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Opinión

València

Razones para tener en cuenta la protesta educativa

No es difícil encontrar motivos para demonizar una movilización de gente que tiene mejores condiciones de trabajo que la mayoría, pero hay razones para tenerla en cuenta. Más después de la manifestación de ayer. Tiene rasgos (la unidad sindical, el alto seguimiento, el apoyo de las principales asociaciones de familias…) que sugieren que es algo más que una mera reivindicación salarial

Una manifestante, con una pancarta durante la marcha de ayer en València.

Una manifestante, con una pancarta durante la marcha de ayer en València. / JM LOPEZ

Un país envidiado en Europa por su evolución macroeconómica. Un país elogiado por los organismos internacionales, como la OMS y la ONU. Un país capaz de ser punta de lanza internacional frente a la gran potencia. Y un Gobierno que casi no puede salir de la Moncloa sin recibir una bronca pública o un insulto. Fernando Grande-Marlaska ha sido el último objetivo, pero mañana será otro. Es una esquizofrenia que define estos días, que hace que se entienda todo eso de ‘apretad’, y que es la huella de un tiempo donde se han asentado dos realidades paralelas que cada vez se alejan más. Según la radio, la televisión, el periódico o el influencer que usted quiera escuchar, el país es uno o es otro, con escasos parecidos. Hagan la prueba cualquier día a la hora de los noticiarios. Esta experiencia dual es tan palpable que lleva a la desconfianza. Y a preguntarse si tiene alguna utilidad toda esta política de la resistencia sobre la que cabalgamos; si no ha llegado el momento de repartir cartas nuevas, de cambiar el tablero. ¿Para qué tanta rabia? En ese ambiente viciado de odio y de muros cada vez más altos nidifica la autodestrucción.

Ese mundo alterado se expresa estos días en la Comunitat Valenciana en forma de conflicto educativo. La pregunta difícil de responder hoy es si es un litigio laboral más. El Consell intenta que el debate se centre en el salario de los profesores y sus condiciones. Por eso lo aparta de la mesa. Para que los sindicatos lo reclamen como imprescindible y reluzca que la cosa va de buscar pasta. Sabe que sobre ese relato gana la batalla de la opinión pública.

Por los profesores con los que mantengo contacto, hay reivindicación salarial, sí, pero hay una convicción extendida de que son actores secundarios en una estrategia de largo alcance de debilitamiento de todo lo público para facilitar la expansión del negocio privado en los servicios considerados fundamentales hasta ahora: los pilares del sistema. Su levantamiento deviene así en algo como un aldabonazo al resto de la sociedad, una llamada de atención ante un proceso que estamos dejando pasar como si fuera normal, aturdidos por llegar a fin de mes, poder acceder a un alquiler y el último giro en el desorden mundial.

Los manifestantes, ayer, en la plaza del Ayuntamiento de València.

Los manifestantes, ayer, en la plaza del Ayuntamiento de València. / JM LOPEZ

Es evidente que ese deterioro de lo público no germina en tres años de legislatura, sino que viene de un recorrido mayor que tiene que ver con la profundización del pensamiento neoliberal en los últimos 40 años y la creciente presión de modelos ultraeconomicistas y fondos financieros globales. ¿Pero por qué ahora la protesta y no durante los ocho años del Gobierno de izquierdas? Creo que la única respuesta es que no haberlo hecho antes no inhabilita levantarse ahora, aunque también me parece que entre la cúpula sindical y los gestores públicos había una cierta confianza y sintonía que hoy ha desaparecido.

No es difícil encontrar motivos para demonizar una movilización de gente que tiene mejores condiciones de trabajo que la mayoría, pero creo que hay razones para tenerla en cuenta. Más después de la manifestación de ayer. Tiene rasgos (la unidad sindical, el seguimiento, el apoyo de las principales asociaciones de familias…) que sugieren que es algo más que una mera reivindicación salarial o laboral. Hay una base de temor y rebelión ante el desmoronamiento de un modelo. Puede que se apague mañana en la educación, pero puede también que se encienda en unos días con fuerza en la sanidad o en otra actividad esencialmente pública.

En un muro cerca de casa algún escéptico escribió ‘Generació de la crisi’ en letras inmensas. Un optimista ha ido después, ha tachado ‘crisi’ y ha cambiado el mensaje: ‘Generació de la revolució’. Posiblemente es solo un deseo de utopía. Pero quizá es una realidad subterránea que se está desperezando en esta movilización educativa.

El final ideal sería un acuerdo que garantizara algo más que la supervivencia del sistema público de enseñanza. Lo deseable sería plasmar, con declaraciones y cifras, la convicción de que es la base de un modelo compartido que se quiere sólido. En un mundo ideal, el capítulo final sería un acuerdo en el que estuvieran implicados todos los partidos (al menos, los principales), de modo que el funcionamiento y los recursos no se vieran en riesgo con un cambio de gobierno. Pero en tiempos de populismo y polarización, todo esto no deja de ser más que un sueño. Si hay algo, será un acuerdo de mínimos, cogido con alfileres y envuelto en desconfianzas.

Disculpen, pero no tengo certezas que defender a dentelladas. Hay días que la experiencia progresista española (el sanchismo, en corto) me parece la operación más fructífera de resistencia a ese tsunami ultraliberal cada vez más reaccionario y populista que se viene forjando desde hace décadas. Y hay días que veo que esa resistencia se ha convertido en el mejor alimento para esta dinámica de odio, rabia y muros. Lo siento, pero solo puede ofrecer vacilaciones.

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