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Opinión

València

De huelga a huelga

Protesta del sector educativo frente a la Conselleria de Educación, Cultura y Universidades, a 14 de mayo de 2026, en Valencia

Protesta del sector educativo frente a la Conselleria de Educación, Cultura y Universidades, a 14 de mayo de 2026, en Valencia / Rober Solsona - Europa Press

Visto lo visto, resulta imposible no descubrirse ante la sabiduría negociadora de Miquel Soler y Vicent Marzà, secretario autonómico de Educación y conseller del Botànic, respectivamente, puesto que apenas han variado las condiciones objetivas y objetivables de precariedad laboral que rodean al profesorado y, sin embargo, ambos detuvieron, durmieron o trasladaron para otros tiempos venideros las reivindicaciones educativas que explosionan hoy.

En sus tiempos no hubo fuego, y su fortín educativo evitó cualquier intento de visibilizar el horizonte de reclamaciones que interiorizaba largamente el personal educativo, agotado ya de habitar en una cotidianeidad profesional penosa, al igual que sucede con los médicos, cuyas razones para la protesta se sumegen en el mismo mar de penalidades. Descubrirse ante Soler y Marzà es poco, se les debería organizar un homenaje a fin de codificar la síntesis de una exacta sabiduría estratégica para reconducir los procesos históricos.

Todas las huelgas son políticas en su naturaleza última, incluidas las más estrictamente laborales, basta recordar aquí las cuatro o cinco huelgas generales que le montaron Nicolás Redondo y Marcelino Camacho/Antonio Gutierrez a Felipe González, culminada una de ellas en Valencia con la entrada del socialista Segundo Bru -y algunos otros dirigente ya perdidos en la memoria- en el Corte Inglés como metáfora incandescente de lo alejada que estaba ya la socialdemocracia española de la tercera y la cuarta internacional.

En esta redacción misma nos parapetamos ese día como pudimos ante un abrupto comité de huelga de algún sindicato de clase externo, no recuerdo cuál, decididos a informar de cualquier asalto revolucionario al Palau de la Generalitat o al Palacio arzobispal, los dos palacios de ideologías referenciales, si se ponían las cosas duras, o de informar del seguimiento del paro y sobre todo de si abría El Corte Inglés, medida de todas las cosas cuyunturales y estructurales. La cuestión es que Aznar, en sus dos mandatos, “aguantó” dos huelgas generales, y Felipe en cambio se las tuvo que ver con cuatro o cinco, intuyo yo porque el sindicalismo realmente existente consideraría que el viaje protagonizado por Felipe González del socialismo obrerista a la socialdemocracia liberal fue más centelleante y disperso que el neoliberalismo de raza que practicaba Aznar: parece obvio que los sindicatos de clase concluyeron que Aznar hacía lo que le tocaba hacer a Aznar.

De modo que, por mucho que Fukuyama, a principios de los noventa, gritara desde EE UU una y otra vez que se había acabado la Historia tras la caida del Muro y el triunfo definitivo del liberalismo global -lo decía porque la historia, según el Manifiesto, solo avanzaba según los antagonismos de clase-, los sindicatos de clase continuaron llamándose así, como si no pasara nada, y menos mal. Hay dos tipos de sueños, los de tecnicolor y los de blanco y negro, y si yo fuera el presidente de la Generalitat tal vez me rendiría ante las objeciones de la enseñanza, porque todo objeto de deseo político perdurable -y Llorca querrá perdurar- reclama paz, una paz activa, plural, reconocible, imprescindible y en tecnicolor. También puede fichar a Miquel Soler y ponerlo a negociar, aunque no sé yo si Soler aceptaría un regreso emparedado entre el sandwich de las derechas y los sindicatos, o si los sindicatos aceptarían el regreso de Soler en esta nueva dimensión de las fuerzas conflictivas, porque ya se sabe que el “yo” varía con la “circunstancia”, y la circunstancia es un requisito imprescindible para resolver la equidistancia entre el cero y el infinito.

Más que las elecciones andaluzas y sus temblores en la escala de Richter valenciana, y menos que esa macromanifestación profesoral que tuvo lugar el otro día, la mayor desde que somos autonómicos, a uno lo que lo tiene desconcertado es el bocata “Pilarín”. Porque no hay manera de esgrimir el bocadillo “Pilarín” -bautizado así al contener los ingredientes elegidos por la candidata socialista a la alcaldía de Valencia y delegada del Gobierno, Pilar Bernabé- como motor de cambio de la Historia o como factor liberador y crítico electoral, a no ser que el “esgarraet” interior presente razones inapelables para acabar con el reinado del PP, de Vox y de quien se presente por delante.

Todas las huelgas contienen el pecado original de la política, unas más y otras menos, y actúan para cambiar las decisiones o inacciones del poder reinante desde una intencionalidad temporal imposible de ocultar, y de igual manera todos los bocadillos de aquí se han de entender como una manifestación de la excelencia de la cocina valenciana, sean de

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(libro de Marta Hortelano) o no, pero un bocadillo nunca puede desatar una mística revolucionaria o reproducir en forma de longaniza al intelectual orgánico colectivo entre las dos caras del pan. Cada cosa en su sitio.

Bernabé, que es un ser omnipresente, porque igual está aquí que allá, lo que necesita es zamparse bocadillos, sí, pero con el vecindario, en las calles y en las plazas, en el corral y en el carrer. O en Los Toneles, si es que existen todavía Los Toneles, y los señores turistas han tenido a bien dejar alguna sepia autóctona. Cuenta Trapiello en

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, página 46, que Unamuno, ante el Alzamiento de Julio, gritó: ¡Viva España, soldados!. Y ahora a por el jamón del Pardo”. El jamón de El Pardo era Azaña, claro.

No hagamos unamunadas. Calmémonos y evitemos las borracheras hormonales. Es indispensable mejorar las condiciones de los enseñantes y las de los médicos, que son las dos patas contundentes del Estado protector, y evitar en la medida de lo posible desnudar a un santo para vestir a otro. Que vengan los tres mil millones de Hacienda. Ahora bien, el medio ambiente del PP no es el medio ambiente del Botànic, ni en sus luchas contra los agentes sociales ni en sus contradicciones internas, y eso lo sabe el PP y lo sabe el Psoe y Compromís. (Puede estar gozoso Baldoví, por cierto, al contemplar el resultado andaluz, que bautiza a las izquierdas más o menos nacionalistas y desviste a las izquierdas más o menos internacionalistas).

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