Opinión
El malestar en la educación
La carrera de magisterio se ha convertido en una carrera de segunda. Lo importante, lo que mola, es que mi hijo, mi hija estudie una ingeniería, medicina, biotecnología, turismo con ADE o marketing e idiomas

Manifestantes en la marcha por la huelga educativa en València. / José Manuel López
En 1930 Sigmund Freud publicó El malestar en la cultura. Es de esos textos de obligada consulta y lectura para comprender la disyuntiva perenne entre la felicidad personal y las exigencias del mundo cultural y social en el que vivimos. Repasando estos días sus argumentos, sus razonamientos, que cuentan con una actualidad que quita el hipo, se me presentan, una y otra vez, las imágenes, las fotografía, las experiencias, las pancartas y los lemas del profesorado de la Comunitat Valenciana. La cuestión es por qué la gestión de la educación levanta ampollas y genera malestar más allá de los colores políticos de turno.
Hace ahora un año, entre el 29 de mayo y el 9 de junio en Asturias se produjeron unas movilizaciones históricas con paros masivos y marchas multitudinarias en Oviedo. Sus reivindicaciones fueron las que se están oyendo estos días: excesos de carga lectiva, infinita burocracia, falta de inversión en infraestructuras, ratios inhumanas, escasez de recursos para atender a todo el elenco de necesidades que están surgiendo en la sociedad, equiparación salarial con otras comunidades autónomas… Todas estas exigencias son justas y reales. Y son las mismas que podemos encontrar en Cataluña o en Aragón con administraciones de diferente signo. Quien lo niegue, no sabe de lo que habla.
Ahora bien, las crisis se nos presentan como oportunidades idóneas para ir a los fundamentos, a las raíces de los problemas y así comprender la realidad y buscar las soluciones. En España el mayor problema que tenemos es el educativo porque estamos ante una cuestión de prioridades en torno a la cultura. La investigación, las universidades, el estudio, la docencia o la lectura no son valoradas. ¿Como nos situamos ante al profesorado? ¿Qué destacamos de ellos? Y las familias, ¿qué relación tienen con el centro educativo que eligen, sea público, privado o concertado? ¿Se estima y se valora el trabajo y la vocación docente? ¿Se facilita y se cuida lo que hacen y lo que aportan?
Una sociedad donde la escuela no funciona está más expuesta a la barbarie y a la decadencia
Hay un factor determinante que la clase política y la sociedad civil ignoran o, simplemente, no les interesa. La sociedad ha hecho un cambio en los últimos veinte años más grande que en los últimos doscientos años. Estamos ante un cambio de paradigma sin precedentes, con nuevas anomalías, desde ansiedades, depresiones, rupturas familiares, adicciones, intentos de suicidio, acciones autolíticas, acoso, señalamientos… Y no queremos darnos cuenta. Se deja en cueros a todos los actores de la educación porque se menosprecia su función. Hay un detalle muy significativo y resulta doloroso decirlo y escribirlo. La carrera de magisterio se ha convertido en una carrera de segunda. Lo importante, lo que se lleva, lo que mola, es que mi hijo, mi hija estudie una ingeniería, medicina, biotecnología, turismo con ADE o marketing e idiomas. No digamos ya cuando algún alumno descarriado dice de estudiar algún grado de humanidades. No te llega la nota de la PAU, pues dedícate a la educación.
Hoy los docentes de los diferentes niveles educativos se han convertido en formadores, acompañantes, psicólogos, madres, padres, amigos, enfermeros. La lista de funciones encubiertas es interminable. Se tiene la sensación de no llegar, de afrontar situaciones que nos exceden, sabiendo que hay mucho que se escapa con el peligro que conlleva. Pero, no pasa nada, ya se descansará en verano puesto que se tienen muchas vacaciones. Una sociedad donde la escuela no funciona está más expuesta a la barbarie y a la decadencia creando un malestar que no podemos intuir a dónde nos llevará. Como dice el refrán, de aquellos polvos vienen estos lodos.
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