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Opinión

València

El valenciano, una lengua para convivir

Me duele que, desde el oportunismo político, se presente el valenciano como una imposición o una anomalía a combatir

Concentración a favor de la escuela pública en valenciano

Concentración a favor de la escuela pública en valenciano / A. P. F.

Hay debates que, cuando regresan, no vuelven enriquecidos por el paso del tiempo, sino empobrecidos por la mala memoria. El conflicto en torno al valenciano es uno de ellos. Resurgen voces empeñadas en convertir una lengua compartida y cotidiana en munición política, basándose en la simplificación o en agravios inventados.

Escribo desde mi condición de castellanohablante. No soy bilingüe perfecto, pero comprendo el valenciano, lo he escuchado durante décadas y he convivido con él con absoluta naturalidad. Tras vivir catorce años en Barcelona, llegué a Alicante, en 1981; desde entonces, he compartido vida, instituciones, conversaciones y afectos con personas que hablan valenciano. Nunca me he sentido discriminado, marginado ni acomplejado por expresarme en castellano. Al contrario, he hallado una convivencia lingüística mucho más cordial de lo que discursos interesados pretenden proyectar.

Mi experiencia no es menor. Como diputado que fui en las Corts y miembro actual del Consell Valencià de Cultura, he participado en innumerables espacios donde el valenciano es predominante. Jamás fue una frontera; ninguna lengua me expulsó ni ninguna identidad me amenazó. Por ello, me duele que, desde el oportunismo político, se presente el valenciano como una imposición o una anomalía a combatir.

Cuando llegué a esta tierra, aún resonaban los ecos de la disputa entre los llamados blaveros o regionalistas y los catalanistas o nacionalistas. Era un conflicto de alta intensidad emocional donde se mezclaban historia, lengua, política, identidad y heridas recientes. Con el tiempo, la normalización autonómica y el Estatut encauzaron la controversia, relegándola a un plano más sentimental que científico.

No obstante, el ruido ha vuelto con estridencia, especialmente a través de críticas a la enseñanza del valenciano alentadas por la extrema derecha. Este retorno no es inocente: busca rédito político a través de la división, del enfrentamiento.

Conviene recordar algunas evidencias históricas. El valenciano posee una estratigrafía extraordinariamente rica: sobre sustratos ibéricos y latinos, y tras siglos de árabe andalusí, se asentó el catalán medieval traído por los repobladores de Jaime I en el siglo XIII. De esa sedimentación nació una lengua con gran personalidad y rasgos propios.

También conviene recordar que la denominación lengua valenciana no surgió como una ruptura lingüística, sino como la afirmación de una identidad política y cultural propia dentro del Reino de Valencia. Antes de generalizarse este término entre los siglos XIV y XV, se hablaba de romanç o pla (la lengua clara). Con el fortalecimiento institucional y literario del Reino, el nombre de valenciano adquirió su prestigio y arraigo. No era una negación de la historia lingüística compartida, sino una expresión legítima de personalidad colectiva.

Las doble verdad —identidad valenciana y unidad lingüística— no debería escandalizar a nadie. Las lenguas no son compartimentos estancos

Ese equilibrio lo recoge nuestro marco institucional. El Estatuto de Autonomía reconoce al valenciano como lengua oficial propia. Asimismo, la Acadèmia Valenciana de la Llengua dictaminó en 2005 que valenciano y catalán pertenecen a la misma lengua histórica, sin perjuicio de sus normas, denominaciones y tradiciones literarias propias. Esta doble verdad —identidad valenciana y unidad lingüística— no debería escandalizar a nadie. Las lenguas, como los pueblos, no son compartimentos estancos. Tienen raíces, variantes y acentos queridos por quienes las hablan.

Por eso resulta tan empobrecedor reducir el valenciano a una consigna. La lengua no pertenece a partidos ni a agitadores que buscan una pureza imaginaria. Pertenece a quienes la hablan, la estudian, la escriben, la cantan, la leen, la enseñan o sencillamente la escuchan con respeto. También a quienes, como yo, reconocemos en ella una parte esencial de nuestra tierra.

Me alegra que mis nietos hayan aprendido en la escuela la lengua vernácula del lugar donde nacieron. Defender el valenciano no exige renunciar al castellano; amar una lengua no implica odiar otra. La convivencia se construye con generosidad, no con miedo.

El verdadero peligro no está en que los niños aprendan valenciano, sino enseñarles que una lengua propia debe vivirse como una amenaza. Ahí nace el resentimiento. Frente a quienes vuelven a levantar viejas banderas de división, conviene reivindicar una idea sencilla: el valenciano no es un conflicto, sino un patrimonio. Y los patrimonios se cuidan, se estudian, se transmiten y se comparten. No se utilizan como arma arrojadiza.

La Comunitat Valenciana no necesita regresar a disputas estériles. Necesita mirar su pluralidad con inteligencia y orgullo. Porque una sociedad que protege sus lenguas protege también su memoria, su cultura y su capacidad de convivir. Y esa, al fin y al cabo, es la mejor política lingüística posible.

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