Opinión
La verticalidad del poder o por qué no soy "sanchista"

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. / José Luis Roca
En tiempos de polarización, como los que corren, no resulta fácil ir contracorriente, y no es raro que viejos y entrañables amigos no alcancen a comprender como “un tipo como tú” sostenga opiniones críticas con la “mayoría progresista” en general, con la mayor fuerza política de esa mayoría y con su dirigencia. Dejando de lado la nada pequeña cuestión de que la “mayoría progresista” es un ente de ficción cuya base en la realidad es cualquier cosa menos clara (por mucho que uno se esfuerce en considerar “progresistas” a formaciones como Junts- al lado de cuyos cuadros hay militantes del partido conservador que parecen radicales desnortados –o como Bildu– lo más parecido a un partido fascista con escaños en el Congreso de los Diputados, no es precisamente fácil) esa es a la postre una cuestión secundaria pues la clave de esa ficción no se halla en ella misma, sino en el interior de la formación mayoritaria tanto en la mentada mayoría como en la coalición que efectivamente trata de gobernar. Es decir en el PSOE.
Hace ya varias décadas, en una larga conversación con un politólogo alemán que tenía por objeto el fenómeno de los partidos con vocación mayoritaria, el profesor nos aclaraba que los partidos de tal clase son, en su realidad, grandes coaliciones formadas a partir de una fuerte pluralidad interna, que permite a tales partidos conectar con una amplia base social, a su vez plural, y, con ello, gozar de la capacidad de ser partidos de amplio espectro que, por ello, tienen la capacidad, y la posibilidad, de ganar las elecciones y o bien gobernar por sí mismos, o bien ser la fuerza dirigente de una coalición. El doctor profesor ponía como ejemplos a la CDU y al SPD germanos, a conservadores y laboristas británicos, a los liberales canadienses, a la DC italiana o a los socialdemócratas noruegos y suecos. Si no se es un Volkspartei (perdone el lector la nota erudita) no se puede ser un partido con posibilidades de ser mayoritario por sí mismo.
El argumento me pareció sólido en su día, y me parece conserva buena parte de su validez a día de hoy. Sin ir mas lejos la única fuerza de izquierda capaz de ser alternativa a la derecha populista de la señora Meloni es una formación que procede de la coincidencia de los exPCI con la “sinistra democristiana”, tan odiada por la derecha italiana. Y no sin motivo ciertamente. Pues bien eso es lo que el PSOE en su día fue, y lo que ha dejado de ser por obra y gracia del sr. Presidente del Gobierno/Secretario General.
Desde Lenin sabemos que en la almendra de todo problema político hay siempre una cuestión de organización, y el caso de la autodestrucción del PSOE como partido con vocación mayoritaria me parece un buen ejemplo. Tanto en su pasado, como en su refundación en los años setenta del pasado siglo, la versión española del socialismo democrático cumplía fielmente los requisitos para ser lo que quería ser: un partido con vocación nacional, un partido para gobernar España, un partido con vocación mayoritaria. Ahora bien, para que eso sea factible la organización del partido debe estar diseñada para recoger, amparar y proteger la pluralidad interna, ya que esta es la condición de validez de su vocación mayoritaria. Y eso ya no existe: de la discusión a la aclamación.
La clave se halla, a mi juicio, en la reforma estatutaria operada en dos fases entre 2017 y 2019. De un modelo organizativo en el que el poder viene de abajo y la confianza viene de arriba se pasa a otro modelo organizativo en el que el poder viene de arriba y la confianza viene de abajo (como debe ser, que diría Bonaparte). La pieza esencial es doble: de un lado la desconexión entre organización partidaria y sistema electoral (de lo que hablaremos otro día), del otro la adopción de un modelo caudillal de provisión de la dirección partidaria, siendo esta última la modificación más importante. En el modelo organizativo made in Pedro el secretario general deja de ser elegido por un órgano colegiado ( por ello necesariamente asociado a la pluralidad interna) para pasar a ser electo por el sufragio directo de los afiliados. El resultado esperable de tal cambio es clave: la presidencialización del partido. La elección directa produce el predominio del secretario general sobre la comisión ejecutiva primero, sobre el órgano u órganos de representación interna después, de los que el poder ha huído y que, en consecuencia, se vacían. Además ese resultado se fomenta creando ejecutivas masivas ( a día de hoy hay “ejecutivas” mayores que el Parlamento de Castilla-La Mancha) y en las que el reparto de competencias es difuso y, por ello, abierto a la divergencia interna, ejecutivas diseñadas para no funcionar como tales. Si no hay contrapesos, o estos son débiles, el resultado necesario es la caudillización de la formación y, con ella, la pérdida progresiva de pluralidad interna, especialmente si, como sucede a día de hoy, el secretario general es, al tiempo, Jefe del Gobierno. Las consecuencias no se hacen esperar: el compañero secretario general pasa a convertirse en “el puto amo” del sr. Ministro. Si eso es así no deja de tener su lógica la práctica según la cual los papeles de candidatos a las elecciones autonómicas ( y las locales importantes) se asignan a personas procedentes del entorno presidencial. El compañero candidato es sustituido por el correspondiente missi dominici.
Y entre tanto el partido como asociación que es, se agosta, no solo porque la afiliación efectiva disminuye, que también, sino porque en ausencia de ideología consistente, sustituida por la devoción al líder, tienden a predominar los afiliados que buscan “incentivos selectivos”, que diría Panebianco. Vistas así las cosas las malas perspectivas electorales se entienden. Por eso, entre otras razones, me niego a ser “sanchista”. No soy original: el sr, Rodriguez Ibarra lo advirtió en su día. Laus Deo.
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