Opinión
La navaja de Occam aplicada al sistema educativo

Personal docente se concentra ante el Palau de la Generalitat durante la tercera jornada de huelga indefinida del profesorado de la Comunitat Valenciana. / Biel Aliño / EFE
La educación suele considerarse uno de los pilares del desarrollo colectivo y una herramienta clave para afrontar muchos de los problemas de la vida en sociedad. Se espera que una ciudadanía mejor formada contribuya a una convivencia más sólida, a una mayor productividad, al pensamiento crítico y al respeto por la diversidad. Desde esta perspectiva, la educación no solo favorece los comportamientos cívicos, sino que también prepara a las personas para tomar decisiones razonadas, desenvolverse en el ámbito laboral y asumir con madurez las exigencias de la vida en común. Sin embargo, ese amplio acuerdo se debilita cuando se trata de definir qué modelo educativo debe aplicarse y cuáles deben ser sus prioridades.
Desde el siglo XIX, los sistemas educativos occidentales han experimentado un proceso sostenido de ampliación y consolidación, hasta integrarse plenamente en la lógica del Estado del Bienestar. No solo se han multiplicado las estructuras destinadas a transmitir conocimientos y valores, sino también los instrumentos de evaluación, investigación y planificación política. En la actualidad, existe una abundancia de información sobre el alumnado, el profesorado, los centros, los recursos, la legislación, la organización territorial, los planes de estudio, los presupuestos públicos y las comparaciones internacionales. Aun así, esa acumulación de datos no siempre permite construir una visión de conjunto, sobre todo si se considera la diversidad de etapas, modalidades y recorridos que conviven dentro del sistema educativo.
Pese a esa expansión, el descontento con el funcionamiento del sistema educativo sigue siendo constante. Esa insatisfacción se manifiesta tanto entre quienes participan directamente en él —docentes, responsables políticos y administraciones— como en amplios sectores de la sociedad. Con frecuencia se considera que la educación no alcanza plenamente los fines que se le atribuyen e incluso contribuye a reproducir determinadas fracturas sociales o personales. De ahí la continua sucesión de reformas legislativas, debates ideológicos y reclamaciones públicas en torno a la financiación, la estabilidad del profesorado, las condiciones de trabajo, los modelos pedagógicos, la titularidad de los centros, las orientaciones ideológicas y religiosas o las desigualdades que persisten en el acceso y en los resultados.
En este contexto, sigue abierta una cuestión de fondo: si la educación se limita a adaptarse a las transformaciones sociales o si, por el contrario, desempeña un papel decisivo en la creación de nuevas formas de producción y de convivencia. La experiencia histórica sugiere que ambas dimensiones se entrelazan. Gracias a la expansión educativa se han logrado avances evidentes, como la reducción del analfabetismo, la generalización de competencias básicas y la consolidación del valor social de la ciencia y del conocimiento. Sin embargo, el desarrollo del sistema y la incorporación de nuevas tecnologías no han modificado de manera radical la estructura básica de la enseñanza, que continúa organizada, en lo fundamental, en torno a un docente, un grupo de alumnos y un espacio de aprendizaje que reproduce una lógica muy antigua. El enorme entramado construido alrededor de los sistemas educativos, junto con las nuevas tecnologías utilizadas en el aprendizaje, la evaluación y la investigación, no ha alterado sustancialmente la estructura básica de la enseñanza desde la Edad Media, y por eso cabe utilizar el principio de parsimonia o navaja de Occam (siglo XIV) para centrarse en lo esencial: un aula con alumnado y un docente que, periódicamente, socializa a los más pequeños o explica una materia y evalúa a los de mayor edad. Así, desde las guarderías hasta la universidad, el modelo se repite sin cambios verdaderamente sustanciales.
A ello se añade que la escuela y la universidad ya no ocupan en exclusiva el lugar central que tuvieron como fuentes de información, formación y socialización. La educación institucional tiende cada vez más a concentrarse en la adquisición de conocimientos y credenciales orientadas a la inserción profesional, hasta el punto de que la universidad, por ejemplo, se ha convertido mayoritariamente en una expendedora de títulos orientados al progreso laboral: resulta difícil ascender en el organigrama de las empresas o de la administración pública sin una titulación universitaria. Mientras tanto, una parte creciente de la formación personal se produce fuera de las aulas. Hoy, a partir de los trece o catorce años, quizá solo un 30% de la formación global procede de los centros educativos; el resto se adquiere fuera de ellos: en las relaciones personales y sociales, las lecturas, internet, las plataformas digitales, los viajes y las experiencias vitales. Por eso, la idea de la educación como vía principal para modelar el carácter o transmitir valores parece haber perdido parte de la fuerza que tuvo en otros momentos.
¿Hasta cuándo el Estado de Bienestar podrá crecer en la espiral de demandas del sistema educativo cuando cada vez aparecen nuevas expectativas por cubrir y las propuestas políticas van por una reducción de impuestos?
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