron en Burgos, pero miles lo han vivido en casa. Raimon le había dicho a García Nieves, con toda la calma de la certidumbre, que no tenía ninguna duda, que el Llevant ganaría y se salvaría. Que lo sabía.
Es insólito haber llegado hasta aquí. Pocos creían cuando se destituyó a Calero. Y ha sucedido. Esta generación tendrá una fe que mueva montañas. “Impossible is Nothing”. “He muerto y he resucitado”. “Yo creo”. Todo esto es mucho más que un relato, obviamente. Hay toneladas de esfuerzo, sacrificio y trabajo en el backstage. De futbolistas y cuerpo técnico. De directivos y trabajadores del club. De aficionados y peñistas. De periodistas y columnistas que mantuvimos viva la antorcha de la esperanza, a veces contra la lógica y los cenizos, recogiendo toallas dejadas caer por otros. Se creó una comunión de fe que invadió los escalones del Nou Estadi, hasta los topes contra los baleares. Sold out. Llenazo. Hubiéramos abarrotado tres estadios. Nadie se quiere perder este momento. Sobrevuela Orriols el peso de la historia y la identidad, y todos desean ser partícipes de esta magia.
Todo empezó con el último Llevant-Mallorca en Orriols, que rompió aquella racha terrible sin victorias sobre la que se cimentó una concatenación de malas decisiones y la ruina económica en que seguimos instalados. Aquel 2-0 inició un camino de esperanza como este, pero no acabó bien. El círculo se cierra hoy, con una permanencia que huele a ascenso. Un ascenso de transistores en casa que remite a aquel de 2010 frente al Castellón.
Esta generación representa el futuro. Y la victoria ante el Mallorca, un paso de gigante en la consolidación deportiva y societaria de la entidad. No podemos fallar. Quizá los bermellones especulen para empatar. Al Llevant solo le vale ganar. No hacerlo y dejar de depender de nosotros mismos antes de la visita a la Cartuja sería un suicidio, viendo cómo ha ido todo desde hace semanas, en la parte baja, observando todos los presuntos y todos los supuestos. Sí. La permanencia del Llevant es, aparte de todo, políticamente incorrecta. Interesa a pocos. E intereses hay muchos. Una multitud nos daba por muertos. No nos conocen. No saben que en septiembre trajimos de París, 55 años después de fallecer, al tipo que fundó este sentimiento inmortal solo porque su última voluntad era reposar eternamente en el Cabanyal. Lo trajimos también para que velara por nosotros, desde su propia tierra, de la que estuvo tantos años separado. No podemos descender la temporada que trajimos a José Ballester Gozalvo y a Teresa Molins. Sería un ultraje a la épica del fútbol y de nuestra historia. Ni de coña. Es el día de escribir la gesta más hermosa.
••• Rafael Simarro, desde el cielo. El miércoles por la mañana hablé con su hermano Joan, miembro del Consejo Consultivo y de los Veteranos. Me dijo que Rafael estaba ya muy enfermo, pero que habían pensado en ir a Orriols juntos, para despedirse del Llevant. Por la tarde falleció. Ambos, con Amparo y María, son hijos del histórico Rafael Simarro, hombre del club durante décadas, y todos “llevantins de pedra picada”, como Jordi, habitual de Orriols, hijo del fallecido y sobrino de Joan. En pau descanse, Rafael. I tota la força i ànim per a familiars i amics.
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