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Opinión | El día del señor

València

Anhelo de muerte

Explosión de una bomba atómica

Explosión de una bomba atómica

El progreso científico ha hecho imposible el heroísmo (la decencia hace mucho que la perdió, aunque sabemos que tiende a cero) de modo que Oppenheimer, el artillero Oppenheimer, tiene tanto derecho como Shiva a presentarse como “destructor de mundos”. Luego están las páginas de Jünger que hablan, pero no remedian, no puede.

“La guerra de materiales” se muestra pródiga con toda clase de artefactos, munición abundante (ahora drones submarinos o aéreos o introducidos en los merengues) y punzones que se hunden en la carne del espía elegido. Guerra de materiales: no es probable que en el choque de un país con otro se tropiece con gases clorados y cianuros varios. La muerte por dispersión: la guerra de materiales ya no puede asustarnos. O nos asusta, pero ya lo arreglamos: en abril del 1945 hubo 3800 suicidios sólo en Berlín y en un mes.

Mi amigo Jaume Canales, me habló un día, no hace mucho, de Benjamín Labatut, autor de una literatura espantosa, siniestra, una narrativa feroz y unos títulos que venden mucho porque (casi) todas las seducciones cuestan sangre y Drácula es un vecino que se insinúa y que tiene detalles de gran crianza. Si se construyó un camino de abominaciones ahora hay que reconstruirlo y colocar las señales y el asfalto y los accesos debidos. Ese trabajo es el que hace Labatut. Reconstrucción. Los personajes pesan mucho pero no tanto como sus reconstrucciones que son tan vistosas, inquietantes y extremas como la irrupción de Erwin Schrödinger con sus lecturas nocturnas y el miedo a la propia sombra, a la rareza de las rosas de sangre de los tísicos y a sus propios ensueños de pederasta tropezón que tenía gatos vivos y muertos a la vez.

Parece que los personajes de Labatut quieren explicar cosas y no lamentarlas, pese a la cantidad de moralina que se desperdicie. Esas cosas vienen solas pero desarticuladas como en los periódicos malos que tanto abundan. Así es como han aparecido más que novelas, narrativas de miedo sin molestar al doctor Frankenstein que encima existe en una fortaleza al oeste de Alemania. Más o menos.

El caso es que esa narrativa ha ido produciendo cosas como La Antártica empieza aquí (cuentos), Un verdor terrible o Maniac

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