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Opinión

València

En el Palau no lo vieron venir

Los sindicatos a su llegada a la negociación con la Conselleria de Educación.

Los sindicatos a su llegada a la negociación con la Conselleria de Educación. / Francisco Calabuig

En psicología de la atención existe un fenómeno fascinante llamado inhibición de retorno: cuando dirigimos la mirada al entorno, durante unos milisegundos nuestro cerebro nos impide volver a enfocar el punto de partida. Es un mecanismo adaptativo heredado de nuestros antepasados que nos obliga a explorar el territorio y detectar posibles amenazas. Sin embargo, el sistema no es infalible: nada impide que alguien decida no apartar nunca la mirada de un punto fijo y quede atrapado en un bucle atencional mientras el depredador acecha. En política, como en la vida, mirarse el ombligo es una práctica común e incluso muy humana, pero con riesgos.

Lo hemos visto estos días: mientras en el Palau de la Generalitat el presidente Juanfran Pérez Llorca mantenía la vista fija en su agenda sin explorar lo que pasaba fuera, en las calles se cocía una tormenta perfecta. La huelga educativa indefinida ha ido creciendo, gestándose día a día en los claustros, en las conversaciones de un profesorado que se siente maltratado, hasta que el malestar ha estallado en una semana con movilizaciones históricas en la Comunitat Valenciana. Se le escapó al jefe del Consell, pero también a una consellera de Educación que viene del gremio y que, sin embargo, ha demostrado estar igualmente fuera de foco.

No lo vieron venir, como tampoco anteriormente el hartazgo tras la nefasta gestión posdana, con un presidente centrado obsesivamente en salvarse a sí mismo, en controlar el relato, en gestionar su propia supervivencia política. Y mientras tanto, en las calles crecía la indignación de quienes habían perdido sus casas, sus negocios, sus vidas, o simplemente de quienes no entendían cómo, después de una tragedia de ese calibre, Carlos Mazón seguía atrincherado.

En política, quienes ocupan cargos de cierta responsabilidad tienden peligrosamente al ensimismamiento, atrapados en sus despachos, en sus reuniones, en sus equipos y en estrategias a corto plazo. No prestan atención a lo que pasa fuera, al rumor de la calle, a las conversaciones en el transporte público, a la tensión y las incertidumbres de la gente de a pie. Y cuando finalmente levantan la vista, se encuentran con situaciones que ni siquiera intuían. Pérez Llorca presume de tener olfato político, de conocer la calle gracias a su experiencia como alcalde. De momento, unos pocos meses en el Palau parecen haber bastado para quedar atrapado en el bucle atencional. La inhibición de retorno es un mecanismo de supervivencia que solo funciona cuando exploras, cuando miras alrededor. Si te niegas a hacerlo, el depredador termina llamando a tu puerta.

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