Opinión | Tribuna
La trampa de Tucídides
Xi Jinping recordó a Trump que Estados Unidos no debía caer en la Trampa de Tucídides, momento del discurso que al americano -incluso tras la traducción- le seguiría sonando a chino

El presidente chino, Xi Jinping, recibe a su homólogo estadounidense, Donald Trump, en su viaje a China. / Europa Press/Contacto/Huang Jingwen
Llegó mi última conferencia de Chile ya con la mente puesta en España. La dediqué a Hegel y el mundo contemporáneo. Era un título neutro, que ponía fin a un ciclo dedicado a Hegel y la guerra. Como dije en la conferencia, esta se debía titular Hegel en Pekín. Es conocido el libro que Arrighi publicó en 2007 titulado Adam Smith en Pekín: Orígenes y fundamentos del siglo XXI. Hoy, dos décadas después, se ve hasta qué punto el título no refleja ya la evolución de nuestro mundo. Adam Smith fue el origen del liberalismo. Hegel se opuso a su comprensión de la sociedad civil y elevó el papel del Estado a verdadero conductor del proceso moderno. Hoy, el pensamiento que inspira a Pekín es Hegel, no Adam Smith.
Mientras dictaba esa conferencia en la Biblioteca Nicanor Parra de la Universidad Diego Portales, tenía lugar el encuentro entre Trump y Xi Jinping. Las pequeñas coincidencias, incluso las más irrelevantes como esta, causan cierto placer porque dejan la impresión de que la filosofía y el presente pueden estar relacionados significativamente. Por supuesto, cuando la filosofía no es un bla, bla, bla de abstracciones delirantes, sino un discurso que debe interpretarse a la luz de los procesos históricos y de las sociedades que los produjeron. El ejemplo de esta experiencia histórica conceptual volcada al presente lo dio precisamente Xi Jinping cuando recordó a Trump que Estados Unidos no debía caer en la Trampa de Tucídides, momento del discurso que al americano -incluso tras la traducción- le seguiría sonando a chino.
La trampa de Tucídides fue un término acuñado por Graham Allison en 2015, pero no es sino el resumen de la tesis central del padre de los historiadores. Fue una trampa porque destruyó a la sociedad helénica. Esparta, potencia militar helénica, celosa del poderío creciente de Atenas, decidió romper la Liga ateniense, captar aliados importantes y emprender la guerra contra Atenas. La consecuencia fue la decadencia de las ciudades helénicas, que no recuperaron el rumbo, para beneficio de la potencia periférica de Macedonia. Xi Jinping alerta a Estados Unidos de no caer en esa trampa. Dijo que, si las dos potencias colaboran, el mundo y ellas se beneficiarían. Si compiten, ellas y el mundo sufrirán.
Este aviso tiene sentido porque Hegel habita en Pekín. En efecto, rasgos muy decisivos del modelo hegeliano se dan cita en China. Sobre todo, la existencia de una burocracia comprometida con una cultura nacional milenaria que ha sido capaz de poner en marcha la creación ingente de clases medias. China sabe que eso es posible si realiza lo que Hegel llamó “Estado de las necesidades”, la anticipación racional y calculada de las exigencias del sistema productivo no solo en el presente sino en el futuro. China no mueve una pieza sin este objetivo, evitar una crisis interna de población/recursos. Su aspiración es que su sistema productivo dependa de sí mismo. Si falla el comercio exterior, intensifica el mercado interior. Pero su autosuficiencia productiva asegurada en el largo plazo es el valor sagrado.
Todo ello induce el discurso de Xi Jinping. Si Estados Unidos acepta este principio, pueden cooperar; si no lo acepta, caerá en la trampa de Tucídides. China parece sugerir: repartamos el mundo, organicémoslo de tal manera que los dos seamos autosuficientes. No atentes el suministro del crudo de Venezuela o de Irán. Estados Unidos tiene suficiente con sus yacimientos. Jinping, así, ofrece una entente, una estabilización en la dualidad. Mientras, dejará lentamente sentir su influencia sobre el mundo en el ámbito económico, aunque siempre en beneficio de China.
Este ritmo lento de organización del mundo, que ciertamente se muestra respetuoso con la legalidad internacional, no parece convencer a Trump ni a Estados Unidos. Presos de la urgencia espartana, ya ha decidido algo decisivo, demoler su democracia. Mientras que China se atiene a la doctrina Hegel, Trump y su gente quieren eliminar tanto Estado y tanta democracia social y política como puedan, poniéndolo al servicio del séquito imperial de multimillonarios -el senado encubierto-, en el que siempre estará rondando la familia Trump para cobrarse los servicios. Por supuesto, esta privatización del Estado será mirada con ironía por la poderosa maquinaria política china, ya que le ofrece amplias oportunidades de corruptelas.
Hegel ya decía que “solo una vez son dominadores los Estados hegemónicos”
Cuando miramos las cosas desde Hegel, no podemos sino auspiciar el peor futuro a la potencia que desintegre la forma de su Estado. Antes de la Trampa Tucídides, podemos identificar la Trampa Hegel, que es más básica que aquella. En el parágrafo 347 de la Filosofía del derecho, el filósofo alemán avisó acerca de los peligros a los que se enfrentaba un Estado antes hegemónico cuando se ve en peligro, ya que “solo una vez son dominadores los Estados hegemónicos”. Entonces, pueden tener la tentación de acoger en su seno un nuevo principio organizativo, carente de “vitalidad inmanente”. Entonces -sigue diciendo- irá por la historia como un sonámbulo y “se entregará a diversos ensayos en el interior y a guerras en el exterior, según el azar”. Intentando impedir su “hundimiento”, lo acelerará. Entonces arrastrará con él al “círculo de Estados” aliados.
Esta sustitución de su principio político interno por otro carente de vida, caer en la trampa de Hegel, lleva inexorablemente a una guerra azarosa, a caer en la trampa de Tucídides. Estados Unidos ha caído con Trump en la primera trampa. Por eso, es casi inevitable que caiga en la segunda. China lo sabe y se mueve para decirle al mundo que ella no quiere ir ahí. En realidad, quiere cargarse de razón, ser fiable y tener el máximo de aliados para la batalla del futuro.
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