Opinión

Periodista, actualmente en la Fundación Trinidad Alfonso
¡Cuántas veces lo soñamos!

Bernard Hopkins, ante el Elan Chalon en los octavos de final de la Copa Saporta del 2000 / PATRICK GARDIN / EFE
Transcurría el mes de octubre de 1997. En aquel momento, me subí a un avión por primera vez en mi vida. Y no era para hacer turismo. Ese vuelo me trasladaba a Galicia, a cubrir un Xacobeo Ourense-Pamesa Valencia de la Liga ACB. Con poco más de 20 años, estaba ante mi gran sueño desde muy pequeño. Ejercer de periodista deportivo y ser enviado especial (en este caso, de Ràdio Nou) para seguir las andanzas de un equipo valenciano. Nervios, vértigo, ilusión… Además, viajé sólo. Hacía escala en Madrid. Luego, aterrizaba en Vigo. Por último, coche de alquiler hasta Ourense. ¿Saldrán los aviones con puntualidad? ¿Llegaré bien? ¿Me perderé? Las tribulaciones del novato. Las angustias del principiante. Imposible conciliar el sueño en las noches previas. Imposible, también, aclararme con el cinturón de seguridad una vez ocupé el asiento en el aeroplano. Tuve que pedir ayuda a una amable señora que estaba a mi lado.
Quién me iba a decir que aquel sábado 4 de octubre de 1997 supondría el origen de un viaje apasionante. Y no, precisamente, por contar una victoria en el célebre Pazo Paco Paz orensano. No. Con el tiempo, aquel fin de semana otoñal del 97 se convirtió en el inicio de una aventura tan prolongada como fascinante. Para un adicto al deporte, y para un enamorado del arte de la narración, el seguimiento del Valencia Basket por toda España y toda Europa durante 16 temporadas y dos meses, hasta noviembre de 2013, representó una gran fortuna.
La aventura europea
Aquello no era un trabajo, sino un enorme privilegio. Sobre todo, por los desplazamientos al Viejo Continente. Gracias a la inolvidable Copa del Rey de Valladolid, en el tramo final de 1998 llegaron las primeras salidas lejos de nuestras fronteras. Las recuerdo como si fueran hoy. En la primera fase, visitamos Sankt Pölten (Austria), Eilat (Israel), Riga (Letonia), Podgorica (Montenegro) y Wroclaw (Polonia). Cada viaje se convertía en una fiesta, en una aventura. No importaba si la odisea duraba 16 horas e incluía tres vuelos. Ni siquiera, los fríos intensos. Tampoco, los madrugones inhumanos. Menos aún, las frugales e insípidas comidas de los hoteles en los que nos alojábamos. Todo era ilusión en aquellas primeras temporadas con participación internacional. Todo, menos el sufrimiento de saber si la línea microfónica solicitada permitiría contar el partido desde destinos, en ocasiones, tan lejanos como inhóspitos.
Echar la vista atrás hasta finales del siglo pasado y comparar aquellos episodios con los que estamos saboreando en los últimos meses y con los que nos disponemos a vivir este fin de semana, me provoca nostalgia, pero, sobre todo, alegría. El club con el que tantas experiencias laborales y personales compartí, es hoy admirado, respetado y hasta envidiado. El Valencia Basket se presenta en su primera Final Four de la Euroliga con honores, con galones, con el prestigio por las nubes. No es una alucinación. Es la pura y dulce realidad. ¡Cuántas veces soñamos con este hito! Por derecho propio, y tras una temporada para enmarcar, el club valenciano va a ser partícipe del momento culminante del curso en el basket europeo. Disfrutemos del momento. Desde la distancia, transmitiremos nuestras mejores vibraciones para que Pedro Martínez y sus guerreros vuelvan a asaltar el OAKA. Para que este Valencia Basket 2025-2026 se proclame campeón de la Euroliga por primera vez en su historia y se convierta en un equipo eterno, de leyenda. Y para que, allá donde estén, Miki Vukovic, Pipo Arnau, Martín Labarta, Ángel Fonfría o Jorge Mora, entre otros, esbocen una sonrisa y vibren como nosotros. Visto el excelso baloncesto practicado durante todo el curso, un servidor cree. ¿Se lo imaginan?
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