Opinión
¿De qué sirve?

Concentración en San Agustín.
La pregunta nace en el contexto de una manifestación y por lo tanto surge viciada de origen: ¿Para qué sirven hoy las manifestaciones? La cuestión precisa de añadido: ¿Para qué sirven hoy las manifestaciones físicas? Claro, la comparativa es odiosa. Si se confronta con las digitales, la asistencia siempre es abrumadoramente negativa para las concentraciones políticas presenciales. Unas cuantas cándidas almas a gritos, pancarta en mano. Pitos y batucadas que, sin embargo, a dos calles ya no se escuchan. Lo ven algunos, pocos. La sensación inmediata cuando se asiste a una de esas concentraciones es la de desencanto. Por gente que haya, que normalmente es limitada, son muchos más los que se quedan en casa, los que por allí pasan sin mostrar interés algunos o incluso los que toman un refresco en el bar cercano mofándose de la implicación de otros. Unos ponen el cuerpo, otros (la mayoría silenciosa, que dijo aquel), sabedores de su incapacidad para la acción directa, se distraen con la crítica.
Las manifestaciones presenciales tienen un impacto limitado y cuentan con una capacidad también limitada para transformar realidades y desestabilizar el poder. Las manifestaciones digitales (a menudo tan reales como las hadas) atemorizan a los políticos, que creen que lo digital saltará a las calles e incendiará sus posibilidades electorales. En ocasiones ocurre pero la mayoría de las veces no. Las manifestaciones digitales son falaces. Internet y las redes sociales funcionan como pasarelas de moda repletas de acicalados modelos desfilando ante nadie. Las sillas del público están vacías. Hay voluntad de artificialidad y en eso queda, en paja. Hay más negocio que protesta.
En las manifestaciones presenciales, sin embargo, toma forma algo mucho más importante que el posible impacto de la reivindicación: la creación de comunidad, la búsqueda de una patria anhelada. Es ahí donde se crean lazos de personas que persiguen un mundo similar, donde se fortalecen discursos y donde se encuentra confort mental y se recuperan fuerzas y esperanzas. Rodearse de afines empodera. Es hoy necesario para recuperar la fe. No todo está perdido, se dice uno en esos espacios. Qué importante es recordarlo. Acostumbrados a la realidad digital donde lo retrógrado se expande, en las luchas presenciales, donde se recupera el tacto y la voz, se rehabilita la comunidad perdida. El pueblo. Presencia es humanidad.
Manifestémonos. El que no se mueve no escucha el ruido de sus cadenas, dejó dicho Rosa Luxemburgo.
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