Opinión | Algo personal
Qué buena ciudad si tuviera buena señora
La ciudad de València tiene una alcaldesa, María José Catalá, que anda a todas horas -sin perderse ni una- por sus celebraciones civiles y sus fiestas de guardar, por sus fotos familiares y las de tres millones de turistas que dejan en una risa al turista un millón novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve que cantaban Cristina y los Stop

María José Catalá, con otros dirigentes del PP valenciano. / Levante-EMV
Es como un espectáculo de magia potagia. En el escenario, el mago con su smoking, la pajarita y la chistera. La varita de director de orquesta en una mano. La acaricia con una suavidad de tacto enamorado. Por la palma de la otra mano se pasea una paloma blanca. Todas las palomas en los espectáculos de magia son blancas. Como en las canciones o los dibujos de Alberti o de Picasso. O eso creo.
La paloma está como quien mea fuera del tiesto. Lo mira todo como diciendo qué pinto yo aquí si mi sitio está picoteando migas de pan y sufriendo pisotones en la Plaza de la Virgen. De repente, el mago le da un golpecito con la varita y la paloma desaparece. El público aplaude a rabiar. La elegancia del artista. Las maneras de dandy al estilo de aquel gran cantante melódico que fue Jorge Sepúlveda, valenciano que al morir dejó dicho que quería ser enterrado en una fosa común del cementerio de Palma, con sus compañeros republicanos. No era franquista, como pensaban algunos. El anterior consistorio le dedicó una plaza. No sé si al final se puso la placa. Como voy muy poco a València, no lo sé. Si la pusieron, espero que el actual gobierno municipal de derecha y extrema derecha (¿hay alguna diferencia?) no la haya retirado o roto a martillazos, como hizo en Godella con la del poeta Vicent Andrés Estellés y usaron los trozos para el asfaltado de las calles.

Turistas en la Malvarrosa. / Levante-EMV
El mago se dirige al auditorio: "hale hop, ahora está y ahora no está. La ven ustedes pero en realidad la paloma nunca estuvo ahí: era una ilusión de sus sentidos". Habla el artista como si fuera un filósofo, piensa gran parte de la concurrencia. Por lo bajini, uno de los asistentes, con pinta de local, dice: "pues como la alcaldesa de València, que se la ve en todas partes como Dios y al mismo tiempo no la vemos. Es como una ilusión de nuestros sentidos".
Como la paloma del mago, la ciudad de València tiene una alcaldesa, María José Catalá, que anda a todas horas -sin perderse ni una- por sus celebraciones civiles y sus fiestas de guardar, por sus fotos familiares y las de tres millones de turistas que dejan en una risa al turista un millón novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve que cantaban Cristina y los Stop cuando en mi lejana juventud se estilaban las canciones del verano. En esa mujer sólo hay de real sus ocurrencias. Ahora sale diciendo que hay que peatonalizar la calle Jorge Juan y cuando la consulta ciudadana dice que no pues se le ocurre que vale, que no vamos a peatonalizar Jorge Juan pero vamos a ensanchar las aceras. Al rato pues va y dice que no estaría mal cambiar el esparcimiento de la zona marítima y plantar el Empire State Building en la Marina del Puerto aunque sea (presuntamente) cayendo en la prevaricación. Pero la bomba llega en la forma de una idea genial: va a tener València una Biblioteca que ríete tú de la de Alejandría. El lugar donde se alzará esa obra que la convertirá en la versión woman 3.0 de Alejandro Magno no es otro que la vieja sede de Hacienda en la calle Guillem de Castro. Entonces va y alguien le susurra al oído: "Señora alcaldesa, que la Biblioteca Pública de la ciudad ya existe, que funciona de puta madre y está a sólo cien metros de la que a usted se le acaba de ocurrir", Y es que a la buena mujer no le debe chiflar la lectura, a pesar de ser profesora universitaria en un centro privado: eso sí, con un sueldo más oscuro que los horarios de Mazón y Vilaplana en el Ventorro.
'Fenómeno extraterreste'
De verdad que nunca he visto un fenómeno igual de extraterrestre -pero sin la dignidad artística de la película- desde 'La guerra de las galaxias'. De verdad que no lo he visto. Es María José Catalá como una alcaldesa gaseosa, que está pero no está, que existe sólo como en el croma a colorines de los platós televisivos. Hasta los suyos no saben qué hacer con ella. Iba para presidenta de la Generalitat cuando Mazón se fue de vacaciones bien pagadas a su tierra alicantina, dijo que no y ahora, cuando ya es público que Pilar Bernabé y Mónica Oltra serán candidatas de sus partidos en las elecciones municipales del año que viene, no sabe si seguir donde está y no está o volverse al pueblo, de donde nunca debió salir por el bien de una ciudad que podría ser una buena ciudad, paseable y tranquila, como les gustaba París a Baudelaire y Walter Benjamin y recordaba con entusiasmo Joan Álvarez en estas páginas hace unos días. Sí, podría ser València una buena ciudad si tuviera buena señora, como dice en clave masculina el poema épico castellano que intenta recuperar para sí mismo, y contra su partido, el manchego dicen que socialista Emiliano García Page.

Turistas en la Plaza de la Virgen. / Levante-EMV
Lamentablemente esto no es un espectáculo de magia potagia. La ciudad de València, como su alcaldesa, se ha convertido en el modelo más triste de la irrelevancia. Una ciudad GPS harta de sí misma, indolente y a la defensiva, dolida como un tango arrastrado del Polaco Goyeneche. Una ciudad que sólo se nos hace presente cuando llega la noche y entramos en el sueño: a ver si, al despertar, la varita del mago la ha convertido en un sitio luminoso donde vivir no sea una emboscada. Estar y no estar a la vez, señora alcaldesa. Esa es la cosa, ¿no?, como diría el amigo Shakespeare. Esa es la cosa.
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